Durante cuatro semanas cada cuatro años, los amantes del fútbol viven el mayor acontecimiento de su deporte: la Copa Mundial de la FIFA. Cuando las mejores selecciones del planeta se congregan en esta cumbre para averiguar quién es el campeón, el balón eclipsa todo lo demás.

A lo largo del campeonato, la euforia es particularmente intensa en el país anfitrión, donde no pocos sueñan con dar el gran golpe: la conquista del trofeo mundialista sobre suelo patrio. En 2006, ese sueño parecía estar al alcance de Alemania. En la República Federal se desató un colosal entusiasmo, visible sobre todo en las primeras "Fan Fests". Para colmo, la selección nacional se metió en el corazón de los aficionados locales con sus briosas actuaciones. El famoso "cuento de verano", como se tituló una aclamada película que retrató la ilusión reinante, prometía hacerse realidad.

En el camino que conducía a la final sólo faltaba un último obstáculo por superar: Italia, contrincante de la escuadra anfitriona en la semifinal librada en Dortmund el 4 de julio de 2006. Pocos seguidores domésticos dudaban del segundo acceso consecutivo de Alemania a la final de la Copa Mundial. Pero el desenlace fue muy distinto. En un encuentro de infarto, la Mannschaft hizo aguas en las postrimerías de la prórroga ante el, a la postre, campeón del mundo. El celebérrimo Franz Beckenbauer dijo después que aquel había sido el mejor partido del torneo.

El contexto
Alemania se había clasificado majestuosamente como primera del Grupo A con triunfos sobre Costa Rica (4-2), Polonia (1-0) y Ecuador (3-0), que le dieron el pase a octavos de final. Allí Suecia había opuesto escasa resistencia ante el avance de la imponente escuadra anfitriona, que le pasó por encima con un 2-0. Muy distinta resultó su contienda contra Argentina en cuartos, donde hubo que recurrir a los penales: 5-3 fue el resultado final de la tanda, favorable a los teutones.

La Squadra Azzurra había cerrado su capítulo de Grupo también en lo más alto. Tras sendos triunfos contra la República Checa (3-0) y Ghana (2-0), el contingente del seleccionador Marcello Lippi sólo necesito empatar 1-1 con Estados Unidos para cruzar a la ronda eliminatoria. En octavos y en cuartos, los italianos volvieron a refrendar una vez más su condición de especialistas defensivos. Su 1-0 sobre Australia y su 3-0 sobre Ucrania le valieron el visado a la semifinal con tan sólo un gol en contra en los cinco partidos entablados.

El partido
Los pronósticos antes del duelo que se disputaría en el abarrotado estadio de Dortmund ante 65.000 espectadores eran claros: el once alemán nunca había perdido en su "santuario", y así seguiría siendo a juicio de todo el país. Ya en la fase de grupos, el elenco germano había vencido allí por 1-0 sobre Polonia.

Aunque el público de Dortmund quiso llevar en volandas a su equipo hasta la final con el empuje de un fenomenal ambiente, al principio la ventaja se decantó del lado visitante. El guardameta germano, Jens Lehmann, tuvo que hacer de líbero una y otra vez para rescatar a los suyos de los rápidos ataques italianos. A continuación sobrevendría una fase de alternancia de oportunidades.

El hombre más asombroso de la Squadra Azzurra fue su director de juego, Andrea Pirlo, que recibía el balón al borde del área, lo conducía durante 30 metros por el campo y luego aún tenía fuerzas para enviar pases de tiralíneas al rocoso delantero centro italiano, Luca Toni.

Pero el combinado alemán también dejó patente por qué había llegado tan lejos. Era el único equipo semifinalista que se presentaba con dos puntas de ataque, Lukas Podolski y el máximo goleador del torneo, Miroslav Klose, que una y otra vez chocaban contra el muro de hormigón defensivo de los Azzurri.

En este sentido, cabe destacar sobre todo el formidable desempeño del capitán visitante, Fabio Cannavaro, que ese año sería nombrado Jugador Mundial de la FIFA. Siempre parecía adivinar por dónde iba a venir el balón, además de dirigir magistralmente a sus compañeros para que la portería de Gianluigi Buffon apenas se viera expuesta al peligro.

Mediada la segunda mitad, el contingente teutón se lanzó a por la victoria con una admirable pujanza. El seleccionador Jürgen Klinsmann inyectó sangre nueva en su contingente con la incorporación de Bastian Schweinsteiger y David Odonkor. Pero no bastó: hubo que recurrir a la prórroga.

Los cambios italianos, punto clave
Allí Marcello Lippi tuvo la audacia de arriesgar: conformó un tridente ofensivo con la incorporación a la línea de ataque de Vincenzo Iaquinta y Alessandro Del Piero. Esa decisión no pudo ser más acertada. "Teníamos más flechas en la aljaba", comentaría el estratega italiano en el epílogo. Otro de sus cambios que acabaría dando frutos fue la sustitución de Luca Toni por otro delantero, Alberto Gilardino.

En una prolongación no apta para cardiacos, el conjunto azzurro demostró su supremacía a pesar de conceder algunas ocasiones a los alemanes. Cuando todo parecía indicar que el asunto se decidiría a los penales, llegó el instante decisivo: en el minuto 119, la defensa alemana despejó mal un saque de esquina adverso; el balón fue a parar a los pies de Pirlo, que vio a Fabio Grosso libre de marca; y el lateral italiano, asistido por su genial compañero, encuadró su disparo en la red. Un minuto después, Del Piero doblaría la ventaja aprovechando el abatimiento de la defensa alemana y abriría de par en par la puerta de la final para Italia.

Se dijo
"El equipo está decepcionado y abatido. Ahora lo primero que tenemos que hacer es tragarnos esta amarga píldora de la derrota y digerirla. Les he dicho a los muchachos que pueden estar tremendamente orgullosos de lo que han hecho", Jürgen Klinsmann, seleccionador de Alemania.

"Es una gran satisfacción para nosotros haber ganado merecidamente. Durante largos tramos del partido fuimos el equipo dominante", Marcello Lippi, seleccionador de Italia.

"Es muy amargo perder tan cerca del final. Y es difícil encontrar una explicación para ello. Fue un partido igualado, y nosotros también tuvimos buenas ocasiones, que deberíamos haber aprovechado ", Philipp Lahm, defensa de Alemania.

"Al principio de la segunda mitad, me dio por pensar que habría que recurrir a la tanda de penales", Gianluigi Buffon, portero de Italia.

¿Qué sucedió luego?
Cuatro días después de la dolorosa eliminación en la semifinal, tanto a los seguidores como a los jugadores alemanes ya se les habían secado las lágrimas. En Stuttgart, el "campeón mundial de los corazones" celebró un festivo 3-1 sobre Portugal, y pudo así ofrecer una adecuada despedida al legendario guardameta Oliver Kahn. El tres veces guardameta mundial del año había sido relegado a la posición de portero suplente de Lehmann poco antes del comienzo del torneo, y jugó su último encuentro con la selección nacional contra la Selecção.

Los italianos se mantuvieron también invictos en su séptimo combate del torneo, y se impusieron sobre Francia por 6-4 en los penales en una final igual de dramática para ceñirse su cuarta corona mundialista.