La popularidad del fútbol revolucionó Japón en la década de 1990. El país organizó y ganó por primera vez la Copa Asiática de la AFC en 1992. Al año siguiente, albergó el Campeonato Mundial Sub-16 de la FIFA, donde su selección se impuso a México y a Italia, en la que figuraban Gianluigi Buffon y Francesco Totti, de camino al choque de cuartos de final, que perdería por 2-1 frente al equipo a la postre campeón, Nigeria. El mismo año, Kazu Miura se hizo con el primer trofeo concedido al Jugador Asiático del Año y se inauguró la J.League. La nueva liga empezó a atraer a las grandes figuras del fútbol mundial, como Careca, Dunga, Michael Laudrup, Gary Lineker, Pierre Littbarski, Toto Schillaci o Zico. 
 
Con tantos éxitos, a la afición japonesa le entraron más ganas que nunca de hacer realidad un gran sueño: la primera participación de su nación en la Copa Mundial de la FIFA™. Este viernes se cumplen 15 años del momento en el que la selección japonesa protagonizó la hazaña. Japón terminó segunda del Grupo B en la última ronda de la clasificación asiática, y le tocó enfrentarse a la subcampeona de la otra sección, Irán. En juego estaban el pase directo a Francia 1998 para el ganador, y un puesto en la repesca intercontinental que confería al perdedor una nueva oportunidad de hacerse con el billete a la fase final.

Contra los pronósticos
Sin embargo, en el territorio neutral de Malasia, los Samuráis Azules no llevaban precisamente las de ganar. No en vano, el equipo Melli poseía el récord de tres títulos de la Copa Asiática en su palmarés; se había clasificado para la Copa Mundial de la FIFA en 1978; y había ganado seis y empatado tres de los 12 emparejamientos previos con Japón. Además, en su línea de ataque brillaban con fuerza Khodadad Azizi, por entonces Jugador Asiático del Año, y Ali Daei, quien se encontraba en camino de superar a Ferenc Puskas en la tabla de máximos goleadores del fútbol internacional de todos los tiempos.

Pese a todo, Japón tenía sus propias razones para sentirse optimista. Hidetoshi Nakata había causado sensación en el Campeonato Mundial Sub-16 de la FIFA en 1993 y en la Copa Mundial Sub-20 de la FIFA dos años después. Las actuaciones del mediocentro en aquellas competiciones llevaron a un grande de Italia, el Juventus, a llamarle para una prueba, una oferta insólita en el caso de un joven asiático de 18 años. En el Torneo Olímpico de Fútbol Masculino de Atlanta 1996, Nakata espoleó a Japón a una victoria heroica contra un equipo brasileño que contaba en sus filas con futbolistas de la talla de Roberto Carlos, Juninho Paulista, Rivaldo y Ronaldo.

A principios de 1997, el disco sencillo de Namie Amuro Can You Celebrate se había convertido en un éxito de ventas sin parangón en la historia de la música para una cantante japonesa. La prensa predijo que, si Nakata conseguía que Japón celebrara la clasificación aquel 16 de noviembre, podría desbancar a la reina del pop japonés en el ranking mundial de popularidad.

Desde los primeros compases del encuentro, el jugador salió a demostrar que las expectativas no estaban infundadas: hizo un caño a un defensa y envió un pase medido a Hiroshi Nanami, que quedó en nada. Seis minutos antes del descanso, una magnífica jugada de creación de Nakata inauguró el marcador. El jugador se internó por el centro del campo y consiguió meter un balón entre líneas para Masashi Nakayama, cuyo disparo superó a Reza Abedzadeh y otorgó la ventaja a los japoneses.

Sin embargo, transcurridos 15 minutos de la segunda parte, los iraníes habían remontado el partido hasta ponerse por delante. Primero, Azizi batió la meta rival por el segundo palo con un balón que había despejado Kawaguchi. A continuación, Daei saltó entre dos defensas para colar la pelota por la cepa del poste.

Show de Nakata
El sueño que tan largamente había acariciado Japón estaba a punto de hacerse añicos, pero sus jugadores más jóvenes se conjuraron en el minuto 75 para impedirlo. Nakata se hizo con un balón en la banda izquierda y envió un centro perfecto directamente a la cabeza de Shoji Jo, de 22 años, quien sólo tuvo que peinar el esférico para igualar la contienda.

En el último cuarto de hora no se produjo ninguna otra jugada reseñable, lo que significaba que o bien un “gol de oro” o una tanda de penales decidirían qué equipo se adjudicaba un billete para Francia y cuál tendría que enfrentarse a Australia por ese honor.

La consigna de Valdeir “Badú” Vieira durante la pausa se hizo evidente al reiniciarse el encuentro: anular a Nakata. Por consiguiente, al dorsal nº 8 de Japón dejaron de llegarle balones. Pero, 90 segundos antes de que el árbitro pitara el final de la prórroga, el joven estiró la pierna para rebañar el balón a un contrario y se forjó la oportunidad que necesitaba para cambiar la situación. A toda velocidad, Nakata se deshizo de dos iraníes, condujo la pelota hasta la frontal del área y lanzó un disparo raso con la zurda, muy bien encaminado hacia el segundo palo. Instintivamente, Abedzadeh se tiró al suelo para atrapar el balón e incluso llegó a tocarlo con la punta de los dedos, pero Masayuki Okano estaba allí para redirigirlo suavemente al interior de la portería.

Okano, con los brazos en alto y la cara desencajada, echó a correr presa del delirio hacia sus compañeros. Todo el banquillo japonés se lanzó en masa sobre el autor del gol más importante de la historia del fútbol japonés. No obstante, estaba claro quién había sido el gran protagonista de aquella noche inolvidable de Johor Bahru. El mundo acababa de conocer a Hidetoshi Nakata.