Al Real Madrid no le quedó más remedio que aplicarse el refrán cuando decidió comprarse un 'juguete' en 1952. Ni más ni menos que una brillante “Saeta Rubia”, fabricada en Argentina y pulida en Colombia, que respondía al nombre de Alfredo di Stéfano. A finales de aquel año, el entonces presidente de la entidad, don Santiago Bernabéu, había descrito el capricho como “el mejor regalo de Reyes para el Real Madrid”.

El grande de la capital no consiguió al oriundo de Buenos Aires, descendiente de italianos, franceses e irlandeses, para las Navidades de 1952. Tampoco lo tuvo para Reyes, ni para el final de la temporada 1952-53 o principios de la siguiente. Sin embargo, el Madrid ganó la carrera por fichar al hombre que había ganado dos títulos de liga con River Plate y tres con el Millonarios de Bogotá.

La carrera, o maratón para ser más exactos, empezó una fría noche en Madrid, en marzo de 1952. El Millonarios estaba encandilando y cubriéndose de gloria durante una gira por Europa, pero se suponía que la escala en el Nuevo Estadio Chamartín, el actualmente llamado Bernabéu, bajaría de las nubes al conjunto colombiano.

En cambio, Di Stéfano, en palabras de un  maravillado Miguel Muñoz, “nos regateó como a banderines en un campo de entrenamiento”, dio el pase del primer gol y vio puerta en dos ocasiones para adjudicar a los suyos una extraordinaria victoria por 2-4. El centrocampista español, titular aquella noche junto con José María Zárraga, Luis Molowny y Pahiño en un formidable Real Madrid, recordaría años después: “Di Stéfano estuvo extraordinario. Aparecía en defensa, en el centro del campo, en ataque. Dejó sentados a tres de los nuestros. Cuando tenía la pelota, no podías quitársela, sólo rezar para que la pasara”.

La directiva del Madrid se quedó hipnotizada, al igual que el ojeador jefe del Barcelona, Pepe Samitier, quien asistía al encuentro.

Un fichaje que enfrentó a Madrid y Barça
El Madrid y el Barça se enzarzaron en una guerra por el fichaje de Di Stéfano. Los trámites se complicaron por la incertidumbre sobre quién poseía los derechos de traspaso del jugador, si el Millonarios, donde al parecer Di Stéfano jugaba cedido, o River Plate.

Mientras un club negociaba con los colombianos, el otro hacía lo propio con los argentinos. Volaban los insultos. Se multiplicaban los rumores. A finales de aquel año, el Barcelona asestó el golpe aparentemente decisivo en el combate por Di Stéfano. La prensa catalana publicó la noticia de que el Barcelona había cerrado el contrato, ilustrada con la foto de la “Saeta Rubia”, sonriente y vestido con la camiseta blaugrana. Pero el Madrid, tambaleante, se puso en pie en el último segundo. Empezaba un nuevo asalto.

En septiembre de 1953, 18 meses después de que el Real Madrid y el Barcelona se declararan la guerra por Di Stéfano, la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) intercedió en la pelea. El organismo sentenció que el ex internacional de Argentina y Colombia jugaría en los dos clubes, en temporadas alternas, durante un periodo de cuatro años. Irritado, el Barça se retiró del combate. Extasiado, el Madrid compró al instante los billetes de tren para llevarse a Di Stéfano y su familia desde la Ciudad Condal, en la que habían pasado tres meses, hasta la capital de España.

A las diez y media de la mañana del 23 de septiembre de hace 60 años, Alfredo y Sara di Stéfano, junto con sus hijas Nanette y Silvana, llegaron a la estación madrileña de Atocha. Desde allí se dirigieron directamente a la sede del club, donde el delantero firmó un contrato que puso fin a uno de los fichajes más complicados y prolongados de la historia del fútbol.

Jugando desde el primer día
A continuación, los representantes del club acompañaron a su mujer y a las niñas a un hotel de la capital. Para su sorpresa, a Di Stéfano se lo llevaron al campo de entrenamiento, donde le dieron unas botas y una tabla de ejercicios físicos y con balón, bajo la atenta mirada de su nuevo entrenador, Enrique Fernández. Cuando el jugador, a la sazón de 26 años, pudo disfrutar por fin de un almuerzo y ya soñaba con irse a dormir un poco, le echaron por tierra los planes.

“Me dijeron que tenía que jugar un partido aquella misma tarde contra el Nancy francés”, recordaba Di Stéfano. “No me hizo ninguna gracia. Estaba agotado y llevaba tres meses parado en Barcelona, durante los que había jugado sólo tres amistosos. Anoté en el partido, pero perdimos por 2-4”. 

En 1947, marcar goles en la Copa América con una camiseta blanca se había convertido en un ritual. Aquella derrota con el dorsal número 10 del Real Madrid fue una rareza.

Un mes más tarde, el Barcelona supo de primera mano lo que acababa de perder. Di Stéfano hizo gala de su increíble resistencia, de sus inconmensurables regates, de sus desarbolantes pases y de su frialdad en la definición para espolear al Madrid hasta un triunfo por 5-0 sobre el eterno rival.

Sigue siendo una de las grandes victorias merengues en el clásico. El mayor triunfo del Real Madrid sobre el Barcelona de todos los tiempos, sin embargo, se había producido antes fuera de los terrenos de juego.

La “Saeta Rubia” se convirtió así en una prueba fehaciente de que “lo bueno se hace esperar”.