Dos veces en la vida

New Zealand's Tim Brown (L), Ben Sigmund (2nd L) and Rory Fallon (R-front) celebrate
© AFP

Con una flamante generación en ciernes, Nueva Zelanda ha regresado finalmente a la Copa Mundial de la FIFA. Y no es sólo que la espera ha sido larga, sino que además los seguidores Kiwis han tenido que morderse las uñas durante 90 minutos antes de poder desfogarse en las celebraciones. Luego del empate sin goles contra Bahréin en la ida de la repesca entre Asia y Oceanía el mes pasado, Nueva Zelanda se impuso por 1-0 en casa poniendo punto final a una ausencia de 28 años desde su primera y única aparición en la prueba reina de la FIFA.

El delantero Rory Fallon marcó el único gol del partido justo antes del descanso, pero igualmente famoso en los años venideros será el guardameta Mark Paston, que detuvo un penal lanzado por Sayed Mohamed a los cinco minutos de la reanudación. La dicha de Nueva Zelanda es la desdicha de Bahréin, que ha tenido que soportar su segunda eliminación consecutiva en el último obstáculo tras sucumbir ante Trinidad y Tobago hace cuatro años.

Nada menos que 35.000 espectadores, récord histórico, abarrotaron el estadio de Wellington para ver con sus propios ojos cómo se hacía historia, en tanto en el resto del país una nación loca por el rugby pillaba una fuerte fiebre de fútbol. Los hinchas que acudieron al Cake Tin (molde para pastel), como se conoce afectuosamente el recinto, convirtieron las gradas en un mar de blanco. Sólo había una pequeña mancha de rojo, formada por el reducido grupo de seguidores bahreiníes asistentes. De manera semejante al ascenso de Australia a la élite tras su clasificación en la repesca contra Uruguay, igualmente dramática, Nueva Zelanda procurará ahora propulsar su prosperidad en muchos ámbitos de su fútbol.

Margen apretadoEl marcador no reflejó la cantidad de ocasiones de gol por parte de ambos conjuntos, y sólo las heroicidades en defensa y los caprichos del balón hicieron que los acontecimientos avanzaran por un cauce tan estrecho. El delantero de los All Whites Chris Killen voleó el esférico contra el travesaño en la primera mitad, mientras que su socio en ataque Shane Smeltz a punto estuvo de asestar el segundo tanto en los estertores con un remate que se fue fuera por escasos centímetros.

Bahréin también tuvo sus momentos, especialmente cuando logró introducir el balón en la red a falta de apenas unos minutos para el final, pero el árbitro ya había pitado la anulación de la jugada por una falta anterior a Paston. El momento más sobresaliente fue sin duda una pena máxima cometida en el minuto 50 por el central neozelandés Tony Lochhead sobre Abdulla Omar.

“Pensé que nos costaría el viaje al Mundial, pero Pastie se sacó de la manga una increíble parada y me salvó el pellejo", declaró aliviado Lochhead en el epílogo reflexionando sobre una velada que podría haber tenido un final muy diferente para el zaguero del Wellington Phoenix. "Fue un momento enervante pero, cuando lo paró, lo celebré como si yo mismo hubiera marcado. Cuando el árbitro señaló el punto penal, se me puso el corazón de corbata".

El héroe del día, Paston, comentó con humildad y desparpajo su decisiva parada. El esbelto guardameta no habría estado en el campo de no ser por la sanción del portero titular, Glen Moss. "Me estuvieron tratando de gritar desde la banda que me tirara a la derecha, así que hice bien en lanzarme en esa dirección, aunque no llegué a oírlos. Simplemente adiviné", confesó.

Un largo camino hasta la cimaLa tropa de jugadores aficionados que recaló en España 1982 realizó una gesta inverosímil cosechando un buen número de asombrosos resultados a lo largo de una prolongadísima campaña de clasificación de 15 partidos. En Nueva Zelanda son tenidos por ídolos del deporte. En efecto, tal es la magnitud de su proeza que los neozelandeses, desde entonces, no habían vuelto a estar a 90 minutos de clasificarse hasta ahora. Hace cuatro años, los All Whites recorrieron una trayectoria muy distinta y ni siquiera fueron capaces de llegar a la final de Oceanía, al ser despachados del trono continental por las Islas Salomón.

Antes del choque contra Bahréin, la gloriosa quinta de 1982 desfiló alrededor del campo ante la entusiasta aclamación de la concurrencia. Fue una gran idea, pues no habrían podido encontrar mejor augurio. Dos ausentes en esa celebración previa al partido fueron el actual seleccionador, Ricki Herbert, y su adjunto, Brian Turner, ambos miembros integrantes de aquella hazaña. Herbert, sin embargo, pudo hacer su reverencia al público después del partido en la merecida vuelta de honor que dio al campo por detrás de su equipo. La sinergia con la legendaria escuadra asoma por todas partes: el autor del gol de la victoria, Rory Fallon, es hijo del segundo entrenador de la selección de 1982, Kevin Fallon.

La contribución de Herbert, que tomó las riendas del combinado nacional en 2005 nada más concluir la última campaña de clasificación para la Copa Mundial de la FIFA, no puede subestimarse. Tiene asegurado un lugar en los anales del fútbol neozelandés por sus logros como jugador y ahora como entrenador. "Hemos esperado 27 años para resucitar algo muy importante para nosotros", señaló Herbert. "Este grupo lo ha dado todo. Han sido cuatro años de entrega total. Hemos vuelto. Estamos ahí. Sudáfrica, allá vamos".

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