Un día como hoy...

Las primeras mujeres allanan el camino

Taking off: the newly-formed French women’s national team prepare to depart for the unofficial 1971 World Cup held in Mexico.
© FIFA.com
  • FIFA.com repasa el primer partido internacional de fútbol femenino de la historia
  • En abril de 1971, Francia se enfrentó a Países Bajos en Hazebrouck ante 1.500 aficionados
  • "Fue una gran fiesta"

"Aquella época fue el paraíso, un sueño hecho realidad”, dice sonriendo Marie-Louise Butzig. Disfrutando de su jubilación en las Ardenas, Butzig, era portera del equipo francés cuando las Tricolores jugaron el primer partido femenino internacional contra los Países Bajos en Hazebrouck, al norte de Francia.

Aunque entonces no lo sabían, aquel 17 de abril de 1971, Butzig y sus compañeras (Régine Pourveux, Marie-Bernadette Thomas, Nicole Mangas, Colette Guyard, Betty Goret, Marie-Christine Tschopp, Jocelyne Ratignier, Michèle Monier, Jocelyne Henry, Claudine Dié, Maryse Lesieur, Nadine Juillard, Marie-Claire Harant y Ghislaine Royer) ocupaban un lugar en la historia como precursoras del fútbol femenino internacional.

Tan solo un año antes, el Consejo Federal de la Asociación de Fútbol de Francia (FFF) había reconocido oficialmente el fútbol femenino, el 29 de marzo de 1970, en lo que fue el primer gran paso para el fútbol femenino francés tras un largo período de resistencia por parte de los varones que estaban al frente de este deporte. De hecho, solo cinco años antes la revista France Football había mostrado su escepticismo, común entonces a muchos países europeos, al sugerir que “todos los intentos organizados solo pueden estar condenados al fracaso… En nuestra opinión, el fútbol es solo para hombres”.

Fue la aparición de clubes femeninos en Francia, especialmente en Alsacia, lo que finalmente obligó a los oficiales del fútbol francés a aceptar la idea de que las mujeres jugaran al fútbol. Schwindratzheim fue uno de los primeros clubes femeninos, formado a mediados de los años 60. A finales de la temporada 1970-71, había 2.170 mujeres de un total de 758.559 futbolistas registrados. Pese a su estatus “oficial”, recientemente adquirido, las jugadoras se enfrentaban todavía a una gran hostilidad.

“Oíamos muchos comentarios desagradables a nuestras espaldas –recuerda Butzig–. En mi trabajo, algunos decían que debería limitarme a zurcir calcetines en vez de jugar al fútbol. Pero las cosas empezaron a cambiar poco a poco. Llegué a ver cómo 1.100 personas asistieron a un partido femenino disputado en mi pueblo, Vrigne-aux-Bois, mientras que el equipo masculino nunca atrajo a más de 150”.

Ghislaine “Gigi” Royer-Souef, suplente en aquel primer partido oficial, recuerda también tener que soportar críticas durante aquellos primeros años de fútbol femenino. “Al principio acompañaba a mis hermanos cuando iban jugar a un campo que estaba cerca de casa. Era su recogepelotas antes de empezar a jugar. No era fácil jugar al fútbol si eras chica. Todas escuchamos burlas, pero demostramos nuestra inteligencia siguiendo adelante. Satisfacíamos nuestra pasión, eso era lo más importante”.

Reconocimiento tardío

La selección nacional francesa había jugado varios partidos amistosos antes del disputado contra los Países Bajos, incluido un encuentro con Inglaterra en 1969 y dos con Italia en 1969 y 1970. Pero fue el de abril de 1971 el que la FFF decidió aceptar posteriormente (después de que se hubiera disputado) como su primer partido femenino internacional.

Sin embargo, fue a principios de este siglo, al empezar la FIFA a investigar los primeros partidos de fútbol femenino como parte del trabajo de creación de la Clasificación Mundial Femenina FIFA/Coca-Cola, cuando se confirmó este partido como primer partido oficial internacional femenino. El segundo, por cierto, lo disputaron Escocia e Inglaterra en Glasgow en 1972, casi 100 años después de que los dos mismos países jugaran el primer partido ofi cial internacional masculino en 1872.

Siendo este el contexto, las jugadoras que viajaron en el autobús del equipo a Hazebrouck en 1971 no tenían ni idea del papel que les esperaba en la historia del deporte. “El ambiente del autobús era siempre estupendo –dijo Colette Guyard, actual empleada de correos en Marne, recordando aquel viaje–. Acababa de cumplir 18 años. Cantábamos canciones algo atrevidas, jugábamos a las cartas y nos contábamos historias. Al regresar paramos a comer en la granja de mis padres. Fue una gran fiesta”.

El partido, jugado a temperatura glacial ante 1.500 aficionados, tuvo poca cobertura en los medios europeos. Guyard recuerda sobre todo que Francia, de blanco, venció por un cómodo 4-0 gracias a un triplete de Jocelyne Ratignier del Flacé-Macon y al cuarto tanto de Marie-Claire Harant. “No éramos las más fuertes y, con frecuencia, nuestra escasa estatura era un inconveniente –recuerda–. Afortunadamente, podíamos compensarlo con buena técnica”.

Hubo una nueva sorpresa tras el partido, cuando el entrenador del equipo, Pierre Geoffrey, informó a las jugadoras de que la victoria les había asegurado una plaza en una Copa Mundial no oficial que se celebraría ese año en México, en la que Francia logró después el quinto puesto con una victoria por 3-2 ante Inglaterra. “¡No nos había dicho nada antes del partido! –exclama Guyard–. ¡El viaje de regreso estuvo un poco más animado! Lo celebramos y bebimos un poco. ¡Todas estábamos un poco achispadas!”.

Orgullo nacional

Lo que las jugadoras también recuerdan bien de aquellos primeros partidos es el tener la oportunidad de cantar el himno nacional francés. “Nada más oír los primeros compases de La Marsellesa, era difícil contener las lágrimas –confi esa Butzig–. Jugábamos al más alto nivel y siempre es un honor representar a tu país. Es un privilegio y has de ser consciente de ello y aprovecharlo al máximo. No siempre te das cuenta enseguida, pero poder experimentarlo es una oportunidad maravillosa. No hay nada mejor que un partido internacional”.

El nombre de Geoffroy y su papel en la lucha por el reconocimiento oficial aparece con frecuencia cuando las exjugadoras francesas recuerdan estos primeros partidos internacionales. El todavía hoy “Señor Geoffroy” para muchas de ellas, era periodista en el diario francés L’Union. Fue también corresponsal de L’Equipe *y *France Football, lo que le dio la oportunidad de promover el fútbol femenino. Junto a su ayudante Louis Petitot, Geoffroy es considerado el impulsor del renacimiento del fútbol femenino, al que literalmente echó a rodar al publicar un anuncio en el periódico buscando jugadoras para formar un equipo femenino en el Stade de Reims. “Deberían erigir una estatua en su honor –dice Butzig sin dudarlo–. Hizo revivir el fútbol femenino en Francia. Fue un gran hombre y nunca le olvidaré”.

Michèle Wolf, mejor jugadora francesa de la época y 35 veces internacional pese a haberse perdido el partido contra los Países Bajos y la Copa Mundial no oficial porque su jefe no le dio permiso, recuerda también a Geoffroy con cariño. “El señor Geoffroy sabía exactamente lo que quería y cómo lograrlo –explica–. Tenía el don de la palabra y nos hacía trabajar mucho, subíamos incluso canteras de arena. Volvíamos siempre agotadas a casa”.

Allanar el camino

Con el Stade de Reims, que aportó también la mayoría de las jugadoras a la selección francesa, Geoffroy llevó el fútbol femenino al resto del mundo. “Todas nuestras vacaciones estaban dedicadas al fútbol –dice Royer-Souef, recordando una vida que la llevó lejos de aquellas primeras salidas como recogepelotas de sus hermanos–. Jugar nos dio la oportunidad de ver mundo. En 1971, jugamos en el Estadio Azteca de México ante 60.000 personas. También hicimos una gira por Chinese Taipei en 1978, Estados Unidos y Canadá en 1970, las Indias Occidentales en 1974 e Indonesia en 1984. He oído que incluso introdujimos el fútbol femenino en Estados Unidos cuando el Stade de Reims hizo allí una gira con el AS Roma”.

Dedicarle tanto tiempo al fútbol no era normal, especialmente porque entonces distaba mucho de ser un pasatiempo femenino normal. “Tuve que quedarme sin vacaciones para la gira de agosto –dice Butzig–. Después, cuando tuvimos que salir en septiembre y octubre, hube de pedirle a mi jefe un permiso sin sueldo. No quería perder mi trabajo. Se portó muy bien. Me dijo que fuera y que no me preocupara, que mi trabajo seguiría allí cuando volviera.”

Cuarenta años después y aunque todavía queda bastante por hacer, la situación ha mejorado mucho. Francia es hoy uno de las principales selecciones de fútbol femenino y hombres y mujeres han colaborado para impulsar a Les Bleues a la cima del balompié internacional.

Tras clasificarse por primera vez para la Eurocopa femenina de Alemania en 2001, continuaron lográndolo en las dos siguientes ediciones en 2005 y 2009, y el 16 de noviembre de 2002, 23.680 aficionados, ruidosos y muchos con los ojos empañados, se apiñaron en el Estadio Geoffroy-Guichard de Saint-Étienne para ver a Francia clasificarse por primera vez para la Copa Mundial Femenina de la FIFA. En unos meses, viajarán a Alemania para competir en ella por segunda vez.

Los clubes franceses han ido encadenando éxitos y el Olympique de Lyon ha recogido el testigo del Stade de Reims como mejor club francés de fútbol femenino. Finalistas de la Liga de Campeonas de la UEFA en 2010, sus jugadoras son también el alma de la selección nacional francesa.

En cuanto al equipo de 1971, todavía son buenas aficionadas. “Siempre veo el fútbol femenino cuando lo dan por televisión –admite Butzig–. En general, el fútbol femenino ha progresado mucho. Ahora las chicas pueden entrenar más y, afortunadamente, también empiezan a ganar algo de dinero. Lo que necesitamos es mayor atención por parte de los medios y que les den más reconocimiento. El fútbol femenino es también algo más agradable a la vista que el masculino, y las chicas no actúan tanto. ¡Si caen a tierra, es porque verdaderamente se han lesionado!”.

Royer-Souef es también un rostro familiar en las gradas del Estadio Auguste-Delaune de Reims en los partidos masculinos de la Ligue 2. “Siempre me ha encantado este deporte –dice– y estoy al tanto de todas las novedades. Las chicas de los 70 estamos todas en contacto. Nos reunimos de vez en cuando y no pasa mucho tiempo antes de que alguna diga ‘Te acuerdas de aquel partido...’. Sin duda veremos la Copa Mundial de Alemania y espero conseguir algunas entradas para ver un partido en directo”.

Sin embargo, cuatro décadas después de la histórica victoria frente a los Países Bajos, Royer-Souef rechaza con modestia que ella y sus compañeras fueran unas pioneras para quienes las siguieron. “Realmente no lo fuimos –insiste–. Simplemente pusimos los cimientos sobre lo que después se ha ido construyendo poco a poco”.

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