En un barrio humilde de la zona sur de São Paulo, al borde de la Francisco Morato, una de las muchas avenidas anchas y de tráfico intenso de la mayor metrópolis de Sudamérica, una puerta estrecha de hierro es la entrada peatonal a un terreno que ocupa toda la manzana. Uno a uno, niños de siete u ocho años llegan y, al cruzarla, saludan al hombre de 73 años que los espera al pie de la escalera: "Hola, Señor Guima". Y él les contesta: "Hola, Marcelo, bienvenido. ¿Cómo estás, Pedro? ¿Te sientes mejor del resfrío, Paulo?". Y así con todos...
Señor Guima es José Guimarães Júnior, el idealizador y fundador del Pequeninos do Jockey, un club absolutamente sencillo pero impecablemente organizado, que desde su inauguración en 1970 tiene como sede dicha manzana, ubicada a unos 3 kilómetros del popular estadio Morumbi. Sus canchas de fútbol reciben las sesiones de entrenamiento de niños y jóvenes de entre cinco y 16 años, divididos en cinco categorías según su edad. Cada una tiene cuatro equipos: van desde el principal, que disputa torneos nacionales e internacionales, al principiante, para los que recién empiezan a tomar parte de los entrenamientos, siempre realizados dos veces a la semana.
"Hoy son 600 los jóvenes que frecuentan el Pequeninos regularmente", cuenta Guimarães a FIFA.com, luego de recibir a los 22 niños de la categoría "mamadeira" ("biberón") que llegan para una sesión matinal. Consultado sobre si conoce a los 600 por el nombre, Guimarães mira como si la pregunta lo ofendiera. "¿Y cómo no? No sólo el nombre, sino que sé quiénes son, qué personalidad tienen, los problemas que viven en sus casas... Hubo una época en la que llegamos a recibir 3.500 atletas, y ahí sí era imposible conocerlos a todos. Fue una de las razones por las que decidimos reducir otra vez el número", responde.
Formador de seres humanos
El fenómeno de José Guimarães Júnior no tiene que ver con su memoria, sino con la motivación que lo llevó a fundar este club de fútbol. El letrero de la entrada la resume: "Aquí transformamos pequeños niños en grandes jugadores y en enormes seres humanos". La frase no es un mero eslogan. El hecho de haber conquistado casi 200 títulos internacionales y revelado algunos grandes talentos como Zé Roberto o Julio Baptista llenan de orgullo a Guima (ver columna de la derecha), aunque él prefiere destacar los miles de muchachos que no adoptaron el fútbol como profesión pero que, gracias al deporte rey, salieron más preparados para seguir con sus vidas.
"Entrevistamos a cada uno de los niños que llegan aquí, conocemos sus familias y buscamos saber exactamente qué tipo de problemas tienen. Y, créame, hay de todo. Cuando los chicos empiezan a ser parte de un equipo, nuestros entrenadores, coordinadores y asistentes sociales acompañan metódicamente su desempeño en la escuela, sus notas y las faltas. No importa si es el mejor jugador de la categoría: el que no responde en los estudios no juega. Sigue entrenando, claro, pero no hace lo que más le ilusiona, que es disputar los partidos, hasta que mejore en la escuela", explica Guimarães.
Señor Guima, animado, invita a FIFA.com a conocer la segunda sede del club, sita a algunos minutos de allí. Esa propiedad fue concedida al Pequeninos do Jockey por la municipalidad de São Paulo y su estructura, financiada por el mismo Guimarães a lo largo de los últimos años. Allí, el foco es más social aún: el terreno, lindante con una comunidad carente, alberga una cancha de fútbol abierta para partidos de los miembros del barrio, además de un centro con 18 computadores conectados a Internet y disponibles gratuitamente para consultas.
Al lado del campo de juego existen salas donde se dictan clases de música y capoeira (un baile típico de Brasil), también sin costo alguno. "Lo único que cobramos es una mensualidad modesta para que el niño se entrene, ya que es importante que ellos y sus padres estén más comprometidos. Aunque, claro, conocemos bien cada caso: cobramos menos para los que no pueden pagar y en muchos casos ni siquiera cobramos", cuenta Guimarães. Y concluye: "En el Pequeninos do Jockey siempre ha funcionado así: lo que intentamos dar es un futuro. Y eso es algo que no tiene precio. Ni para ellos, ni para nosotros".
