Roberto Júnior Fernández cuenta la anécdota a FIFA.com con un tono jovial y fresco, como si la escena hubiese tenido lugar el día antes. “Tenía 16 años y acababa de terminar el bachiller. Una noche, mi madre me llevó aparte y me preguntó si quería ir a la universidad o hacerme profesional. Yo no lo dudé, porque sabía lo que quería. Ella estaba preocupada, porque sabe lo que es la vida del futbolista y los sacrificios familiares que implica”. Ocho años después, el arquero paraguayo no se arrepiente de su decisión. Su madre tampoco. Y su padre menos aún…

A pesar de erigirse en el héroe de un país entero en la Copa Mundial de la FIFA México 1986, Roberto “Gato” Fernández disfrutó del mejor momento de su vida dos años escasos más tarde, el 29 de marzo de 1988, cuando Júnior nació en la capital, Asunción. Y su retoño apenas tardó ocho añitos en enamorarse del fútbol. “Fue sin que mi padre me obligase”, aseguró el portero del FC Utrecht. “En mis comienzos, jugué incluso de delantero. Me gustaba meter goles, pero un día tuve que colocarme en el arco y me gustó tanto que ya nunca lo abandoné”.

El peso de las comparaciones
El guardameta suplente de la Albirroja en la Copa América 2011, cedido por Racing Club de Avellaneda al Utrecht en agosto de 2011, ya ha cumplido uno de sus sueños jugando en el Viejo Continente. Con 14 partidos disputados en la Eredivisie holandesa, espera haber convencido a algunos clubes europeos para que eviten su regreso a Argentina. “Siempre quise jugar en Europa. Por eso fiché por Estudiantes, porque la liga argentina es un mejor trampolín”, explicó. ¿Y también para quitarse un poco de presión? “Sí, porque es cierto que en Paraguay las comparaciones con mi padre son a veces difíciles de llevar”, confirmó el Gatito, que inició su carrera allí donde el Gato la había concluido diez años antes.

En efecto, Júnior se estrenó con la camiseta del Cerro Porteño, y allí ganó el único título que luce por ahora en su incipiente carrera, con el Torneo Apertura paraguayo de 2009. Luego decidió abandonar el redil, pues la sombra “gatuna” del padre empezaba a resultar demasiado agobiante, incluso para un joven acostumbrado a la relación especial que ha venido manteniendo con su progenitor. “Cuando era pequeño, todo el rato tenía amigos que venían a casa para estar con él y hablar con él. Cuando íbamos de paseo, la gente lo paraba constantemente. Era difícil hacer cosas juntos; siempre estaba muy solicitado. Pero yo lo aceptaba, y siempre he tenido una buena relación con él”, señaló el ex internacional sub-20.

Unas bases sólidas
Es más, cuando Júnior empezó a no gozar de partidos en el Utrecht, que prefería alinear al veterano Rob van Dijk y que no es capaz de ofrecerle un contrato para la temporada que viene, Roberto padre estaba en Holanda con el chaval para apoyarle. “Siempre me ha ayudado, ya sea con consejos o con críticas. Viene a los entrenamientos y a los partidos. El fútbol es la base de nuestra relación”. Para que esos cimientos se hagan aún más sólidos, el hijo aspira a consolidarse en el fútbol europeo, donde su estatura (1,91 m) y su juego son puntos a favor. “Mi estilo como arquero se ajusta mejor al fútbol de aquí. Se juega más con el balón en los pies, y el saque en largo es muy importante. En Sudamérica nunca se hacen pases atrás, y se juega muy poco con los pies. El saque en largo consiste en enviar balones largos arriba; es otro tipo de fútbol”.

Aun sin saber cuál será su equipo a partir de julio, Roberto espera acudir con la selección para los próximos partidos de los Guaraníes con vistas a la Copa Mundial de la FIFA Brasil 2014. Tras ser convocado para la gran cita continental de Argentina el año pasado, está llamando la atención del nuevo seleccionador, Francisco Arce. “Me sigue, y hablamos de vez en cuando. Antes de que estuviera en el banquillo en el Utrecht, me dijo que quería llevarme para los encuentros de junio. ¡Espero que no haya cambiado de opinión!”, bromeó. “La Copa América fue una de las mejores experiencias de mi carrera. En cada partido y en cada entrenamiento, aprendí muchísimo”.

De hecho, Roberto Júnior lleva aprendiendo desde que tenía 8 años, cuando las intervenciones felinas del Gato dejaron una huella a seguir para su minino.