Había razones para invitar a Fabio Cannavaro a subir al escenario y ser uno de los asistentes del sorteo final de Brasil 2014. En su historial figuran innumerables títulos y momentos especiales repartidos a lo largo de dos décadas, pero que de algún modo convergen hacia un mismo punto culminante: su relación con el trofeo de la Copa Mundial de la FIFA™, que alzó en Alemania 2006 y que le permitió, actuando en la posición de central, ser elegido Jugador Mundial de la FIFA aquella misma temporada.

Como hilo conductor de esta charla con FIFA.com, invitamos al italiano, de 40 años, a expresar lo que le venía a la mente al mencionar algunos países que han dejado huella en su exitosa carrera. Así, hablamos del pasado, el presente y el futuro de uno de los mejores zagueros de la historia, y aspirante a entrenador en los próximos años. Empezamos por el país organizador del torneo de 2014, donde se realizó la entrevista.

Señor Cannavaro, ¿qué le viene a la mente si le preguntamos por Brasil y el fútbol?
Hablar de Brasil es hablar de fútbol. Estamos hablando de uno de los países en los que el fútbol es diferente: es visto como un espectáculo, una razón de vida. Yo estoy orgulloso de ser italiano, pero son modos diferentes de entender el fútbol. Me siento orgulloso, porque sé que de los cinco títulos mundiales de Brasil, dos fueron contra nosotros. Eso me produce orgullo. Brasil es el fútbol.

¿Y qué diría de Italia?
Nosotros tenemos una calidad técnica importante, pero sobre todo un gran corazón, sacrificio, voluntad de ganar cueste lo que cueste. Voluntad, si hace falta, de no hacer un fútbol bonito. Para nosotros, lo más importante es vencer: ése es nuestro secreto. La voluntad de superar las dificultades y los obstáculos. Italia siempre ha tenido eso, y es un motivo de orgullo.

Se habla mucho de cómo ha cambiado la selección italiana a las órdenes de Cesare Prandelli para hacerse más ofensiva. ¿Es así?
El fútbol italiano ha cambiado mucho, no sólo con Prandelli. Si nos fijamos en los últimos veinte años, en Europa, el equipo que ha practicado mejor fútbol es el Milan. También nuestra selección: la mía, que ganó el Mundial de 2006, por ejemplo. Nosotros acabábamos los partidos con cuatro atacantes, dos centrocampistas —uno de ellos Pirlo, ofensivo— y dos laterales, Zambrotta y Grosso, que eran ofensivos. Pero la gente siempre se acuerda de la Italia de los años 30, cuando el catenaccio era lo más importante que había. Actualmente estamos en un nivel en el que sabemos defender, pero también atacar. Tenemos más posesión de balón.

¿Le extraña ver a gente como Pirlo y Buffon, contemporáneos suyos, aún en activo y con un papel importante en la selección?
No es una sorpresa. Los italianos tenemos la cultura del trabajo, del sacrificio. Nos entrenamos muchísimo. Somos profesionales también fuera del campo, las 24 horas. Ése es el resultado: ver a jugadores como Pirlo y Buffon llegar a los 35, 36 años. En Italia, es normal.

Algunos de los momentos álgidos de su carrera como internacional los ha vivido ante Francia, ¿cómo rememora aquellos duelos?
Mi generación ha tenido una gran rivalidad futbolística con Francia, porque en los momentos más importantes siempre nos encontrábamos. A veces me salió mal, pero la última salió muy, pero que muy bien. Era la más importante. Aunque todavía sigue pesándome la final de Rotterdam [de la Eurocopa 2000], porque allí no fuimos italianos. Debimos haber sido… no más pícaros, pero sí más expertos, más “malvados”. En los últimos 30 segundos perdimos aquella final. Aunque, sinceramente, siempre fue un placer jugar contra ellos, porque eran una generación de jugadores extraordinarios, como Zidane, Thuram, Deschamps, Henry, Trezeguet... Cada vez que nos enfrentábamos contra ellos, era duro, pero estimulante.

España ha experimentado una gran evolución en los últimos años que le ha llevado a ganarlo casi todo. Desde su experiencia en el fútbol español, ¿cómo explica ese cambio?
Tuve el placer de vivir en España y disfrutar de la manera en que vive el fútbol ese país: la tranquilidad con que se preparan los partidos, sin tanto estrés, sin tanta obligación... Se trata de ganar, claro, pero también de divertirse. Es diferente. Los españoles han tenido suerte, porque, además de la generación de fenómenos que tienen ahora, han sabido hacerse más “malvados”. La selección española siempre ha sido de alto nivel, con talento, pero nunca subía aquel pequeño peldaño que le faltaba para ser realmente ganadora. Pero en los últimos seis u ocho años, lo ha ganado casi todo. Y sin duda será difícil ganarle en 2014.

Cuando usted llegó a España, en 2006, ¿ya se daba cuenta de que esa generación tenía estas características que le han llevado a cosechar tantos éxitos?
Ya se veía que sí, que salían jugadores increíbles. Que un trabajo de años conducía a ese cambio. Después, yo a veces bromeaba con Iker Casillas: “Habéis ganado la Eurocopa [2008], pero un día ya verás cómo te cambia la vida ser campeón del mundo”. Y así, siendo más "malvados", ganaron el Mundial y se han convertido en un equipo casi imbatible. Y el problema es que la generación que viene detrás es tan fuerte como la actual. Eso ha complicado las cosas a los demás.

En su opinión, ¿España es la favorita en 2014?
Es una de las favoritas, no cabe duda. Es el rival a batir. Tiene un equipo correoso, y que además cuenta con jóvenes.

¿Cuáles fueron las razones de la derrota más destacada de esta selección española, la sufrida ante Brasil en la Copa FIFA Confederaciones 2013?
Eso pasa. No se es invencible. Cuando uno cree que lo es, le perjudica. Los españoles deben saber que tienen grandes cualidades individuales y un gran entrenador, pero si uno pierde el hambre de triunfos corre el riesgo de hacer un mal papel. Y no es sencillo mantener eso, pero creo que cualquiera, después de sentir el gusto de la victoria, de estar en el medio del campo con sus compañeros, de dar alegría a un país entero, tiene ganas de volver a hacer todo eso de nuevo, de sufrir y de buscar un estímulo. Y todo eso sabiendo que cuanto más gana uno más le quieren vencer los demás.

Si echamos la vista cuatro años atrás, ¿qué balance hace de la Copa Mundial de la FIFA Sudáfrica 2010™, en la que Italia quedó eliminada a las primeras de cambio?
En lo que respecta al fútbol, 2010 fue una página extraña para Italia. Llegamos con un grupo de jóvenes, mezclados con veteranos de 2006. Gattuso se lastimó una rodilla, Buffon tuvo un problema en la espalda, Pirlo estaba magullado. Jugamos los partidos más importantes sin ese núcleo. Y sufrimos, porque para disputar un Mundial hace falta tener una gran personalidad. Luego, yo volví para la final, para llevar por primera vez el trofeo, en calidad de capitán campeón de la edición anterior. Eso fue bonito. Bonito y triste: decir adiós a la copa después de cuatro años… Fue un momento hermoso.

En el aspecto personal, ¿qué significa proclamarse campeón del mundo?
Yo siempre he dicho que, cuando un jugador gana la Liga de Campeones, la Copa de la UEFA u otros torneos con su selección, puede ser bueno, puede ser del máximo nivel. Cuando gana el Mundial, se convierte en una leyenda. Eso resume hasta qué punto cambia la vida de un jugador convertirse en campeón del mundo.

¿Qué nos puede contar de su experiencia en los Emiratos Árabes Unidos?
Fui a los Emiratos [en 2010, con el Al Ahli] para vivir una experiencia futbolística. Al cabo de un año, tuve un problema en la rodilla, y junto con el presidente del club decidimos que cambiase mi función. Firmé un contrato de tres años. Los dos primeros, para asentarme, conseguir las licencias de entrenador, la “B”, la “A”, la “Pro”. El año pasado, con la llegada de un nuevo entrenador [el rumano Cosmin Olăroiu], acepté colaborar como ayudante. Ése es mi futuro, o al menos espero que lo sea. Quiero ser entrenador, porque creo que es lo que más se acerca a lo que he hecho durante mi vida. Espero poder ayudar a los jóvenes a crecer con la experiencia que he tenido a lo largo de tantos años. Mi sueño es ser un día un buen técnico, capaz de entrenar a una selección y, quién sabe, de ganar un Mundial.

Dentro de la cancha, usted ya era respetado por su papel de líder. Como miembro del cuerpo técnico, ¿es muy distinto?
El papel del entrenador es otro. Mientras que el futbolista debe ser más egoísta en su manera de preparar el partido, sin tener que preocuparse tanto de los que están a su alrededor, el entrenador debe saber motivar a todos, y leer situaciones. Es un papel que me gusta mucho. Estoy estudiando mucho, tengo mis ideas sobre el fútbol, y haber jugado en España me ayudó mucho a abrir mi conocimiento deportivo. Mi contrato como ayudante termina en junio de 2014, y después quiero ser entrenador. Principalmente, por el mundo adelante, porque me gusta conocer gente nueva, estar en contacto con culturas diferentes.

¿Qué entrenadores le han enseñado más a lo largo de su carrera?
Bueno, no es casualidad que ganase muchas cosas con ellos: Marcello Lippi y Fabio Capello. Son dos técnicos que me enseñaron mucho. Pero, sinceramente, trabajar también con gente como Arrigo Sacchi, Giovanni Trapattoni... Espero haber tomado lo mejor de cada uno, para compartirlo con mis futuros jugadores. Cuando uno tiene la suerte de entrenar a jugadores de alto nivel, debe saber gestionarlos, sacar lo mejor de cada uno, en el momento adecuado. Yo tuve la suerte de tener entrenadores que eran buenos sobre todo en eso. Pero lo más importante es ser honesto y coherente.

Y haber triunfado como futbolista, ¿ayuda o perjudica?
En un principio es algo que me va a ayudar, porque la gente recuerda lo que uno hizo. Pero después, si uno no convence a los jugadores al hablar con ellos, al cabo de dos minutos ellos lo dejarán a un lado. Los jugadores son así. Espero estar a la altura del trabajo. Tengo pasión, estoy trabajando mucho —desde hace dos años lo único que hago es estudiar— y me gusta programar los entrenamientos, corregir errores, estar en medio de ellos. Es otro capítulo. Como jugador, yo no tenía la categoría de una estrella que vistiese el número 10, así que necesitaba al equipo, y necesitaba dar lo mejor de mí mismo. Como entrenador, espero conseguir transmitir esa voluntad de ganar.