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Zizinho, el rey para Pelé

“Zizinho era el jugador que yo más admiraba. Daba miedo: sus pases, su disparo, su colocación. Todo muy vistoso. Y era un futbolista completo. Actuaba en el mediocampo, en el ataque, defendía bien, era un excelente cabeceador, regateaba como pocos, sabía montar las jugadas. Además, no le asustaba mancharse. Jugaba duro cuando hacía falta”.

Así podría terminar perfectamente un texto que hablase sobre quién fue Thomaz Soares da Silva, Zizinho, al confirmar que el autor de esta elogiosa descripción, de entre tantas personas que se rinden a sus pies, es nada menos que Pelé. Porque, al fin y al cabo, ¿qué más se puede añadir al currículo de un futbolista? Era el mayor ídolo del jugador de fútbol más grande de todos los tiempos.

Y Pelé dista de ser el único que hace este análisis. Es casi imposible encontrar a alguien que hable sobre Zizinho y se limite a elogiarlo escuetamente. La descripción de este mediapunta siempre va acompañada de algo de poesía o de asombro: como si la pauta fuese juzgarlo como artista, y no únicamente como jugador de fútbol. El único problema es que, para recordar su obra dentro de las canchas, no se cuenta con mucho más que eso, descripciones.

Zizinho defendió los colores de la selección brasileña durante quince años, entre 1942 y 1957, y era la gran figura del equipo que alcanzó el primer choque por el título de la Copa Mundial de la FIFA™ de la historia de su país, o, para hacer justicia a la reputación, del conjunto que sufrió su derrota más dolorosa: el Maracanazo de 1950. “Por las noches no podía dormir. Soñaba que era una pesadilla, que no había ocurrido”, recordaría años después en sus memorias, *Mestre Ziza, Verdades e Mentiras no Futebol *(“El maestro Ziza, verdades y mentiras en el fútbol”).

Ese hecho perseguió a muchos toda su vida. Hasta el final de la suya, Zizinho odiaba cuando se acercaba el 16 de julio. Durante esos días, el teléfono no paraba de sonar, y los periodistas querían oír, por enésima vez, algún comentario sobre la derrota en el Maracaná. “Siempre hay periodistas que quieren saber por qué perdimos contra Uruguay. ¿Por qué no van a preguntarle a Pelé y a Romário cómo ganamos los otros Mundiales? Pues no, únicamente quieren hablar de 1950”.

No fue peor
Con el combinado nacional, además de disputar aquella cita mundialista, en 1952 se proclamó campeón panamericano y en 1949 de la Copa América, torneo del que sigue siendo a día de hoy máximo realizador, con 17 tantos. Además, hizo todo eso compitiendo en el fútbol brasileño, entre Flamengo, Bangu y São Paulo, y en una época en la que no había televisión. De esta forma, y sin un título mundial que poner junto a su nombre, quizás se convirtiese en el futbolista cuya fama ha sido menos proporcional a su talento. Hasta tal punto que, para recordarlo y justificar su grandeza, es casi inevitable recurrir al nombre de su admirador más ilustre.

“Zizinho podría haber sido convocado para jugar el Mundial de 1958, sin duda, pero él mismo renunció a la selección. Consideraba que su tiempo ya había pasado”, cuenta Pelé en su autobiografía, al hablar del certamen de Suecia, en el que él debutó a los 17 años, condujo al equipo a la conquista de un título inédito y pasó a ser automáticamente una estrella mayor que su ídolo. “Es una pena, y tal vez sea recordado siempre como el mayor jugador brasileño que nunca ganó un Mundial. No tuvo la suerte de vivir en la época de la televisión y del vídeo. De haberlo hecho, ciertamente sería mucho más recordado”.

La explicación de *O Rei *cobra más sentido al escuchar a quienes vieron jugar a Zizinho, como Flávio Costa, seleccionador en 1950 y autor de una frase ya célebre: “Zizinho quizás no fuese mejor que Pelé, pero tampoco peor”. ¿Será verdad? La mayoría de la gente no lo cree: lo cierto es que no ganó ningún Mundial. Y a quienes no lo vieron jugar, o únicamente asistieron a los últimos años de su carrera —en los modestos Uberaba y Audax Italiano, de Chile—, la comparación puede parecerles una barbaridad.

Pero, después de trabajar como entrenador y, por último, ser recaudador del estado de Río de Janeiro, un oficio que ejerció hasta su jubilación, Zizinho ya se había acostumbrado: su reputación no estaba relacionada con cuántos admiradores tenía, sino con quiénes eran, y eso nunca pareció ser motivo de frustración para él.

Todo lo contrario: según una de sus hijas, Nádia, Thomaz Soares da Silva vivió una vejez serena y feliz hasta el final, literalmente. A los 80 años, hablaba tranquilamente con su hija al entrar la madrugada del viernes 8 de febrero de 2002, en su casa de Niterói. En cuestión de minutos, se llevó la mano al pecho, sufrió un infarto y falleció. Discretamente. Su funeral congregó a unas 250 personas, muchísimas menos de las que justificaría su fútbol. Pero eso no era ningún problema. Aunque no fuesen tantos quienes lo supiesen, sí lo sabían: aquel día, Brasil perdía a uno de los mayores astros de su historia. Que se lo pregunten a Pelé.

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