Fiesta argelina en París

Supporters of the Algerian and French national football team celebrate on the Champs-Elysee avenue in Paris
© AFP

La clasificación de Argelia para la Copa Mundial de la FIFA Sudáfrica 2010 provocó una explosión de júbilo popular sin precedentes en la capital francesa. París fue argelina por una noche.

Djaid está en estado de éxtasis, transportado por una inmensa oleada de alegría, una corriente envolvente por la que se deja llevar. El océano verdiblanco por el que nada, con la bandera de Argelia enroscada en la cabeza, está muy agitado. Los Campos Elíseos se bambolean mecidos por una borrachera de alegría. La avenida más bonita del mundo es el escenario de una explosión de júbilo popular que recuerda de forma engañosa a aquel 12 de julio de 1998. Los Bleus de Zinédine Zidane han sido sustituidos por los Fennecs de Antar Yahia. Por una noche, París se ha convertido en Orán o en Argel.

"Esta noche, Francia es argelina. Es grandioso”, afirma Djaid, futbolista aficionado de 22 años en un equipo de su Val de Marne natal, en el área metropolitana de París. Acaba de ver el partido en un bar de Créteil antes de tomar su vehículo, con cuatro amigos igual de descontrolados, en dirección a la capital. Son 12.000 los que, como él, cantan, tocan el claxon, gritan, celebran. Desde la plaza Charles de Gaulle hasta el Arco del Triunfo, los Campos Elíseos están inundados de banderas, que una comunidad argelina en plena ebullición enarbola henchida de orgullo.

¡One, two, three, viva Argelia!
"Si Alá quiere, allá vamos. Nunca había visto algo así. Es mágico vernos a todos aquí”, nos asegura Mounir. A unos metros de él, un aficionado baila sobre el capó de su coche una canción de música rai a toda mecha. En el interior del vehículo, los brazos de sus colegas se mueven en todas las direcciones, con el volumen a tope. Mounir, de 25 años, los mira divertido. “Para los que provenimos de la tercera generación de inmigrantes, representa muchísimo venir aquí para estar de fiesta entre argelinos. Estoy orgulloso de mis raíces y de mi selección nacional, y puedo asegurarle que en el Mundial lo vamos a bordar”. Karima pasa a su lado, con las facciones pintadas de verde y blanco, y la media luna y la estrella rojas. Ha venido con sus dos hermanos, y tiene la voz ya un poco ronca. "¡One, two, three, viva Argelia!", grita, entonando una cantinela que se ha convertido en himno nacional. “En los pueblos del interior del país queda culto”, explica, “y esto no es más que el principio”.

Son las 10 de la noche y los Campos Elíseos se han cerrado a la circulación. El parque está privatizado, así que algunos aprovechan para soltarse. Los vehículos de cuatro ruedas hacen chirriar sus neumáticos con unos derrapes de 180 grados que dejan patidifusos a los turistas sorprendidos por la escena. En las motos, predominan las competiciones de ruedas traseras. El ambiente todavía es campechano. “Hemos venido desde el departamento de Essonne, y por las vías de circunvalación reinaba la locura. Había algunos que se paraban completamente en medio de la calzada para bailar y correr. Es como que da igual todo; así es el puro placer”, explica Rachid, autocomplaciente. "Queremos que Francia se clasifique, con la esperanza de que nos toque contra ellos en el Mundial".

Sinceramente, yo ya no confiaba. Lo han conseguido, es algo excepcional. Llevo 24 años esperando esto y, además, somos el único país del Magreb clasificado

Los petardos explotan, y algunos se suben a las farolas para lanzar fuegos artificiales del supermercado ante la mirada conciliadora de las fuerzas del orden. "¡Mi primo está en Barbès, y me ha dicho que allí también era un delirio!", grita Farid a su colega Mourad, que va dando golpecitos en la mano a todo el mundo y saludando con el mismo mensaje: "Hamdullah [gracias a Alá], nos vamos a Sudáfrica". Los más jóvenes dan saltos como si fueran canguros; todos llevan la bandera en la mano. Todos se ven transportados por una locura irracional. Sus ojos revelan su excitación extrema.

Efectivamente, en el barrio XVIII, al norte de París, son unos 3.000 los que invaden las calles próximas a la estación de metro de Barbès – Rochechouart. Los cánticos son idénticos, la felicidad igual de trascendente. Dos quincuagenarios observan el panorama sonrientes. “Sinceramente, yo ya no confiaba. Tras el desastre de la vuelta en El Cairo, me dije a mí mismo que los chavales estaban demasiado abatidos mentalmente como para levantar cabeza. Lo han conseguido, es algo excepcional. Llevo 24 años esperando esto y, además, somos el único país del Magreb clasificado”, comenta Mohammed, un comerciante del barrio.

La marea humana es impresionante. El fervor, empero, acabará apagándose antes de medianoche. Hasta entonces, como proclama Ahmed: “Hemos venido a festejarlo sin violencia”. La Argelia francesa está en una nube. Y la pasión durará todavía ocho meses más.

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