Copa Mundial de la FIFA Italia 1990. Miles de millones de espectadores, asombrados, ven como veintidós jugadores vestidos de rojo y azul, desconocidos en el ámbito futbolístico, sorprenden al mundo y se califican para la segunda ronda del torneo. La pequeña Costa Rica, de la mano del mítico Bora Milutinovic, había hecho el milagro.
¿Milagro? Quizás no tanto. Desde su primer encuentro internacional, en 1921, hasta 1989, los Ticos nunca habían enfrentado a un rival que no fuera del continente americano. De hecho, fuera de torneos oficiales, nunca había abandonado la zona Norte, Centroamericana y del Caribe para escoger a un oponente. Por fin, 68 años de ostracismo terminaron con un encuentro ante la poderosa Polonia en San José. El resultado fue de derrota (2-4), pero el roce internacional fue invaluable.
Tras el encuentro, la Tricolor consiguió el billete mundialista por primera vez en su historia, y antes la justa, enfrentó a tres rivales europeos más: la Unión Soviética, Polonia de nuevo, y el País de Gales. Perdió todos los encuentros, pero entendió cómo contrarrestar ese estilo, algo que Escocia y Suecia sufrieron en carne propia sólo unos días más tarde en ese mágico Italia 90.
A partir de entonces, los Ticos han abierto sus horizontes, enfrentando a rivales de todas partes del mundo. Han viajado a Japón y Corea, goleado a Eslovaquia, hecho sufrir a Francia y, el pasado 24 de marzo, jugaron por primera vez con un rival de Oceanía, Nueva Zelanda, a la que vencieron sin problema alguno por 4-0. ¿La consecuencia de esta apertura? Dos Copas Mundiales de la FIFA consecutivas y el reconocimiento planetario.
Todos se benefician de la apertura
Costa Rica abrió una puerta que los equipos de la zona han aprovechado con creces. Antes de 1990, el roce internacional parecía estar reservado para México, que aprovechaba esos partidos para imponerse sin dificultades cuando debía encarar sus compromisos en el Hemisferio Norte Americano.
Muy pronto, Estados Unidos siguió el mismo camino, aprovechando el impulso que le dio la organización de la justa mundialista en su territorio. Incluso, en sus partidos amistosos recientes, el equipo de las barras y las estrellas enfrenta a más escuadras de otras zonas que de la misma CONCACAF. Japón, Alemania, Marruecos, Latvia, Angola, Dinamarca y Ecuador configuraron el ecléctico calendario de los estadounidenses en los últimos doce meses.
Pero la apertura no sólo ha ayudado a los más fuertes de la zona. Otras selecciones también han entendido la importancia del roce internacional y han decidido trascender más allá de sus fronteras. Si lo dudan, hay que preguntarle a Honduras, y sus viajes a Oriente para enfrentar a Japón y China a finales de 2005 y principios de 2006. O a El Salvador, que recientemente rompió una racha de más de dos años sin victoria al derrotar 1-0 a Dinamarca, equipo con el que los hondureños empataron.
Y aún hay más. Hasta hace muy poco, ¿quién hubiera podido imaginar a Panamá enfrentando a Irán, Bahrain o Armenia -el primer rival europeo en la historia canalera-? O a los Reggae Boyz de Jamaica, que aprovecharon su participación en Francia 1998 para consolidar su reputación y enfrentar a equipos de la talla de Inglaterra o Suiza, con la que cayó hace una semana por 0-2, a pesar de ofrecer una valiente resistencia.
Así, la apertura del hemisferio es todo un hecho. Gracias a ella las distancias se han reducido y todos pueden soñar legítimamente con pisar el rectángulo verde en el partido inaugural de Sudáfrica 2010, como lo hiciera Costa Rica en 2006. Ahora sólo basta saber quién aprovechará mejor ese roce internacional y podrá convertir ese sueño en realidad.
