Copa Mundial Femenina de la FIFA 1991™

Akers, la pionera estadounidense

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  • Michelle Akers brilló en la primera edición de la Copa Mundial Femenina de la FIFA
  • Dos goles en la final y la primera Bota de Oro en el torneo
  • Akers: "Me arriesgué en el campo"

Era un caluroso día de verano de 1978. Michelle Akers, a sus 12 años, contempló algo terrible: su jugador favorito del Seattle Sounders, el equipo de su ciudad, sufrió una fractura abierta en una pierna en pleno partido y, con el hueso asomándole por la piel, logró despejar el balón de la zona de peligro.

“Se llamaba Dave Gillet”, cuenta Akers, pionera del fútbol femenino, a FIFA.com. “Era un defensor muy duro. Muy autoritario. Feroz. Y, encima, era increíblemente guapo”.

La pequeña Akers, criada en una humilde barriada a las afueras de Seattle, no apartó la vista ante semejante escena. No se tapó la cara con las manos. Es más, aquel incidente le sirvió de inspiración. Hoy día, Akers está considerada una de las mejores futbolistas de todos los tiempos. Ninguna ha sido más competitiva ni ha mostrado mayor compromiso que ella.

“De hecho, tuve que aprender a no ser tan dura”, reconoce Akers, que marcó en 1985 el primer gol de la selección estadounidense, ganó dos Mundiales y anotó más de 100 dianas en sus 153 partidos internacionales. “Asumía riesgos en la cancha. Era competitiva conmigo misma y entraba fuerte al cruce incluso cuando íbamos ganando 7-0. Eso desesperaba a mis entrenadores”.

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Del centro del campo al ataque

En cualquier caso, Akers ofrecía mucho más que potencia y trabajo infatigable. También poseía una cualidad que sacaba a relucir siempre que podía. “Nací para ser creadora de juego”, afirma desde su granja de Georgia, donde se dedica, con la misma pasión que derrochaba en la cancha, a cuidar de caballos maltratados y abandonados. “Me gustaba recibir la pelota y distribuirla para ver todo el juego desde atrás”.

En vísperas de la Copa Mundial Femenina de 1991, la primera de la historia, Akers fue reconvertida a delantera. “Lo odiaba”, asegura con una sonrisa. Admite que lo detestaba incluso más que ponerse bajo palos cuando era niña y sentía ese deseo irrefrenable de ser jugadora de campo. “Tuve que aprender a ser delantera centro. A ver toda la acción por detrás de mí y de espaldas al arco”.

A fin de acomodarse en su nueva demarcación, Akers empezó a entrenar con un grupo de jugadores de Seattle. “No era como ahora”, señala al recordar el duro camino por el que han pasado todos los que han sido pioneros. “Teníamos que hacer muchos de los entrenamientos por nuestra cuenta. La plantilla apenas se juntaba al completo unas pocas veces al año y, si querías quedarte en el equipo, tenías que entrenar por tu cuenta”.

Y nadie se esforzaba más que Akers, que acabó jugando en tres demarcaciones distintas en sus 15 años con la selección estadounidense. Preguntó a sus entrenadores en qué futbolistas podía fijarse para aprender a ser delantera. “Rudi Voeller, Marco Van Basten, Juergen Klinsmann, Gary Lineker”, enumera. “Intentaba hacer lo mismo que ellos. La manera en que se giraban, aguantaban la pelota y buscaban la portería”.

En 1991, con 25 años, Akers formó la línea ofensiva de las Barras y Estrellas junto a April Heinrichs y Carin Jennings, nombrada mejor jugadora en la primera Copa Mundial Femenina. “Nunca había visto el Mundial masculino por la tele ni nada. No sabía muy bien de qué iba todo aquello”, revela Akers. “Para mí era simplemente un torneo que quería ganar”.

“Nuestro primer partido fue contra Brasil”, recuerda sobre su debut en la prueba reina. “¡Y me dieron por todas partes! Algunas de las entradas eran escalofriantes: bien arriba y con los tacos por delante. Auténticos golpes bajos. En ese momento pensé: ‘Vale, esto va en serio’. Aquello me abrió los ojos, era un nivel nuevo de competición”.

Lista para el desafío

Y Akers no tardó en acostumbrarse a ese nuevo ritmo: marcó su primer gol en el triunfo sobre Brasil y no paró hasta marcar su novena y décima diana en el certamen en la final contra Noruega, su eterno rival. Sus dos goles en la victoria por 2-1 fueron el paradigma de su repertorio de movimientos. El primero llegó tras un potentísimo cabezazo que se coló por la base del poste. En el segundo, el que dio la victoria a las norteamericanas a doce minutos de la conclusión, Akers peleó por un balón imposible, se hizo finalmente con él, regateó a la arquera con la izquierda y chutó el balón a puerta vacía con la derecha.

“Nosotras no teníamos la sensación de que lo hacíamos era histórico ni nada por el estilo”, dice Akers sobre aquel momento crucial. “Tampoco sabíamos si habría otra Copa Mundial o no, pero entendía lo que significaba representar a mi país, llevar esa camiseta, sentir un orgullo total”.

A la pregunta de cuál es el momento que le hizo sentir más orgullosa a lo largo de su carrera, Akers no destaca ningún gol en concreto, ni menciona su entrada en el Salón de la Fama de la Federación Estadounidense de Fútbol o en los 100 de la FIFA, la lista con los mejores futbolistas vivos que confeccionó Pelé. Como tampoco nombra haber encabezado el fútbol femenino hasta convertirlo en deporte olímpico, ni colgarse el oro olímpico, levantar el trofeo de la Copa Mundial o aparecer en las cajas de cereales. Ni siquiera la carta escrita a mano que le envió su ídolo de la infancia, el aguerrido jugador escocés Dave Gillet.

“Es todo aquello que no significa nada para nadie más”, reconoce Akers, con la indiferencia propia de las personas humildes que protagonizan hazañas extraordinarias. “Esas pequeñas cosas que sólo yo sé”, concluye misteriosa.

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