“México es un gran país para el fútbol: un público numeroso, un ambiente increíble y esos Mundiales [de 1970 y 1986] tan entretenidos y espectaculares”. Así se expresaba Vanderlei Luxemburgo, el seleccionador de Brasil, antes de partir rumbo a la Copa FIFA Confederaciones de 1999.

Sus palabras dejaban entrever una realidad aceptada en el mundo entero: México era un anfitrión estupendo, pero no se le consideraba como candidato a hacer algo importante en la competición.

En la edición anterior del Festival de los Campeones, el Tri había caído por 3-1 a manos de una selección muy modesta, Australia. Los mexicanos cayeron en la primera ronda de Arabia Saudí 1997. Aunque cabe mencionar que los dos equipos que pasaron en su grupo, Brasil y los Aussies, fueron, a la postre campeón y subcampeón del certamen.

Por otra parte, en siete de sus 11 participaciones en la Copa Mundial de la FIFA™ se había despedido de la competición al cabo de la fase de grupos.

Pese a todo, en la Copa Confederaciones que organizó, México resolvió satisfactoriamente un Grupo A bastante asequible, con un Cuauhtémoc Blanco en plenitud de facultades. Los anfitriones arrollaron a Arabia Saudí por 5-1, empataron a 2-2 con Egipto y se impusieron a Bolivia por 1-0.

Un cuento con final feliz
Los resultados les otorgaron el pase a semifinales, donde se midieron a su más acérrima rival, Estados Unidos, en un partido que no se preveía fácil. Y no lo fue. El guardameta mexicano Jorge Campos dio un recital y su homólogo estadounidense, Kasey Keller, ofreció una actuación excepcional. El encuentro se saldó en la prórroga con el gol de Blanco que concedió la victoria a los anfitriones.

Los hombres de Manuel Lapuente afrontaban en la final un desafío que se antojaba inalcanzable. Brasil había ganado los cinco enfrentamientos directos con México, contaba en sus filas con un jovencísimo Ronaldinho en una forma exquisita y había tumbado a Arabia Saudí por 8-2 en semifinales.

El número 7 brasileño encandiló a los más de 110.000 espectadores que abarrotaban el estadio Azteca. Pero también el número 10 mexicano deleitó a la concurrencia con su repertorio. Tras una jugada exquisita, en la que brilló con su magia, Blanco marcó el gol de aquella apasionante victoria por 4-3.

“Guardo recuerdos maravillosos de la final en el Azteca, porque el estadio posee una atmósfera muy particular, única”, declaró Rafael Márquez a FIFA. “La hinchada nos regaló un ambiente increíble”.

“Cuando repaso los logros de mi carrera, ganar la Copa Confederaciones en México se encuentra en lo más alto de mi lista. El triunfo es lo más importante para cualquier futbolista, y aquel en concreto supone una gesta que jamás olvidaré”, concluye.

Puedes recordar aquella final en el vídeo que encontrarás en los enlaces relacionados.