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Los "flamenguistas" inspiran una revolución

El 2007 se recordará como un año en el que los brasileños se unieron eufóricos ante la decisión de otorgarles el derecho a organizar la Copa Mundial de la FIFA en 2014. Y también como aquel en que la afición más nutrida del país aunó esfuerzos para inspirar una revolución.

Penúltimos en el ecuador de la temporada y estando en apariencia destinados a luchar nuevamente para evitar el descenso, muchos clubes se hubiesen conformado con mantenerse en la Série A. Pero no el Flamengo, quien lleva la ambición en las venas. O rubro-negro fue remontando posiciones imparable hasta finalizar en tercer lugar, su mejor registro desde que el campeonato ha vuelto a disputarse con un formato puramente de liga, clasificándose asimismo con autoridad para la Copa Libertadores 2008.

Y si bien el entrenador Joel Santana, el guardameta Bruno, el defensa Fábio Luciano, los carrileros Leonardo Moura y Juan, el centrocampista Ibson y el habilidoso mediapunta Renato Augusto contribuyeron de modo significativo, la escalada se debió fundamentalmente al jugador número doce: sus seguidores.

Los flamenguistas, envueltos en los colores negro y escarlata del club, respondieron como un solo hombre en los últimos cinco encuentros en el Maracaná. Casi 74.000 espectadores asistieron al clásico ante el Fluminense, y ni siquiera la derrota por 0-2 desalentó a los fieles del Mengão. La asistencia al estadio durante los partidos en los que el Flamengo se impuso a Grêmio y Corinthians superó las 70.000 personas, y cerca de 88.000 presenciaron las victorias sobre Santos y Atlético-PR en sus dos últimos compromisos como local.

"El apoyo que hemos tenido esta temporada ha sido fenomenal. Sin duda, nos ha metido ahí [en la Libertadores]", señaló un entusiasmado Joel Santana. "La afición sabía lo que necesitábamos y nos dio ese impulso. Fíjese en cuántos hinchas tuvimos en el Maracaná, todos con los colores del Flamengo. Es un sueño ver esto".

"Somos como una familia, y cuando los seguidores se unen y nos apoyan como lo hicieron, el equipo responde. Han sido una inspiración en todo momento, y gracias a ellos hemos conseguido algo que parecía imposible".

La gratitud de Joel hacia los hinchas era correspondida. Cuando el técnico de 57 años, artífice de una sucesión de nueve partidos sin perder (seis triunfos y tres empates) que salvó al equipo del descenso a la Serie B en 2005, regresó nuevamente a Gávea a finales de julio, asumía uno de sus mayores retos hasta entonces. Y superó con nota el examen, refinando las tácticas del conjunto y sacando lo mejor de una plantilla que había estado rindiendo por debajo de sus posibilidades.

Después de dejar atrás el peligro de la pérdida de categoría, Joel condujo a sus pupilos hacia un puesto en la elite sudamericana. Ayudado por una racha inicial de cinco victorias consecutivas en liga por primera vez desde la gloriosa época de Leandro, Júnior, Zico y compañía en 1982, al Flamengo le sobró incluso un partido para alcanzar su objetivo. Como era natural, el nombre del entrenador resonó en todo el Maracaná durante el choque de la penúltima jornada, en el que se venció al Atlético-PR.

Ambiciones
El numerosísimo y entregado público del Flamengo, con sus ensordecedores gritos de ánimo, hizo del campo una olla a presión camino de la Libertadores, y su influencia fue alabada tanto dentro como fuera del Gávea. "Yo ya paso de los setenta años y llevo más de treinta en el Flamengo, pero nunca había visto nada así", afirmó el Presidente Márcio Braga. "La afición del Flamengo es incomparable".

"Sinceramente, no me lo esperaba", añadió Renato Augusto, de 19 años. "Sabía que los hinchas del Flamengo vendrían a animarnos, pero esto lo supera. El ambiente del Maracaná ha sido algo distinto".

Zico, la mayor estrella que haya dado nunca el Flamengo y actual preparador del Fenerbahçe turco, también se deshizo en elogios hacia su gente. "Una vez más, los aficionados han demostrado que el Flamengo es uno de los clubes más grandes del mundo. Merecían de verdad este éxito", sentenció.

El inimitable número 10 se erigió en protagonista del año más fructífero en la historia del potente equipo de Río de Janeiro, saldado con la conquista de los títulos continental y mundial. Después de la gesta de clasificarse contra viento y marea para la próxima edición de la Copa Libertadores, los flamenguistas no pueden evitar soñar con una repetición de lo ocurrido en 1981.

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