Wynton Rufer es un nombre legendario en los círculos futbolísticos de Nueva Zelanda. Este oriundo de Wellington se proclamó Jugador Oceánico del Sigo por las gestas goleadoras que protagonizó tanto en el fútbol de clubes como con la selección nacional. De joven, Rufer contribuyó a que su nación se clasificara contra todo pronóstico para la Copa Mundial de la FIFA 1982, y a continuación se labró una carrera extraordinaria en Suiza, Alemania, Japón y finalmente en Nueva Zelanda. En su trayectoria profesional destaca una prolongada estancia en el Werder Bremen, que coincidió con uno de los periodos más triunfales de la historia del club.

El ex jugador reside actualmente en Auckland, donde dirige una exitosa escuela de fútbol que ofrece salidas a los jóvenes procedentes de los sectores sociales más deprimidos. Rufer, maorí por parte de madre, confiesa a FIFA.com sus experiencias con el racismo y la discriminación y ensalza la capacidad que tiene el fútbol para luchar contra dichas lacras.

¿Sufrió algún tipo de discriminación cuando era joven debido a su herencia maorí?
De joven solían llamarme “negrito”. A veces, la gente se dedica a insultarte solamente para intentar pararte los pies. Como, desde muy pequeño he luchado siempre por triunfar en la vida, lo que yo hacía era olvidarme del tema y concentrarme en otras cosas. Pero siempre procuré ver las cosas desde su lado más positivo y no perder nunca la visión de conjunto.

¿Sintió alguna vez el menosprecio de los demás en aquella época, cuando además el fútbol estaba considerado un deporte de segunda categoría en Nueva Zelanda?
En cierta manera, éramos como ciudadanos de segunda clase. No discuto que nos vieran así, pero no quiero darle bombo al asunto. Siempre me ha gustado transmitir energía positiva, y precisamente por eso trabajo con la juventud. Trato de influir positivamente en las comunidades y de enseñar a los jóvenes valores positivos.

En su carrera de jugador, ¿experimentó o vivió casos de racismo o discriminación?
Por supuesto. Cuando jugaba en las competiciones europeas con el Werder Bremen, para empezar se daban casos de pancartas negativas en los estadios. También sucedía en la Bundesliga, especialmente por las burlas y acosos que de vez en cuando sufrían los jugadores africanos. Un proceder totalmente mezquino y realmente triste. Tuvimos problemas de ese tipo sobre todo en la Europa del este, aunque hoy en día la situación dista muchísimo de aquella. En la sociedad moderna, la integración es mayor y todo ha cambiado para mejor. Por ejemplo, la selección de Polonia se llevó a un jugador de origen nigeriano (Emmanuel Olisadebe) a la Copa Mundial [de 2002]. Los tiempos han cambiado.

¿Qué puede hacer una persona individualmente para combatir el racismo cuando lo presencia?
Hay que hablar de ello, ya sea como víctimas directas o como testigos de los hechos. Debemos comunicarnos sin tapujos; solo entonces podremos luchar frontalmente contra el problema.

¿Ocupa el fútbol una situación más privilegiada que los demás deportes para actuar con eficacia contra esta lacra?
El fútbol desempeña un papel importantísimo en la sociedad moderna, pues es el deporte más popular que existe. El fútbol une a las personas más que ninguna otra cosa, como vimos el año pasado en Sudáfrica, y realmente puede hacer del mundo un lugar mejor para todos. Los diversos organismos rectores han puesto en marcha campañas muy buenas, muy positivas, basadas en los valores de respeto y tolerancia.

¿Cómo cree usted que el fútbol y la FIFA pueden contribuir en la lucha contra la discriminación?
Una parte importante del proceso pasa por tratar el tema abiertamente en foros públicos; por ejemplo, en esta entrevista. También es importante que los jugadores hablen de ello abiertamente, como Samuel Eto’o hace unos cuantos años, y que nadie tolere comportamientos impropios. Debemos educar a nuestra juventud en el seno de las comunidades, y precisamente los futbolistas, puesto que son ejemplos y modelo para todos, pueden contribuir decisivamente a transmitir el mensaje. Hay que educar a los chavales para que comprendan esta responsabilidad, y esa educación debe empezar en sus propias comunidades. Se trata de influir positivamente en las vidas de las personas y de convertir este mundo en un lugar mejor para todos. Este es el poder del deporte: su capacidad para unir a las personas como ninguna otra cosa. Lealtad, honradez, amistad y solidaridad son valores que debemos fomentar para combatir la discriminación.