La noche que Gazza lloró

Paul Gascoigne weeps after the England-West Germany semi-final at Italy 1990.
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“El fútbol es una juego muy sencillo: 22 hombres corren 90 minutos detrás de un balón y, al final, ganan los alemanes”.

Gary Lineker pronunció la famosa frase medio en broma y, sin embargo, en ella supo captar a la perfección esa sensación de frustración tan arraigada en Inglaterra, fruto de experiencias dolorosas. A lo largo de las décadas, las grandes expectativas y las amargas decepciones se han dado la mano en las peripecias de la selección inglesa por las grandes competiciones de fútbol. Ningún fracaso, sin embargo, ha provocado más consternación que la derrota en semifinales de la Copa Mundial de la FIFA Italia 1990.

Ciento veinte minutos de emoción, tensión y pasión sin tregua ofreció aquella semifinal, que Franz Beckenbauer calificó de “Klassiker”, y a la Terry Butcher, actual internacional de Inglaterra, se ha referido como “la auténtica final” de Italia 1990. A continuación, FIFA.com presenta la historia de un partido que abrió la veda de los triunfos alemanes y marcó el comienzo de la maldición de la tanda de penales para los ingleses.

El contextoUn día después de que Argentina eliminara a la selección anfitriona, estos dos eternos rivales llegaron a Turín atraídos por la tentadora perspectiva de saldar viejas cuentas. A la República Federal Alemana le seducía sobre todo el desafío de reeditar la final de 1986 y dar la vuelta al resultado; a los ingleses les impelía el deseo de llegar a vengarse por la tristemente famosa "Mano de Dios" de Diego Armando Maradona que los había tumbado en aquella fase final.

No obstante, por la forma que habían exhibido ambos equipos en las rondas anteriores, no resultaba difícil deducir que las probabilidades de victoria recaían prácticamente todas sobre un único contendiente. No en vano, Alemania se había erigido como el equipo más completo y goleador del certamen: vencedor de su grupo y verdugo de Holanda, a la sazón campeona de Europa. Inglaterra, por su parte, había anotado únicamente dos goles en sus tres partidos del grupo, y se había clasificado para disputar aquel choque gracias a una victoria en la prórroga, digamos que poco merecida, contra los aguerridos cameruneses. “Llegamos”, confesó Robson, “pero no sé cómo”.

Era la primera semifinal de la Copa Mundial de la FIFA que disputaban los Tres Leones desde 1966, mientras que los alemanes competían en dicha fase por la cifra récord de nueve ocasiones. Los de Robson lo tenían todo en su contra.

El partidoAl técnico inglés le quedaba la esperanza de que su equipo estuviera a la altura cuando las circunstancias así lo exigieran. Durante aquel partido, su equipo cumplió. Lothar Matthaus, hasta el momento el mejor jugador del campeonato, se había acostumbrado a imponer su autoridad en todos los partidos, pero aquella húmeda noche en el Stadio delle Alpi, iba a encontrarse con la horma de sus botas.

Paul Gascoigne era el graciosillo de los hombres de Robson, un personaje chispeante y frágil, pero un mediocampista genial, de una habilidad y un poderío excepcionales. Su brillo había iluminado los pasos de Inglaterra. En semifinales, Gazza se erigió de nuevo en protagonista y gran figura del mejor recital coral que los Tres Leones brindaron en todo el certamen, con el que anularon e incluso, en ocasiones, dominaron a los favoritos.

Y pese a todo, el partido llegó al descanso sin goles y sin el menor indicio de la contienda épica que el mundo estaba a punto de contemplar. La llama que encendió la mecha prendió al cumplirse la hora de juego. Fue un tiro libre envenenado de Andreas Brehme, que adquirió un impresionante efecto de cuchara tras rebotar en la espalda Paul Parker y, con una pronunciadísima parábola, se coló en la puerta para desesperación de Peter Shilton. Curiosamente, el golpe sirvió para que Inglaterra y muy especialmente Gascoigne subieran el listón de su juego. En los cinco minutos siguientes, Gazza luchó como un jabato y se dedicó a crear ocasiones como un poseso: para Lineker, para Peter Beardsley, para Chris Waddle… Lamentablemente, ninguna de ellas prosperó.

Pero a Robson le quedaba un as en la manga, y se lo jugó. A falta de diez minutos para el final del encuentro, el seleccionador sustituyó a Butcher, su líbero y capitán, por el mediocampista Trevor Steven; una apuesta ganadora. Con los alemanes ya replegados, obligados a jugar a la defensiva, Jurgen Kohler falló un despeje a la desesperada. Lineker supo aprovechar la confusión para batir la meta del rival con su cuarto gol en aquella fase final.

En la prórroga, la balanza habría podido decantarse hacia cualquiera de los dos extremos del campo, donde ambos equipos se empeñaban en estrellar balones contra los palos. El partido se vio abocado a los penales, territorio amedrentador y desconocido para Inglaterra. La República Federal Alemana, sin embargo, tenía los nervios bien templados. Brehme, Matthaus, Karl-Heinze Riedle y Olaf Thon impartieron una clase magistral de potencia, precisión y serenidad que los ingleses, sencillamente, no pudieron igualar. Stuart Pearce, el primero en sucumbir bajo la losa de la tensión y la responsabilidad, estampó el balón en las piernas de Bodo Illgner. Waddle sabía que no tenía opción: para que Inglaterra sobreviviera, debía acertar aquel disparo; pero el trallazo del extremo se perdió por encima del larguero. Alemania estaba en la final.

"Me fui para el balón y disparé con todas mis fuerzas”, recordaba Waddle años después. “Si le hubiera dado peor, seguramente habría entrado. Qué se le va a hacer, así es la vida".

La figuraEl partido cambió para siempre la vida de un futbolista inglés. Robson había dicho en cierta ocasión que Gascoigne, el hombre, era “más tonto que un lápiz”, pero su fe en Gazza el futbolista quedó plenamente justificada en Turín con el recital extraordinario de entrega e ingenio que ofreció el jugador.

Su imagen apareció a toda plana en los periódicos del mundo, aunque no precisamente por su actuación, sino más bien por su reacción al ver la tarjeta amarilla que le habría apartado de la final, y posteriormente al producirse la derrota de su equipo. Simple y llanamente, Gascoigne, el hombre y el futbolista, fue incapaz de contener las lágrimas. Aquella manifestación pública de emoción a flor de piel, en toda su pureza, le granjeó el cariño incondicional de los seguidores de Inglaterra, que de todas formas ya estaban perdidamente encandilados con él.

Para desdicha de esos mismos admiradores, el llanto incontenible de su héroe llevó a Robson a relegarlo al sexto lugar en el orden de encargados de ejecutar los penales. “Dudo mucho que hubiera sido capaz de lanzar ninguno de tan deshecho que estaba”, explicó posteriormente el entrenador. “Perdió el control en medio del terreno de juego justo durante la tanda de penales”.

Se dijo“Cuando era pequeño y estaba en mi club de juveniles, cada noche soñaba con jugar al fútbol en el Mundial. Viví ese sueño en Italia, pero cuando el árbitro me sacó la tarjeta amarilla, supe que mi sueño se había acabado. Cuando las cosas me van bien y me doy cuenta de que están a punto de acabarse, me entra miedo, mucho miedo. Aquella noche no pude remediarlo: me eché a llorar”.
Paul Gascoigne, mediocampista de Inglaterra.

"En mi opinión, fue el mejor partido del Mundial… Tuvo de todo. Los dos equipos habrían podido ganar. Los jugadores se comportaron como camaradas de verdad. Incluso ahora, cuando me encuentro con alguno de los ingleses, nos vamos de copas para hablar de aquello. Siempre me gustó mucho jugar contra Inglaterra”.
Andreas Brehme, defensa de Alemania.

“El mundo se me cayó encima. Desde que tengo memoria, he lanzado penales, pero fallé el más importante de mi vida. Yo tuve la culpa de que Inglaterra no jugara la final de aquel Mundial”.
Stuart Pearce, defensa de Inglaterra.

"Recuerdo que Peter Shilton no se había estirado hacia la escuadra en los penales de Riedle, Matthaus y Brehme hasta que el balón ya estaba entrando, de manera que me dije: ‘Adelante, hombre, mételo, no necesitas nada demasiado vistoso ni arriesgado’. Y eso hice. Shilton acertó a tirarse hacia el lado correcto, pero demasiado tarde".
Olaf Thon, mediocampista de Alemania.

¿Qué sucedió luego?Inglaterra, sin la presencia de Gascoigne por sanción, cayó por 2-1 a manos de Italia en el partido por el tercer puesto. Los alemanes se desquitaron de Argentina en una final desprovista de todo atractivo. Un gol de penal de Andreas Brehme hizo de la República Federal de Alemania la selección más triunfal de la Copa Mundial de la FIFA, igualada con Brasil, al menos durante los cuatro años siguientes. Franz Beckenbauer se convirtió en el único futbolista desde Mario Zagallo que conquistaba el trofeo como jugador y también como seleccionador.

Pearce optó por no retirarse y consiguió librarse del fantasma de Turín seis años después, con su gol desde el punto penal contra España en cuartos de final de la Eurocopa de 1996. En semifinales, sin embargo, Inglaterra cayó en los penales a manos de… efectivamente, Alemania. Desde entonces, los ingleses han seguido perdiendo en tandas de penales partidos cruciales de la EURO 2004 y de la Copa Mundial de la FIFA 2006.

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