Cuesta describir con palabras la importancia que tiene para Islas Salomón su legado en la Copa Mundial de Fútsal de la FIFA. Colombia 2016 es la tercera edición consecutiva en la que participa esta nación del Pacífico, pero para entender mejor lo que significa, hay que analizar pormenorizadamente quiénes son sus integrantes y de dónde proceden.

Islas Salomón es un archipiélago compuesto por más de 900 islas situado al noreste de Australia, con una población que ronda el medio millón de habitantes y una superficie superior a 28.000 kilómetros cuadrados. Entre ellas destacan algunas más grandes, como la isla de Guadalcanal, donde se encuentra la capital, Honiara. La disposición geográfica del país representa, a todas luces, un auténtico desafío a la hora de armar un equipo.

La actual selección Kurukuru cuenta con una columna vertebral de jugadores —incluidos el capitán Elliot Ragomo y Micah Leaalafa, que participó en la Copa Mundial de Clubes de la FIFA— que formaron parte de la primera generación que entró en contacto con el fútsal. Islas Salomón, un país que ya vivía el fútbol con devoción, se adaptó rápidamente a esta modalidad, introducida por los misionarios de la iglesia australiana Dural Baptist en los primeros años de la década de los 2000 tras un período de agitación social.

Una vez confeccionado el equipo, y después de firmar grandes actuaciones en sus desplazamientos a Australia, Islas Salomón se estrenó en el Campeonato de Fútsal de la OFC en 2008. Y se adjudicó el título. Aquella gesta reportó a sus internacionales, todos ellos por debajo de la veintena, su primer billete para la Copa Mundial de Fútsal, la de Brasil 2008. Desde entonces, han ejercido de embajadores de su comunidad y han disfrutado de la adoración de sus compatriotas.

Un país paralizado por el fútsal
“Nos volvemos locos cada vez que juega una selección salomonense, porque, en nuestro país, todo el mundo nos conoce. Literalmente”, señaló Ragomo tras su derrota por 2-4 ante Costa Rica. “Ellos han seguido la historia de nuestra selección, son conscientes de la realidad de este equipo y, anoche, les dimos esperanzas. Perdimos el partido, pero nos ganamos el corazón de toda nuestra gente”.

“Sé perfectamente lo que está ocurriendo en estos momentos en Islas Salomón”, añadió su seleccionador, el brasileño Juliano Schmeling. “Dan esperanzas a su comunidad. Dan motivos a todos para seguir adelante y jugar. Para la comunidad salomonense es un honor participar en la Copa Mundial”.

Esta pasión ha conquistado, a su vez, el corazón de los hinchas colombianos, que aprecian el entusiasmo con el que juegan los Kurukuru cuando se enfrentan a rivales prácticamente imposibles de batir para ellos, como Guatemala, campeona de la CONCACAF, o Argentina, campeona de la Copa América. “Lo dimos todo, como si fuera el último partido de nuestras vidas”, declaró Ragomo sobre el segundo encuentro. “Aunque perdamos, con estos chicos da gusto jugar contra una de las mejores selecciones del planeta, y seguimos luchando, luchando y luchando hasta el final”.

La diferencia de potencial se hizo más evidente si cabe en este choque contra la Albiceleste. "Venimos de un país en el que es muy complicado desarrollar el alto rendimiento, es muy difícil de comparar”, explicó Schmeling. “Los jugadores hacen una comida al día, no tienen zapatillas, no hay pistas de fútsal, no hay balones. Es un desafío mayúsculo, y lo que más siento por mis jugadores es orgullo”.

Luchando contra los elementos
El próximo paso es ayudar a que Islas Salomón tenga el entorno adecuado para continuar creciendo. A su llegada, Schmeling tuvo que reconstruir el equipo hasta convertirlo en un bloque, y apenas dispuso de un par de torneos después de Tailandia 2012 para intentar clasificarlo para Colombia dos años más tarde. Por si fuera poco, el clima del país es un reto constante, ya que la temporada oficial de ciclones dura cinco meses. Pese a todo, el apetito por el fútbol se mantiene insaciable.

“Nuestro trabajo en Oceanía siempre es un placer, porque notas que es un entorno futbolístico natural”, subrayó Paul Toohey, responsable de desarrollo del fútsal de la OFC. “Cuando vas allí, ves a los niños jugando partidillos por todas partes, es algo muy puro. Adoran el fútbol. Es una parte muy importante de sus vidas. Si hablas con gente como Juliano, que viene de un país con gran tradición futbolística, te cuenta que también lo percibe”.

Y con la huella que están dejando en Colombia, las esperanzas salomonenses se centran en que esta actuación sirva para que las instalaciones, o la falta de ellas, no afecten a su evolución. “Ojalá ése sea el legado de esta campaña y que el impulso generado por este éxito ayude de verdad a que cristalice el proyecto de construir una cancha de fútsal”.

“Si tuvieran un centro nacional del fútsal, así como entrenamientos y campeonatos para todas las edades, tanto en categoría masculina como femenina, sería algo de lo que todos se sentirían satisfechos”.

“Es una gran lección para el mundo entero”, opina Ragomo. “Porque no hay nada imposible, siempre puedes seguir hacia adelante y, pase lo que pase al término del Mundial, seguiremos hacia adelante, independientemente de lo que se interponga en nuestro camino”, dice para concluir.