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Donovan, la película de una vida

Landon Donovan vio pasar su vida delante de sus ojos. Literalmente. Estaba de pie, con los brazos cruzados por encima del pecho. Acababa de jugar su último partido con la selección nacional de Estados Unidos. Miles de aficionados se quedaron en el estadio, en la fría noche otoñal de Hartford, para verla con él en la gran pantalla del Rentschler Field.

Los grandes momentos de Donovan vestido con la camiseta estadounidense iluminaban la noche. El homenajeado se encontraba rodeado de familiares y amigos. Un silencio respetuoso cayó sobre la tribuna de prensa, roto tan sólo por el repique de los teclados mientras los reporteros se afanaban por describir la carrera internacional del hombre que había cambiado el fútbol en el país. “Estos supera mis mejores sueños”, confesó Donovan al público. “Como ser humano es increíble sentir tanto amor y tanto apoyo”.

Debut soñado
Cuesta mucho señalar el preciso instante en el que las lágrimas empezaron a brotar. Puede que fuera cuando Donovan, a sus 32 años, contempló en la pantalla cómo un jovencito de 18, con el pelo teñido de un rubio estridente, saltaba al terreno de juego para disputar su primer partido. Se enfrentaba a México, ante el público, enorme y hostil, congregado en el LA Coliseum, a pocos kilómetros de su hogar californiano. No estaba previsto que jugara, debía calentar banquillo, fijarse y aprender. Pero a la fortuna le gusta sorprender con grandes gestos. Cuando cayó lesionado Chris Henderson, un viejo profesional, íntegro y anónimo, le llegó la hora a aquel jovencito imberbe con acné en la cara.

Aquel día, Donovan marcó su primer gol para Estados Unidos, y lo hizo con una elegancia y un aplomo que anunciaban su brillante futuro. Superó al guardameta mexicano en el uno contra uno, sin una pizca de pánico ni del atolondramiento propio de la juventud, y empujó el balón al fondo de las mallas tras un ligero salto en su penúltimo paso. Salió corriendo para celebrarlo y cayó en los brazos de veteranos como Jeff Agoos o Tony Meola, sus compañeros de aquella noche. Todos sonrieron como hermanos mayores.

“Ha hecho más que nadie por el fútbol estadounidense”, declaró Jozy Altidore, el hombre al que Donovan entregó el brazalete de capitán el viernes pasado, cuando fue sustituido en medio de una ovación ensordecedora en el minuto 41 del empate a 1-1 con Ecuador. Los compañeros de Donovan ese día, un grupo de jóvenes agradecidos a su persona, trabajaron sin descanso para pasarle el balón. “Quería que Landon marcara un gol”, explicó Mix Diskerud a FIFA.com, y añadió con una sonrisa: “Lo he buscado un poco más que otras veces".

Donovan no marcó ningún gol la noche de su despedida. Su remate de cabeza en los primeros compases obligó al ecuatoriano Máximo Banguera a lucirse con una acrobática parada. Pocos minutos después, un grito ahogado resonó entre los más de 36.000 espectadores cuando el capitán de Estados Unidos, con el dorsal número 10, estampó el balón en el palo: un recordatorio de que el fútbol también puede ser cruel. Cuando Donovan abandonó el terreno de juego, estrechó la mano con su seleccionador, Jurgen Klinsmann, y se fundió con él en un abrazo fugaz. Se trataba del hombre que le había roto el corazón unos meses antes, cuando borró el nombre de Donovan de la lista de seleccionados para la Copa Mundial de la FIFA™ y le negó la oportunidad de despedirse del fútbol a lo grande.

Las imágenes se sucedían en la pantalla. Donovan niño se convertía en hombre. El pelo teñido recuperaba su color natural. Pequeñas arrugas aparecían en el rostro y la voz se hacía cada vez más profunda. Volaban los goles. Se pulverizaban los récords. Se sucedían las celebraciones mientras Estados Unidos, remozada por el arte, la visión y la clase de Donovan, se despojaba de su etiqueta de modestia.

Despedida de ensueño
Portugal caía en 2002 y el creador estadounidense se convertía en un ídolo de 20 años. Después orquestó una nueva derrota de México y propulsó a Estados Unidos hasta los cuartos de final del Mundial de Corea/Japón 2002. A continuación llegaron las decepciones y lágrimas de Alemania 2006, y las alegrías de 2010, cuando un gol suyo en los últimos minutos del encuentro con Argelia puso a los estadounidenses en octavos de final.

Para entonces, el pelo de Donovan empezaba a ralear. Se levantaban trofeos. Más Copas Oro de la CONCACAF. También llovían los premios individuales, más que para ningún otro futbolista estadounidense de la historia. Donovan marcó 57 goles en 158 partidos y creó 58 más en 15 años de carrera internacional. Ningún otro de sus paisanos se ha acercado jamás a estas cifras.

Realmente, resulta difícil señalar cuándo empezaron a caer las lágrimas por las mejillas de Landon Donovan mientras contemplaba la película de su vida. Disfrutaba con fruición de cada segundo. Abrazaba a su familia. Lloraba y reía. Se notaba que no quería que acabara nunca. Seguía allí de pie, en medio del terreno de juego, pese a que la mayoría del público había abandonado el estadio hacía ya mucho tiempo.

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