El martes pasado, el gran Gerd Muller, acaso el depredador más implacable que ha pisado jamás el área, vio cómo su prolongado récord de 62 goles en competición europea era igualado por un hombre al que en su tiempo sirvió de modelo. Sin embargo, aunque el doblete de Filippo Inzaghi, que decidió el encuentro al saltar como suplente en la segunda mitad en Donetsk, le permitió emular a una de las grandes leyendas del deporte rey, el nombre del italiano de 34 años no parece destinado a pronunciarse con el mismo tono reverencial que se reserva para El Torpedo.
Inzaghi, licenciado en contabilidad, podría protestar, y con
toda la razón, ya que sus números bien merecen igual trato. Dos
medallas de oro de la Liga de Campeones de la UEFA, tres s
cudetti, una Copa Mundial de la FIFA, 57
internacionalidades y más de 250 goles a lo largo de su carrera (25
de ellos para Italia); no es ciertamente la trayectoria de un
jugador mediocre.
Pero a pesar de toda esa abrumadora evidencia estadística,
eso es lo que muchos críticos de Súper Pippo, dentro y fuera de su
país, piensan de él. Johan Cruyff, tal vez el más famoso de sus
detractores, sentenció tajante una vez: "De hecho, no sabe
jugar al fútbol. Simplemente está siempre en el sitio justo".
Más famosa todavía es la ocurrencia de Alex Ferguson,
cuando dijo aquello de que Inzaghi había "nacido en fuera de
juego". Ambos comentarios reflejan la creencia generalizada de
que el milanista ha cebado su deslumbrante carrera a base de una
mezcla de suerte y picardía. Cuando Inzaghi desvió con el hombro a
la red un tiro libre de Andrea Pirlo en la final de la Liga de
Campeones 2007, hubo muchos neutrales que, al verlo, menearon la
cabeza murmurando: "Típico de Pippo...".
No importa que haya sido prolífico dondequiera que ha jugado, ya sea en el Piacenza, el Atalanta, el Juventus, el Milan o la selección nacional; ni que coronara el partido de Atenas con un segundo tanto de bellísima factura. Ni siquiera el hecho de que Inzaghi acertara un remate casi idéntico en Empoli esa misma temporada impidió a sus críticos citar ese balón desviado como otro ejemplo de la fortuna que favorece, que en su opinión, a un jugador cuyo talento no justifica el éxito del que disfruta.
Inzaghi, argumentan, no es ni fuerte, ni hábil ni especialemnte diestro en el toque. Su agudeza dentro y fuera del área grande deja traslucir una sorprendente falta de velocidad. En las pruebas de carreras cortas realizadas en el Milan a principios de la temporada, veteranos como Paolo Maldini, de 39 años, Cafú, de 37, o Serginho, de 36, le sacaban más de 40 metros. Su estilo de juego, además, puede ser torpe y desgarbado, y contrasta enormemente con el de su compañero de equipo Kaká, mientras su tendencia a hacer mohínes cuando le pitan incluso los fueras de juego más clamorosos no le granjean precisamente adeptos.
"Un profesional consumado"
Se aclama a Kaká y se vilipendia a Inzaghi, pero quizás lo de
Súper Pippo tenga más mérito. Después de todo, mientras el cerebro
brasileño del Milan y figuras como Zinedine Zidane o Ronaldinho han
sido bendecidos con un extraordinario talento innato, Inzaghi ha
dedicado su vida a llegar a lo más alto sin la ventaja de tales
dones divinos.
Él mismo ha revelado la clave de su triunfo de la siguiente manera: "Aunque no nazcas un Ronaldo o un Kaká, puedes convertirte en un gran jugador a fuerza de compromiso, serenidad, perseverancia y amor por lo que haces. Se puede aprender de cada partido. Yo lo preparo bien todo, hasta el último detalle: mi dieta, cómo me entreno... Ése ha sido mi secreto".
En efecto, Inzaghi se da más cuenta que nadie de sus carencias técnicas y físicas y es plenamente consciente de las críticas que recibe. Lo que sus detractores quizá no sepan es que ve una y otra vez las cintas de los partidos que juega, y sigue pasando noches sin dormir antes de casi todas las grandes citas.
"Es un profesional consumado", fue el veredicto de Ancelotti acerca de un hombre tan sensible a sus propios defectos, que, a sus 34 años y con todo lo que ha logrado, sigue considerando que aún le queda mucho por demostrar. Después de igualar la marca de Muller, Inzaghi confesó: "Siempre hay que continuar poniéndose a prueba, incluso a mi edad. Me gusta batir récords y demostrar a quienes dicen que soy demasiado viejo que están equivocados".
Debido en parte a este ardiente deseo por confundir a sus detractores, que ya estaban redactando el finiquito de su carrera en el Milan con la llegada de Alberto Gilardino y Ronaldo, Inzaghi sigue demostrando que es una estrella para los Rossoneri. Ahora, después de alcanzar la cota de los 62 goles en su 97ª aparición europea, ha puesto la mira en el hito de su antiguo par atacante, Andriy Shevchenko, que acumuló 34 dianas continentales para el coloso de Milán.
Inzaghi, a un tanto del ucraniano, ha señalado: "Sería bonito batir la marca de Sheva, porque fue un gran compañero y es amigo mío. Afortunadamente, juego en un equipo que me ha permitido marcar muchos goles... ¡Y el altruísmo no es una de mis principales virtudes!".
Esta referencia jocosa y autocondenatoria a su famoso e infame egoísmo de cara a la portería rival es característica del ariete que ha igualado, y aún puede superar, a Muller.
Tiene sus defectos, es verdad, y él es el primero en reconocerlos, pero su tino es tal que sus partidarios y compañeros han terminado por quererlo tal como es.
