Historia

Heleno, un personaje de cine

Heleno de Freitas tenía tanta facilidad para hacer goles como para sacar de quicio a todos los que se cruzaban con él en el terreno de juego, ya fuesen adversarios, árbitros, hinchas o incluso sus propios compañeros. Fue uno de los delanteros centro más talentosos que haya dado el fútbol, y también una de sus figuras más controvertidas.

“Heleno de Freitas, como jugador de fútbol, podría presentarse muy bien o muy mal, pero la verdad es que, más que un delantero centro, era una especie de oportunidad permanente para hablar mal de alguien”, lo definió un joven periodista colombiano llamado Gabriel García Márquez, quien tuvo la ocasión de seguir al atacante durante seis meses de acción y grandes acontecimientos en Barranquilla, con el Junior.

Por aquel entonces, ya no repetía con regularidad las actuaciones que habían encandilado a los aficionados del Botafogo durante casi todo el decenio de 1940. Sin embargo, todavía tenía destellos suficientes como para imponerse a un Alfredo Di Stéfano, y exhibía muchos trazos de aquella irascible personalidad que inspiró al futuro Nobel de Literatura. Era un personaje digno de una película. No es casualidad que uno de sus apodos fuese “Gilda”, nombre de la seductora diva interpretada por Rita Hayworth en la obra cinematográfica homónima y usado en referencia a la vanidad que lo acompañaba en todo momento, y también para provocarlo, claro está. No obstante, ahora saltará a la gran pantalla como Heleno, largometraje que se estrena este viernes en Brasil.

Una estrella con estudios
De familia rica, Heleno de Freitas divertía a veces a sus vecinos en la pequeña ciudad de São João de Nepomuceno (Minas Gerais), aunque más por sus precoces argumentaciones en debates con adultos, a los ocho años, que por su talento con el balón en los pies. Soñaba con ser abogado.

Más tarde, en Río de Janeiro, ya licenciado en Derecho, se dejó llevar por la pasión que sentía por el fútbol y por el Botafogo. Resulta difícil señalar cuál de las dos era mayor, pero el hecho es que encontraba tiempo para disputar algunos torneos amateurs —aunque concurridísimos— en las playas de Copacabana por la mañana y, por las tardes, defender al club albinegro. Aunque hubiese pasado la noche en blanco, disfrutando de la vida bohemia carioca como un astro de las salas de baile.

Cuando había un balón por el medio, el escenario en realidad no importaba: ya fuese en el fútbol playa, en un entrenamiento, en un partidillo en su bucólica ciudad natal o, por supuesto, en el Campeonato Carioca, las contradicciones de Heleno quedaban patentes. Era un muchacho muy culto, galante, educado, siempre con las corbatas más elegantes, pero dentro de la cancha se transformaba: la combinación de su perfeccionismo y un afán desmedido por la victoria lo convertía en un torbellino. Las confusiones venían desde sus inicios, cuando lo sancionaban por ofender a los árbitros hasta cuando portaba el brazalete de capitán. 

El artillero, que dio sus primeros pasos en el deporte rey como centrocampista, no se lo ocultaba a nadie: le gustaba resolver de inmediato, y solo se sentía a gusto con el balón en el pie. Y aunque el pase fuese bueno, podía protestar y acusar a su compañero de querer romperle la pierna o la cabeza. Tampoco le importaban las credenciales del autor del pase, aunque se tratase de Ademir de Menezes, con el que compartió vestuario en el Vasco en 1949 y a quien censuró en el primer entrenamiento. “Ni siquiera corrió para tratar de alcanzar el balón. Se limitó a reprenderme: ‘Mira, no me valen esos balones horrorosos, no les voy a dar. Mejor que te esmeres”, recordó el ariete, que un año después sería Bota de Oro de la Copa Mundial de la FIFA.

Sus excesos, un mal menor
Especialmente en el estadio General Severiano, donde jugó de 1939 a 1948 y marcó 206 goles en 235 partidos, Heleno disfrutaba de muchos privilegios: era habitual que sus multas, por peleas o por perderse entrenamientos después de largas noches, fuesen anuladas o pagadas de manera informal por la directiva. Al fin y al cabo, sin él en la cancha la vida era mucho peor. “Soportábamos todo lo que hacía, porque sabíamos que saltaba al campo para ganar”, explicó Otávio.

“Heleno venía a buscar la pelota mucho más allá del mediocampo, y siempre estaba en posición para recibirla. Sabía distribuir bien. Aunque estuviesen marcándolo, de espaldas al arco, sabía chutar. No recuerdo a nadie, en la década de 1940, que practicase aquel tipo de juego”, describió Geninho, centrocampista del Botafogo y uno de los pocos con quienes no se metía el delantero, y que luego se convertiría en entrenador.

“Habría ganado millones si surgiese años después. En su época no había televisión para hacer popular a una estrella y aumentar su cotización, solo la radio. ¿Y qué locutor, después de haber entrevistado a jugadores apenas alfabetizados, no se esforzaba por extraer algunas palabras del doctor Heleno de Freitas? Sabía analizar el juego con argucia, criticar severamente a un árbitro y llamar tuercebotas a los rivales”.

A pesar de su identificación con el club, Heleno nunca se proclamó campeón en las filas del Botafogo, y tropezó con algunos planteles históricos de los principales competidores de la ciudad. Peor aún, el equipo consiguió su único título de aquel decenio precisamente cuando su ya apagado ídolo fue traspasado a Boca Juniors. En Argentina tuvo una mayor repercusión mediática y cosechó algún éxito dentro de la cancha, pero no llegó a colmar las expectativas que había suscitado. Para completar la ironía, cuando regresó al poco tiempo a Río de Janeiro, en 1949, para defender los colores del Vasco, conquistó su único título del Campeonato Carioca.

25 minutos de Maracaná
Tras darse a conocer en el periodo sombrío de la II Guerra Mundial, Heleno representó a la selección brasileña básicamente en reñidas contiendas frente a rivales continentales, con 14 goles en 18 partidos. Nunca participó en la Copa Mundial de la FIFA. Su única oportunidad de hacerlo fue la edición de Brasil 1950, pero, a los 30 años, ya no era el mismo. Y aunque soñase con alzar el trofeo en casa, tampoco le ayudaba el hecho de que el equipo estuviese entrenado por Flávio Costa, el mismo técnico del Vasco que no había tolerado su comportamiento inestable y decidió prescindir de sus servicios después del partido en el que se proclamó campeón carioca.

Todavía con contrato en el club de São Januário —si bien era persona non grata—, Heleno llevó su calidad y temperamento a la entonces “liga pirata” de Colombia. Allí se enfrentó, y venció en el campo, a leyendas argentinas como Di Stéfano, Néstor Rossi y Julio Cozzi, en un embate con el Millonarios. 

Al volver a su país, imaginaba una segunda oportunidad en el Vasco, pero no se produciría. Estuvo más de un año parado, aunque activo en la vida social carioca. Cuando el América decidió apostar por su fútbol en 1951, su personalidad era aún más difícil, probablemente ya desestabilizada por la sífilis. Tan solo jugó un encuentro con el club, el día 4 de noviembre, contra el São Cristóvão. Acabó siendo expulsado a los 25 minutos por ofensas a sus propios compañeros. Fueron sus únicos 25 minutos en el Maracaná y, contra el mismo adversario de su debut oficial con el Botafogo, puso fin a su carrera.

A partir de ahí, la lucha se trasladó a otra esfera. Al principio fue acogido por una familia cariñosa y unida, y posteriormente internado en un sanatorio, donde moriría a los 39 años.

Para quienes lo vieron dentro del campo, el recuerdo permanece, y nada mejor que un nuevo relato de García Márquez para consolidarlo. Después de un estreno frustrante en Barranquilla —el público se enfureció—, el licenciado en Derecho que no llegó a ejercer y delantero centro consolidado respondió en su segundo compromiso con el Junior. “Según me cuentan algunos de los que estuvieron en el Estadio Municipal, el brasilero tuvo una actuación milagrosa”, narró el escritor. “De forma práctica, el doctor De Freitas —que debe ser un buen abogado— redactó, con los pies, memoriales y sentencias judiciales no solo en portugués y español alternadamente, sino también citas de Justiniano en el más puro latín antiguo”, concluyó. Puede que entre todas esas citas sobrasen algunos improperios. Aun así, con el balón en los pies, Heleno era realmente un clásico.

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