Hoy se cumplen cincuenta y cinco años de aquel día en el que Inglaterra llegó ufana al estadio de Wembley irradiando un aura de invencibilidad. Su actitud estaba justificada por el hecho de que llevaba como titulares a hombres de la talla de Billy Wright, Stanley Matthews o Stan Mortensen, y porque nunca había perdido en casa contra un equipo de fuera de las Islas Británicas.
Absolutamente nadie pensaba que las tornas pudieran cambiar ese día, a pesar del impresionante currículo que presentaba su rival de la noche. Hungría era a la sazón la campeona olímpica y llevaba una racha de imbatibilidad de 22 partidos. Poseía además un destacamento ofensivo abrumador y prolífico, en el que figuraban el mediocampista Jozsef Bozsik; los extremos Laszlo Budai y Zoltan Czibor; el media punta Nandor Hidegkuti y los delanteros Ferenc Puskas y Sandor Kocsis.
Sin embargo, un sinfín de problemas acosaba al seleccionador Gusztav Sebes. Hacía poco que había tenido que descartar a Czibor y Kocsis de la convocatoria para los choques contra Checoslovaquia y Austria, ambos saldados con victoria húngara, porque los habían sorprendido en plena noche de juerga etílica. Los dos regresaron para el último compromiso de Hungría anterior al de Wembley, que resultó un fracaso para los húngaros: un partido contra Suecia, a la que se habían impuesto por 2-4 en Estocolmo sólo unos meses antes, que terminó en empate a 2-2 en Budapest.
"Jugamos de pena contra los suecos. La prensa y el público húngaros nos machacaron", recordaba Puskas. "Nos dijeron: ‘No hace falta que os molestéis en ir a Wembley. Inglaterra os hará picadillo".
Pero sus problemas no acababan ahí. A Hungría no se le permitió entrenarse sobre el terreno de juego de Wembley, se había desestimado su petición de no usar el "pesado" balón inglés durante más tiempo que la media parte y, el mismo día del choque, su guardameta Gyula Grosics anunció que tenía sinusitis. Pero por encima de todo afloraba la carga psicológica que arrastraba la selección húngara desde la contundente derrota sufrida en su visita anterior a Inglaterra: 6-2 en 1936.
Ni siquiera la novedad de Puskas y sus caprichosos malabares con el balón en el círculo central parecían capaces de arrugar la seguridad en sí mismos que derrochaban los ingleses. "No conocíamos a Puskas. Los nombres de ninguno de esos jugadores nos decían absolutamente nada. Para nosotros, como si acabaran de caer de Marte", comentó en cierta ocasión el futuro seleccionador de Inglaterra Bobby Robson, a la sazón de 20 años y uno de los 100.000 espectadores que se habían congregado en el estadio. "Pesábamos que los aplastaríamos. Inglaterra en Wembley: nosotros éramos los maestros, ellos los aprendices".
Los aprendices tardaron sólo 50 segundos en dar por comenzada su clase magistral. Bozsik pasó el balón a Hidegkuti, quien se deshizo de un rival con una artera finta y colocó su disparo desde 15 metros por la esquina derecha de la portería que custodiaba Gil Merrick. Jackie Sewell igualó el marcador, pero, después de que el árbitro anulara un gol sublime a los húngaros, Hidegkuti devolvió la ventaja a su equipo.
Puskas anotó entonces el gol por el que eternamente se le rendirá pleitesía. Con una valiente verónica, cual torero lidiando en el centro de la plaza, el capitán de Hungría desmontó de un capotazo la acometida de Wrigh. "De cada diez veces que peleé por un balón como aquél, me lo llevé nueve. En la décima me topé con el incomparable Puskas", se lamentaba el defensa inglés.
'El Cañoncito Pum', haciendo honor al apodo, perforó la meta de Merrick y, 27 minutos después, subió el 1-4 al marcador, justo antes de que un tanto de Mortensen recortara distancias. La diferencia abismal de clase y estilo que separaba a los dos rivales volvió a quedar clara tras la reanudación, y Hungría amplió su ventaja con goles de Bozsik y Hidegkuti. Por lo tanto, el penal de Alf Ramsey sólo sirvió para lavar la honra de los ingleses, porque lo cierto es que el resultado (3-6) fue excesivamente generoso con los anfitriones, que tan sólo registraron cinco disparos a puerta contra los 35 de Hungría.
"Parecíamos jamelgos compitiendo contra corceles", comentó Tom Finney, a quien una lesión apartó del partido, aunque participó en la derrota que, ya sin sorpresas, sufrió Inglaterra (7-1) en Budapest seis meses después. "Eran espectaculares y empleaban tácticas que nosotros no habíamos visto jamás". Matthews coincide con aquella apreciación de su compañero: "¡Oh, aquel maravilloso equipo húngaro! Era lo mejor de lo mejor".
Los hombres de Walter Winterbottom se toparon con un adversario inconmensurable, tanto por su formación como por sus tácticas. Hungría era totalmente imprevisible con el balón en los pies y absolutamente desbordante sin él. El cerebro que se escondía tras tanta belleza era el de Sebes, cuyo juego moderno y provocativamente alternativo planteó a Inglaterra un rompecabezas imposible de descifrar.
Para entonces, el fútbol había asistido al surgimiento de importantes innovadores: Herbert Chapman, Vittorio Pozzo, Karl Rappan, Jimmy Hogan y Marton Bulovi habían descifrado ya varios de los elementos del gran jeroglífico histórico. Pero la lectura que hizo Sebes en el templo de los fundadores del deporte rey produjo consecuencias mucho más importantes para la evolución de este arte.
"Aprendí mucho más de tácticas en la lección que nos dio Hungría aquel día que en años de participación activa en el fútbol", declaró Ramsey, el hombre que llevó a Inglaterra a la gloria en la Copa Mundial de la FIFA 1966. Bela Guttmann, por su parte, aseguró que aquel partido "influyó decisivamente" en su carrera de entrenador. Guttmann guió al Benfica en sus conquistas de la Copa de Europa a principios de la década de 1960. No obstante, puede que Rinus Michels sea el ejemplo más excelso del influjo que tuvieron aquellos húngaros mágicos en el mundo del fútbol. El Entrenador de la FIFA del Siglo XX aseguró que aquella selección de Hungría "era la base y el armazón" que sustentaban sus gestas revolucionarias.
El destino, con la crueldad que a veces depara, quiso que el Partido del Siglo XX se convirtiera en el apogeo de los Magiares Mágicos. Pese a todo, ¿qué otro equipo puede jactarse de haber protagonizado una hazaña heroica e inmortal como aquélla?

