Fue uno de esos lances que suscitan innumerables discusiones, sin que se llegue nunca a conclusión alguna, al margen de lo que digan los protagonistas o muestren las fotografías y vídeos, desde los ángulos más variados.

La cuestión es: ¿quiso o no Ronaldinho Gaúcho tirar a puerta? ¿Tenía David Seaman alguna forma de adivinar la trayectoria del balón y evitar aquel duro golpe? Si el esférico hubiese pasado por encima del larguero, o quizás unos 30 centímetros más a la izquierda, ¿cómo se recordaría aquel partido? Como puede verse, las hipótesis son interminables.

Lo que pasó a la historia fue un gol, digamos improbable, de una joven estrella en plena fase ascendente, que resolvió un gran clásico. Un choque en el que se midieron dos naciones apasionadas por el fútbol, con vuelcos espectaculares y una punzante sensación de “¿qué hubiera pasado si…?”, los ingredientes que convierten al deporte rey en algo mucho más grande que un simple duelo entre dos equipos de once jugadores que intentan introducir el balón en la portería del contrario.

El contexto
Brasil e Inglaterra se enfrentaban por primera vez en una Copa Mundial de la FIFA™ desde su contienda de México 1970, igualmente memorable, que mereció su propio capítulo en esta serie de partidos clásicos de los Mundiales. Y no es de extrañar que estos embates hayan dejado huella en la historia. Al fin y al cabo, fueron protagonizados nada menos que por la nación que creó el fútbol y el país en el que florecería luego.

En la edición de Corea/Japón 2002, ambas potencias habían alcanzado los cuartos de final, no sin pasar antes algunos sustos. Los hombres de Felipão sufrieron un poco contra Bélgica en octavos, como puede atestiguar Marc Wilmots. En cuanto a los ingleses, venían de eliminar a Dinamarca sin sobresaltos en la fase anterior, pero antes habían tenido que superar un grupo dificilísimo, con Argentina, Nigeria y Suecia. Fueron segundos de la liguilla, detrás de los escandinavos.

El partido
¡Qué partido! La eliminatoria se disputó en tierras niponas, en Shizuoka, ante más de 47.000 afortunados que pudieron disfrutar en el estadio con el juego de los grandes nombres de ambos equipos.

Inglaterra empezó adelantándose. Emile Heskey recibió la pelota a la derecha del círculo central, controló y disparó, en dos toques, pensando muy rápido. El zaguero Lúcio no supo medir bien su intervención, tropezó y golpeó el cuero con un lado de la rodilla. El balón se ralentizó para la llegada del número 10 de los europeos, Michael Owen, entonces de 22 años, quien irrumpió en el área, esperó la salida de Marcos y marcó con toda la portería a su disposición, sin dar opciones. El cuadro inglés se mostraba superior en los primeros compases, aunque no necesariamente dominante.

El empate brasileño se produjo en un contragolpe fulminante, característico de aquella Seleção, en el tiempo añadido de la primera parte. Roque Júnior desbordó por el lateral izquierdo y efectuó un pase en situación difícil. Kléberson se impuso en la lucha por el balón en el mediocampo, lanzándose al suelo para arrebatárselo a Paul Scholes, su futuro compañero en el Manchester United, y así llegó a los pies de Ronaldinho, prácticamente en la línea central.

Arrancó a toda velocidad, hizo una bicicleta desconcertante a Ashley Cole y se plantó en la frontal. Ronaldo venía por la izquierda completamente libre de marca. Pero el mediapunta también tenía a Rivaldo a la derecha. Las tres “R” en acción, en gran forma. Ronaldinho optó por Rivaldo, con Sol Campbell perdido entre los dos. El astro del Barcelona no desaprovechó la ocasión y conectó un zurdazo cruzado y certero.

A la vuelta de los vestuarios, Inglaterra acusó un poco el cansancio. Al menos ese fue el análisis de su entonces seleccionador, Sven-Göran Eriksson. En su opinión, habían perdido algo de ritmo en la línea medular, debido al desgaste de su base del United, el capitán, David Beckham, con Scholes y Nicky Butt.

Con fuerzas o sin ellas, lo cierto es que Inglaterra nunca hubiera imaginado recibir un gol así, después de que Scholes derribase a Kléberson a bastante distancia del área grande en el interior derecho, transcurridos apenas cinco minutos del segundo periodo. Ronaldinho, decidido, fue raudo a lanzar la falta, y mandó un tiro envenenado. No se elevó demasiado, pero cobró velocidad hacia la escuadra derecha de Seaman, que estaba adelantado, esperando un eventual centro, y ya no pudo retroceder. ¿Pero se trató de un centro o de un tiro directo? No hay unanimidad al respecto.

A pesar del jarro de agua fría que supuso recibir un gol en una acción tan extraña, los ingleses tendrían luego posibilidades de rehacerse, puesto que Ronaldinho acabó siendo expulsado siete minutos más tarde, por pisar a Danny Mills. Pero no lo conseguirían. El propio lateral, en su crónica diaria para el periódico The Guardian, afirmó que el equipo, sencillamente, había sido incapaz de mantener la posesión. “Quedaba tiempo suficiente para salvar el partido, pero no pudimos imponer nuestra autoridad, algo que nos enfadó bastante”, confesó. “Al final, tuvimos dificultades para ejecutar las instrucciones transmitidas en el descanso, y lo pagamos caro”.

La figura
¿Una asistencia, un golazo —queriendo o sin querer— y una tarjeta roja? No cabe duda de que fue Ronaldinho.

Se dijo
“No sabría decir cuántas veces me lo han preguntado ya, sé que han sido muchísimas. Más de mil, seguro. Y siempre contesto lo mismo: yo quería chutar. Siempre lo habíamos comentado Cafu y yo [que el arquero jugaba adelantado]. Yo quería tirar a puerta. Claro que no quería que el balón entrase exactamente por donde entró, pero sí quería que fuese hacia la portería”.
Ronaldinho.

“Se quedó hecho polvo. Hablé con él en el vestuario, o al menos lo intenté. Fue difícil, creo que no me escuchó mucho. Lo intenté de nuevo cuando volvimos al hotel. Le dije: ‘Si sigues pensando en ese gol, acabará contigo. Tienes que parar, ya ha pasado. Nos salvaste en Alemania, nos salvaste en varios partidos aquí, no deberías pensar más en esto”.
Sven-Göran Eriksson, sobre el guardameta David Seaman.