Tercer Tiempo

Increíble pero cierto

Chief Superintendent William Gilbert lifts the Jules Rimet trophy, (the World Cup), for photographers.
© Getty Images

El ex internacional de Inglaterra Jimmy Greaves tiene un dicho que lo ha hecho muy famoso en el Reino Unido: "El fútbol es un jueguecito de los más curioso". Es muy posible que Greaves usara por primera vez la frase en Viña del Mar durante la Copa Mundial de la FIFA Chile 1962. En el partido de la derrota de Inglaterra por 3-1 a manos de Brasil, un perro se coló en el terreno de juego y, en plena carrera por el césped, esquivó a todo jugador y recogepelotas que intentó atraparlo. ¡Se zafó incluso del legendario Garrincha! Pero Greaves, muy perspicaz, se puso a cuatro patas a la altura del chucho, lo miró fijamente a los ojos, lo levantó del suelo en brazos y se lo entregó al representante del campo. La normalidad volvió a reinar en el partido.

O eso parecía. Greaves empezó a notar en el pecho una sensación rara, como una humedad tibia que le empapaba la camiseta, y no era precisamente su sudor. Los espectadores se lo estaban pasando en grande, al igual que Garrincha, que acababa de decidir que aquel animal era su mascota de la suerte. "Empecé a apestar de tal manera... Era asqueroso", recordaba Greaves. "Yo no me explico cómo no gané aquel partido yo solo... ¡desde aquel momento ningún defensa brasileño se atrevió a acercarse a mí!".

Cuatro años más tarde, cuando robaron el Trofeo Jules Rimet del vestíbulo central de Westminster durante la exposición Stampex de Stanley Gibbons, un perro volvió a acaparar toda la atención en Inglaterra. Un año después del robo, Pickles, el perro del señor David Corbett, recuperó el trofeo en un seto de acebo de una propiedad situada en el sur de Londres y, por la hazaña, ganó para su dueño las 5.000 libras esterlinas del rescate: una cifra cinco veces superior a la prima que había cobrado cada uno de los jugadores de la selección inglesa cuatro meses antes por la conquista de la Copa Mundial de la FIFA.

Un tornillo flojo en la barrera
Si había un equipo sin posibilidades de ganar la Copa Mundial de la FIFA 1974, ése era el Zaire. Después de sus derrotas por 2-0 ante Escocia y por 9-0 a manos de Yugoslavia en sus dos primeros partidos, le tocaba medirse con la colosal Brasil en Gelsenkirchen. Enfrentarse a los auriverdes pone los nervios de punta a cualquier futbolista pero, en el caso de Ilunga Mwepu, el cruce de cables fue de antología. Al hombre se le encendió la bombillita justo cuando se encontraba en la barrera y se disponía a contener un tiro libre de los brasileños. Su brillante idea consistió en abandonar la formación y largarse corriendo hacia el balón, darle un patadón que lo lanzó al otro lado del campo y mirar al árbitro con cara de "¿pero qué he hecho yo de malo, jefe?". Lógicamente, el arranque le valió una tarjeta.

De acuerdo, está visto que el Brasil-Zaire fue un choque un pelín desequilibrado por lo que respecta sobre todo al talento de los contendientes, pero el Escocia-Uruguay de Suiza 1954 se presentaba a priori bastante más igualado. Sin embargo, se saldó con la impresionante victoria por 7-0 de los uruguayos. Por lo que parece, el buen tiempo reinante en Basilea, con temperaturas superiores a los 38° centígrados, había pillado desprevenida a Escocia, debutante aquel año en la Copa Mundial de la FIFA. Ahora bien, todo hay que decirlo: los escoceses lucían sus estupendas y tradicionales camisetas gruesas de lana, de manga larga y cuello alto abotonado hasta la barbilla.

"La Asociación Escocesa de Fútbol dio por sentado que Suiza era un país muy frío. Como tenía tantas montañas...", aclaró Tommy Docherty, mediocampista y ex entrenador del Manchester United. "Parecía que íbamos de expedición a la Antártida. Los uruguayos llevaban camisetas de verano, de cuello en pico y manga corta. ¡Cómo no íbamos a perder por 7-0!".

Uruguay también fue el escenario de un incidente de lo más curioso durante la Copa Mundial de la FIFA de 1930. En la semifinal entre Argentina y Estados Unidos, el fisioterapeuta estadounidense Jack Coll entró a la carrera en el terreno de juego para tratar a un jugador lesionado, pero al final quien salió de allí en camilla fue él. El hombre tropezó con tan mala fortuna que acabó inhalando la botella de cloroformo que se había derramado enterita dentro de su botiquín de mano.

¡Que me parta un rayo!
Las lesiones que sufrieron once jugadores durante un partido entre el Jomo Cosmos y el Moroka Swallows en Sudáfrica en 1998 no se las hicieron ellos solos. Un rayo cayó justo sobre el campo y varios jugadores quedaron tendidos sobre el terreno de juego retorciéndose de dolor. Por suerte, no hubo que lamentar víctimas mortales.

No fueron las condiciones meteorológicas las que interrumpieron un partido en Argentina en 1990, fueron los hinchas. Durante un choque entre el San Lorenzo y el Vélez Sarsfield, el árbitro Juan Bava se vio obligado a anular el encuentro porque el público se había quedado con todos los balones disponibles aquella noche. Ninguna pelota que voló a las gradas regresó a la cancha. Cuando el San Lorenzo se quedó sin balones, terminó el partido.

También en Argentina acaeció otro suceso de lo más increíble. Mientras los jugadores, directivos y afición del Racing Club celebraban su conquista de la Copa Intercontinental contra el Celtic, en Uruguay, allá por el año 1967, los hinchas de su eterno rival, el Independiente, se dedicaban a enterrar siete gatos negros bajo el césped del estadio del Racing, el Cilindro de Avellaneda. En los 34 años posteriores al hecho, el club no ganó ni un solo título de liga. Pero cuando los esqueletos de los gatos salieron a la luz durante la reconstrucción del estadio en 2001 y fueron posteriormente destruidos, el Racing Club se proclamó campeón del Apertura inmediatamente, ese mismo año.

Más recientemente, en 2006, en Brasil ocurrió algo realmente inaudito durante un partido de lo más normal y corriente entre el Santacruzense y el Atlético Sorocaba, correspondiente a la Copa Paulista. El Sorocaba, el conjunto visitante, llevaba una ventaja de 0-1 y el Santacruzense presionaba sin cesar en busca del gol del empate. En el último minuto, los locales dispararon a puerta un balón que salió desviado. Entonces, una gracia de un recogepelotas cambió el curso del partido. En lugar de entregar la pelota normalmente para que se realizara el saque de puerta, al gracioso no se le ocurrió otra cosa que darle una patada al balón en dirección al portero. El esférico siguió imparable su inercia y se metió entre los tres palos. Cuando el árbitro, que no se había percatado del incidente, vio que el guardameta del Sorocoba sacaba el balón de su portería, pitó el gol para incredulidad y consternación de los seguidores y jugadores del Sorocaba. Pese a todo, hubo final feliz, pues los dos rivales superaron la fase de grupos y se metieron en la ronda siguiente.

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