El tricampeón nacional con el São Paulo FC y ganador de los últimos cuatro trofeos de mejor entrenador del país es hoy una eminencia en Brasil. Mucha gente tiene problemas con el carácter fuerte de Muricy Ramalho, pero hasta los hinchas rivales admiten: su perfeccionismo y su obsesión absoluta por el fútbol son la clave para el éxito reciente del Tricolor.

Muricy vivió el principio de su carrera en los banquillos bajo la sombra del maestro Telê Santana, de quien fue asistente técnico en el São Paulo FC. Asumió el puesto de director técnico en una situación complicada, debido a la isquemia cerebral que acometió Telê y lo obligó a retirarse. Muricy finalmente no resistió a la presión: dejó su São Paulo FC y empezó sus andanzas por Brasil y el exterior, pero siempre con el deseo de volver al club por la puerta grande, para ganar. Y vaya si lo ha logrado...

En una extensa charla con FIFA.com, en la que no se vio nada de su famoso carácter, Muricy rememoró los momentos más importantes de su carrera y habló de los pormenores en la vida de un técnico.


Señor Ramalho, mucha gente que hoy lo admira como entrenador tricampeón de Brasil no conoce su pasado como jugador. ¿Cómo se definiría como futbolista?
Fui un buen jugador. Salí de la cantera del São paulo FC, donde jugaba como media punta. En mi época la gente comparaba mi estilo al de Zico. Incluso estuve muy cotizado para ser su suplente en la Copa Mundial de 1978, pero al final no tuve condiciones.

En gran parte por una lesión en su rodilla, ¿verdad?
Sí, sin duda. Debido a aquella lesión, apenas participé de la campaña del título brasileño del São Paulo FC en 1977 y perdí todas las posibilidades de disputar el Mundial de Argentina. Es la gran frustración de mi vida como futbolista. Veo las imágenes de la tele y pienso: ‘yo podría haber estado ahí'. Fue la mayor tristeza de mi vida.

¿Qué es lo más difícil para alguien que deja de ser jugador y asume el banquillo?
Muchos jugadores paran y creen que conocer el fútbol es suficiente para ser entrenador, pero no es así. Uno pasa toda una vida de jugador recibiendo órdenes, llega a su casa y no tiene nada más que pensar. Y de un momento para el otro le toca dar las órdenes, lo que significa preocuparse las 24 horas del día: ¿qué sesión de entrenamientos hacer? ¿Aquél jugador suplente está insatisfecho? ¿Qué jugadores podríamos fichar? Es como ser el director de una empresa multinacional. Con los recursos que existen hoy, tienes la obligación de conocer a equipos de todo el mundo. Por eso hay que tener cuidado al decir que tal jugador es un líder, que se expresa muy bien y será un excelente entrenador. No es tan sencillo.

¿Usted aprendió mucho con Telê Santana acerca de todos esos pormenores?
Mucho. Estaba siempre a su lado y, aunque él no era de hablar mucho, lo más importante era observar su comportamiento y aprender. Gracias a eso, hoy paso por algunas situaciones por primera vez que, sin embargo, no parecen ser una novedad...

Luego pasó de asistente a director técnico de manera inesperada...
Fue una época difícil porque hacía algún tiempo ya que el São Paulo FC estaba preparando todo para que yo sustituyera de a poco a Telê. Él hubiera seguido dos años más en el club, pero me toco asumir en un momento en el que el club tuvo que vender algunos jugadores importantes. El grupo necesitaba tiempo y yo no estaba preparado para la presión. Luego llegó Carlos Alberto Parreira y acepté ser su asistente, porque sabía que aprendería mucho. Pero él tampoco aguantó la presión exagerada y me tocó a mí otra vez. Dije a lo directores que habría que tener más paciencia, pero fue lo mismo: ante una serie de malos resultados, tuve que salir.

¿En aquél entonces le quedaron ganas de volver al club dónde había pasado casi toda su vida?
Muchas. Me fui muy enfadado, porque no me parecía justo y porque no aceptaba salir del São Paulo FC de aquella manera, derrotado. Me acuerdo de salir por aquella puerta del centro de entrenamiento completamente solo. Salía y pensaba: ‘un día voy a volver; y voy a volver para ganar'. Tardaron unos años, pero al final ese día llegó.

¿Le gustaría ser sinónimo del club, como Alex Ferguson en el Manchester United?
Nuestra cultura futbolística no lo permitiría. En Inglaterra la gente utiliza más la razón fuera de la cancha. En Brasil todo está exageradamente movido por la pasión. No importa lo que hayas hecho durante temporadas seguidas, pierdes un amistoso y ya estás bajo presión. Es complicado seguir tanto tiempo, y más como responsable absoluto del club, como Ferguson. De todas formas, no creo que una persona centralizando absolutamente todas acciones, como un verdadero manager, sea el camino. Al menos no en Brasil.

Cuéntenos un poco de su etapa en el Shanghai Shenhua, de China, en 1998.
¡Cuántas historias! (risas) Recuerdo trabajar con un intérprete: un muchacho que había aprendido el portugués en Macau. Me costaba entenderlo a él y viceversa. Además, él no sabía nada de fútbol: tenía que explicarle todas las cosas antes de pedirle que se las pasara a los jugadores. Al final ya daba igual y los jugadores aprendieron una cosa u otra de portugués, al menos lo suficiente para que se dieran cuenta de cómo yo estaba contrariado cuando las cosas no salían bien (risas).

En aquél caso, sí, se convirtió en una especie de manager que controlaba todo, ¿no?
Ni hablar (risas). Al final, salíamos con mi asistente al supermercado a comprar fideos y salsa de tomate para preparar la comida de los jugadores. Algo de resultado tiene que haber dado, porque terminamos campeones invictos de la Copa de China aquél año.

Usted nunca ha entrenado una selección nacional, ¿cree que será algo muy distinto?
Sí, tiene que ser diferente. Al margen de la Copa Mundial u otra competición más larga, uno no tiene más que un par de días con los atletas. La mayor parte del tiempo se cuenta más con la calidad que con el entrenamiento.

¿Pensaría dos veces antes de aceptar el cargo en una selección nacional entonces?
No, negarse a la selección brasileña sería una broma... Simplemente no se puede. Como cualquier atleta sueña jugar por la Seleção, lo mismo pasa con los entrenadores. Si un día las cosas suceden y se me presenta naturalmente la oportunidad, quisiera estar preparado. Pero no es una locura mía, una obsesión.

¿Y una selección de otro país que no fura Brasil?
Lo que está haciendo Fabio Capello en Inglaterra no es fácil. Y menos lo que hizo Felipão (Luiz Scolari), un sudamericano, en Portugal. Hay que valorarlo. Las culturas son distintas, y lograr imponer su mentalidad no es para cualquiera.