La Copa Mundial de la FIFA es el mayor espectáculo del mundo. Su trofeo es el premio por antonomasia, el grial que persiguen los futbolistas de todos los rincones del planeta. Pero antes de que la aristocracia del deporte rey accede a la prueba reina, las grandes naciones del fútbol se ven obligadas a entablar luchas titánicas por el derecho a batirse en la arena mundial.

Ahora que la competición preliminar de Sudáfrica 2010 está en marcha en algunos continentes y a punto de comenzar en otros, FIFA.com se propone abrir el apetito de sus lectores con una mirada a los momentos mágicos del pasado, a aquellas exhibiciones individuales, victorias y derrotas imborrables que otorgaron la categoría de clásicos a algunos partidos de clasificación de la historia.

En la primera entrega de esta nueva serie, viajamos en el tiempo hasta septiembre de 2001, una época en la que Fabio Capello llevaba dos años entrenando al Roma, e Inglaterra se estaba acostumbrando a un seleccionador extranjero, de talante radicalmente opuesto al del italiano, al que la prensa dio en llamar "el hombre de hielo".

El contexto
Pocas rivalidades pueden igualar el grado de hostilidad con el que se enfrentan las selecciones de Alemania e Inglaterra. La razón de la animadversión histórica entre estos combinados nacionales tiene poco que ver con el fútbol, pero desde que Geoff Hurst marcó "aquel" gol en la gran final de la Copa Mundial de la FIFA 1966, todos los encuentros de estos dos enemigos íntimos se aderezan con unos gramos más de la especia de la pasión para hacerlos mucho más sabrosos.

Desde 1966, los alemanes se han vengado de aquella derrota en varias ocasiones, las más prominentes en las Copas Mundiales de la FIFA de 1970 y 1990, en la Eurocopa de la UEFA en 1996 y en el partido de ida al que siguió nuestro clásico de hoy: la victoria por 1-0 arrancada en el último encuentro que acogió el viejo Wembley, en octubre de 2000. Aquel resultado puso fin a la etapa de Kevin Keegan como seleccionador de Inglaterra y dio paso al nombramiento del primer extranjero que tomó las riendas del combinado inglés, Sven-Goran Eriksson. La selección del sueco llegó al choque de vuelta celebrado en Múnich con seis puntos menos que los alemanes en la tabla de clasificación, si bien es cierto que también con un partido menos.

La situación era bien sencilla: una victoria en el Olympiastadion, donde Alemania no había conocido la derrota desde 1973, aseguraba a las tropas de Rudi Voeller el pase a Corea/Japón 2002. Un empate, y los alemanes sólo necesitarían un punto en su último partido para enviar al equipo de Eriksson directamente a la repesca.

Los detalles
1 de septiembre de 2001, Olympiastadion, Múnich
Alemania 1-5 Inglaterra
Goles: Alemania (Jancker, 6'); Inglaterra (Owen, 12', 48', 66'; Gerrard, 45+2'; Heskey, 74')
Alemania: Kahn, Worns (Asamoah, 45'), Linke, Nowotny, Boehme, Hamann, Rehmer, Ballack (Klose, 65'), Deisler, Jancker, Neuville (Kehl, 78')
Inglaterra: Seaman, G. Neville, Ferdinand, Campbell, A. Cole, Barmby (McManaman, 64'), Scholes (Carragher, 83'), Gerrard (Hargreaves, 78'), Beckham, Heskey, Owen

El partido
Alemania, con tan sólo una derrota en sus 60 partidos de clasificación anteriores, saltó al terreno de juego convencida de que aseguraría sin problemas su billete para el Extremo Oriente. Nada parecía indicar que la fatalidad estaba a punto de cebarse en ella cuando Carsten Jancker inauguró el marcador del encuentro en el minuto 6. El público congregado en Múnich comenzaba a saborear lo que tenía visos de convertirse en una memorable victoria para su equipo, pero Michael Owen se había hecho otros planes. Inmediatamente después anotó el gol del empate y se erigió en el gran protagonista de la noche.

Steven Gerrard puso por delante a Inglaterra al filo de la media parte y, dos minutos después del descanso, Owen batió de nuevo a Oliver Kahn con el remate de un inteligente pase de Emile Heskey. Era sencillamente el mejor Owen: astuto, veloz y con un olfato de gol insuperable. La defensa alemana empezaba a hacer aguas por todas partes, y el delantero inglés completó su tripleta de la noche, precisamente en el minuto 66, tras una incursión vertiginosa que le permitió hacerse con un pase al hueco servido por Gerrard.

Pero el calvario de Alemania no terminó ahí. Emile Heskey tuvo tiempo de echar sal en las heridas antes de que Pierluigi Collina pusiera fin al suplicio de los alemanes con el pitido final. Extasiados, eufóricos y sin acabar de creer lo que habían visto sus ojos, los hinchas ingleses permanecieron en sus asientos entonando himnos de alabanza a sus héroes, mientras unos 15 millones de televidentes contemplaban de nuevo unas imágenes que acababan de hacer historia.

Incluso la prensa inglesa, tan crítica habitualmente con las actuaciones de sus equipos, se deshizo en elogios para los hombres de Eriksson. El rotativo The Independent habló de "uno de los resultados más increíbles de la historia del deporte", y The Sunday Telegraph se preguntó si todo aquello no habría sido en realidad "un sueño magnífico y absurdo". A principios del año siguiente, una encuesta sobre los 100 grandes momentos del deporte británico arrojó como resultado que el segundo lugar correspondía a aquella gesta de Múnich, un puesto por delante de la final de 1966.

Los alemanes, por su parte, se quedaron atónitos. Voeller salió corriendo del estadio a los pocos minutos del final para visitar en el hospital a su padre, que había sufrido un ataque al corazón durante el partido. Otros, como el astro Karl-Heinz Rummenigge, no estaban de humor para andarse con chiquitas. "Nunca había visto una derrota tan atroz", declaró Rummenigge al finalizar el encuentro. "Ha sido nuestro Waterloo".

La figura
En este apartado no hay discusión posible. El partido se convirtió en el momento más excelso de la carrera internacional de Michael Owen y pasará a la historia junto al fulminante recital del delantero contra Argentina en Francia 1998. Owen, al que sólo le faltan nueve goles para batir el récord de anotaciones con la selección inglesa que posee Bobby Charlton, declaró por aquel entonces: "Resultados como éste sólo se consiguen en sueños".

Se dijo

"No me lo creo. Hemos derrotado a Alemania por 5 goles a 1 y en su propio terreno. Parece un sueño, es increíble. A mis jugadores les he dicho: 'No sé qué deciros'. Antes del partido les había asegurado que, si jugaban al fútbol como ellos sabían, podíamos derrotar a cualquiera, incluso a Alemania a domicilio. Pero no acabo de creerme que haya sido por 1-5", Sven-Goran Eriksson, seleccionador inglés.

"Nunca había visto un equipo inglés mejor que éste, y jamás un equipo inglés que jugara al fútbol mejor que éste. Ha jugado con velocidad, agresividad, fluidez en el pase y técnica. Hemos visto un fútbol mágico. Cuando los ingleses marcaron su tercer gol, empezaron a jugar a un fútbol contra el que nada podría haber hecho ningún equipo del mundo. Michael Owen ha estado imparable, ni más ni menos. Nuestra defensa ha reaccionado con lentitud, sencillamente ha sido incapaz de contener la velocidad del inglés. Su definición y su puntería han sido increíbles", Franz Beckenbauer, legendario futbolista alemán.

¿Qué sucedió luego?
Inglaterra regresó a la competición preliminar cuatro días después, en un choque contra Albania que se saldó con la victoria de los hombres de Eriksson por 2-0. Tras el empate arañado en su último partido de grupos, Inglaterra se clasificó automáticamente gracias a una mayor diferencia de goles.

No obstante, los alemanes rieron los últimos y mejor. Alemania se impuso a Ucrania en la repesca de clasificación y, ya en Corea/Japón y contra todo pronóstico, llegó hasta la gran final, donde se proclamó subcampeona del mundo. Kahn, cuya puerta batieron en cinco ocasiones Owen y sus compañeros en este partido que nos ocupa, se proclamó Balón de Oro adidas y conquistó el Premio Yashin al mejor portero de aquel certamen. Inglaterra, por su parte, volvió a caer como de costumbre en cuartos de final, tras una derrota por 2-1 a manos de Brasil.