Copa Mundial Sub-17 de la FIFA Emiratos Árabes Unidos 2013

06 - 28 octubre

Copa Mundial Sub-17 de la FIFA 2013

Los héroes nigerianos bailan de alegría

© Getty Images

Quienes hayan tenido la gran suerte de ver jugar a los nigerianos en la Copa Mundial Sub-17 de la FIFA no olvidarán fácilmente su fútbol elegante y fluido. Tampoco podrán borrar de su mente la forma en la que bailaron tras el pitido final en Abu Dabi.

“No tengo palabras para describir este momento”, confesó a FIFA.com Abdullahi Alfa, bailando literalmente dentro de una camiseta con el número 8, que le quedaba demasiado grande, de camino a los vestuarios. “Por eso bailamos. Es una manera, la mejor manera, de expresar la felicidad que sentimos”, continuó con una sonrisa inmensa dibujada en su joven rostro. “Voy a contarle un secreto: soy el mejor bailarín del grupo. Todos los saben”.

Alfa se topó en el círculo central con una gran competencia por ese título al final del triunfo sobre México (3-0). Se notaba una libertad absoluta en los movimientos de los nigerianos; en la manera en la que danzaban al unísono al ritmo de los acordes del bajo que sonaba por la megafonía del estadio Mohammad Bin Zayed. Se tiraban al suelo riendo. Se abrazaban e intentaban alzar en hombros a su seleccionador, Manu Garba, sin demasiada suerte. Los directivos de la competición trataban de rodear a los jugadores, acorralarlos para entregarles los trofeos y cumplir con sus deberes oficiales. Los nigerianos, resbaladizos y en pleno meneo de caderas, no se lo pusieron fácil a los del traje.

El baile siguió en el vestuario, donde los jugadores, con casi todos los premios que se podían conquistar hoy, posaban para las fotos y llamaban por teléfono a sus familiares. Musa Yahaya, una revelación de talento en estado puro en el mediocampo, no pudo resistir el impulso de dar patadas a lo que se terciara y la emprendió con una botella vacía de Coca-Cola. “Estoy encantado de haber cumplido con la parte que me correspondía”, comentó el capitán del equipo, Musa Muhammed, autor de un tiro libre impresionante y del pase de otro gol en la final. “He ayudado a mi equipo a ganar un Mundial; me siento como en un sueño. No habríamos conseguido nada sin el apoyo de nuestros compatriotas”.

La fiesta interminableDerrochaba tanta energía en aquella sala que costaba creer que el muchacho acabara de jugar los 90 minutos de un partido. El gigante Dele Alampasuu no dejaba de pasearse por la habitación besando sin cesar el Guante de Oro al mejor guardameta de la competición que acababa de ganar. “Estábamos seguros de que triunfaríamos, pero ahora que lo hemos conseguido sentimos una sensación muy diferente, una sensación de libertad”, declaró con una voz suave que no parecía corresponderse con tamaña corpulencia. “No sólo lo hemos hecho por Nigeria: me siento orgulloso de ser africano y deseo enviar todo mi amor a mi país”.

Y seguía la fiesta. Ninguno de los jugadores nigerianos quería montarse en el autocar. Hubo tiempo para otro abrazo del entrenador, para otra broma con un compañero, para saborear unos segundos más el momento más importante de sus jóvenes vidas. “Estoy muy, muy, muy emocionado”, comentó Taiwo Awoniyi, el altísimo delantero que llegó a los Emiratos Árabes Unidos como suplente y terminó jugando en seis de los siete partidos de Nigeria, en los que anotó cuatro goles. “Lo único que he tratado de hacer ha sido correr y correr para ayudar a mis compañeros y meterme en situaciones difíciles para que pudiéramos solucionarlas como equipo. Sólo he querido aportar cosas al equipo pero, si me surgía una oportunidad, la aprovechaba”.

Awoniyi visitó una sudadera de manga larga bajo la camiseta en la final e inmediatamente se puso un pesado abrigo tras el partido. Siempre tiene frío, y se ríe cuando se le comenta. No en vano, estamos en pleno desierto. Su risa se intensifica al pensar en lo que él y sus compañeros han conseguido en los Emiratos. “Ni siquiera sabía si iba a jugar, y ahora no puedo creerme que nos hayamos proclamado campeones del mundo”.

Seguían los bailes. También las fotos y las poses. Algunos de los muchachos rezaban a Alá de rodillas en un rincón. Todo el vestuario era pura alegría, una alegría que estos jóvenes tardarán en olvidar. “Siento un millón de sentimientos diferentes a la vez”, señaló extasiado el número 10 del equipo, Kelechi Iheanacho, mejor jugador del torneo, antes de unirse a sus compañeros en la gran juerga. 

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