Un matagigantes en el estadio de los Giants. Con este juego de palabras tituló el diario inglés The Independent el 11 de julio de 1994 la sorprendente noticia que el día anterior había saltado a unos 5.600 kilómetros de distancia, en la ciudad norteamericana de Nueva York.

¿Qué había ocurrido? La selección de Alemania, vigente campeona del mundo por aquel entonces, había caído eliminada contra todo pronóstico en los cuartos de final de la Copa Mundial de la FIFA Estados Unidos 1994™. Era la primera vez desde 1978 que el combinado germano no alcanzaba la final de una cita mundialista.

Lo increíble de la historia es que los alemanes no habían caído a manos de otro grande del fútbol mundial como Brasil, Italia o Argentina, sino contra Bulgaria, una selección que no partía como favorita en ninguna apuesta. La cita estadounidense suponía la sexta participación mundialista del combinado búlgaro, que además había conseguido su primera victoria en la historia de la competición en la fase de grupos de aquel mismo certamen (al final sumó un total de cuatro triunfos).

El contexto
En su intento de revalidar el título conquistado cuatro años antes, Alemania había mostrado dos caras en Estados Unidos. En la primera ronda, el conjunto germano sufrió para ganar a Bolivia (1-0), empatar con España (1-1) y vencer a República de Corea (3-2), aunque se clasificó como primera de grupo. Los alemanes mejoraron en octavos de final y se impusieron de manera convincente a Bélgica (3-2).

Por su parte, la selección búlgara, que se había estrenado con una clara derrota a manos de Nigeria (3-0), reaccionó con dos brillantes victorias frente a Grecia (4-0) y Argentina (3-0) y se metió entre los ocho mejores tras superar a México por 3-1 en la tanda de penales de un partido en el que el tiempo reglamentario acabó con empate a 1-1. Para entonces, la escuadra búlgara ya había superado todas las expectativas y conseguido el mayor éxito de su historia.

El partido
Bajo un sol abrasador y ante los 72.000 espectadores que acudieron al neoyorquino Giants Stadium, la primera parte no tuvo demasiada historia. A pesar de su dominio, Alemania no consiguió superar a la sólida defensa búlgara. Las cosas cambiaron en el segundo período. Poco después de la reanudación, Juergen Klinsmann se fue al suelo en una jugada sin demasiado peligro dentro del área y el árbitro señaló un penal que Lothar Mattheaus convirtió en el 1-0. El mito de aquel equipo casi invencible en las citas mundialistas parecía confirmarse una vez más.

Unos minutos después, Andreas Moeller estrelló el balón en el palo y Rudi Voeller aprovechó el balón suelto para volver a enviar el balón al fondo de la portería búlgara, pero el gol que parecía sentenciar el duelo fue anulado por fuera de juego y la incertidumbre del resultado continuó. La sorpresa saltaría en cuestión de minutos. El astro Hristo Stoichkov estableció la igualada en el 75’ al transformar de forma magistral un lanzamiento directo de falta. 180 segundos más tarde, Iordan Lechkov, que por entonces jugaba en el Hamburgo alemán, anotó con un magnífico cabezazo en plancha el gol que dejaba fuera al vigente campeón de aquel momento.

Las figuras
Alemania alineó en el once inicial a nueve jugadores que habían sido campeones del mundo en1990 –el décimo, Andreas Brehme, saltó al campo desde el banquillo en los minutos finales– y contaba con numerosos jugadores de clase mundial en sus filas. Sin embargo, a juzgar por lo visto en Estados Unidos, algunos de ellos ya habían dejado atrás sus mejores días.

Todo lo contrario ocurría con la selección búlgara, que, con la generación de oro encabezada por Stoichkov, Krassimir Balakov y Emil Kostadinov, no sólo logró los primeros triunfos de Bulgaria en la historia de la competición, sino que desató la euforia en su país.

“Stoichkov y Lechkov serán siempre los héroes de un país que hasta dos semanas antes no había ganado ningún partido en un Mundial”, destacó el diario francés France Soir entonces. Stoichkov coronó la fantástica actuación de Bulgaria al adjudicarse la Bota de Oro de adidas que le distinguía como máximo goleador del certamen con seis tantos  (junto con el ruso Oleg Salenko).

Se dijo...
"Había muchos conflictos dentro del equipo. El ambiente no era bueno, al contrario del Mundial de 1990, donde todo salió de maravilla. En 1994 nos dejamos distraer con nimiedades. Los jugadores aumentaron sus exigencias cada vez más y el seleccionador de entonces, Berti Vogts, no supo ver toda la amplitud de la cuestión. Lo cierto es que teníamos grandes objetivos y un gran equipo, pero perdimos 2-1 con Bulgaria y nos quedamos fuera en cuartos. Queríamos llegar al menos a semifinales".
Andreas Moeller, centrocampista de Alemania.

"Con el 1-0 tuvimos a Bulgaria a nuestra merced, pero no supimos rematar el partido con un segundo gol. Entonces, ellos aprovecharon dos oportunidades y le dieron la vuelta a la tortilla".
Lothar Mattheaus, capitán de Alemania.

"La verdad es que fue una victoria fácil, en un partido en el que nos mostramos claramente mejores desde el principio. Tuve la suerte de marcar un gol de falta el día del cumpleaños de mi hija mayor. En líneas generales, aquel fue un mes fantástico que compartí en la selección con unos compañeros fantásticos. Gracias a su apoyo gané la Bota de Oro, un premio que dediqué a todo el equipo".
Hristo Stoichkov, delantero de Bulgaria.

"Aquel fue el día más bonito en la historia del fútbol búlgaro".
Dimitar Penev, entrenador de Bulgaria.

¿Qué sucedió después?
El camino victorioso de Bulgaria terminaría sólo tres días más tarde de eliminar a Alemania. El conjunto búlgaro cayó en el mismo estadio a manos de Italia (2-1) y acabó cuarto tras sucumbir también ante Suecia (4-0) en el partido por el tercer puesto.

Para Alemania, aquel partido supuso el final de un ciclo. Cinco jugadores –Voeller, Brehme, Guido Buchwald, Stefan Effenberg y Bodo Illgner– pusieron fin a su trayectoria con la selección, el último de ellos en el propio vestuario del Giants Stadium.

Berti Vogts también fue blanco de las críticas por la prematura eliminación. Sobre todo se le reprochó haber confiado demasiado en las viejas glorias de 1990 y haber ignorado a los jóvenes. No obstante, el seleccionador decidió seguir y lo hizo con éxito. Dos años más tarde, Vogts ganó en Inglaterra la tercera Eurocopa de la historia del combinado alemán.