"Muchos me creen omnipotente porque dicen que conozco todo. Eso no es verdad: jamás conocí el fracaso y estoy orgulloso de eso…”.

Es quizás allí, en la convicción que la frase denota, donde haya que buscar cómo un apenas correcto defensor se convirtió en uno de los entrenadores más influyentes de la historia del fútbol. Un estratega capaz de crear un sistema táctico exitoso y luego declarar su muerte. Alguien que a pesar de su rigidez -y la de sus métodos de entrenamiento-, en su afán de ganar, podía convencer a sus dirigidos, sin importar el apellido, que todo era posible a partir de creer en sí mismos y en el equipo.

A continuación, FIFA.com recuerda a Helenio Herrera, aquel que pasó a la posteridad como el autor intelectual del catenaccio pero que, en realidad, dejó como herencia mucho más que el sistema táctico que popularizó con sus títulos…

Así nace una pasión
Hijo de inmigrantes españoles, Herrera nació en Buenos Aires el 10 de abril de 1910, aunque siempre afirmó haberlo hecho en 1916. Era un niño cuando su familia emigró a Casablanca, Marruecos. Allí el pequeño Helenio casi muere de difteria, lo que marcó su vida: como debió luchar para sobrevivir, debió pelear por destacarse.

Si bien su papá intentó enseñarle el oficio de carpintero y lo puso a trabajar de joven, él nunca dejó de despuntar su pasión por el fútbol. De hecho, jugaba en el humilde Roches Noires cuando lo descubrió un ojeador del más importante Raja de Casablanca, que lo fichó para las categorías juveniles.

Herrera distaba de ser un zaguero brillante, pero a fuerza de sacrificio, voluntad y orden fue contratado en 1932 por el CASG París. “En el fútbol no hay magia, sí pasión y lucha”, sería una de sus frases de cabecera más adelante, pese a lo cual recibiría el apodo de El Mago. En Francia deambuló por varios equipos, ganando apenas una Copa de Liga en 1942 con el Red Star. Aun así, se nacionalizó francés para jugar en la selección, pero la II Guerra Mundial frustró sus planes.

HH comenzó a mostrar su personalidad cuando le preguntaron sobre su nacionalidad. “No me considero ni argentino ni francés. Soy mundial”, exclamó sin pudor. En 1945, cuando ya cumplía la doble función de jugador y entrenador en el CSM Puteaux, una lesión apuró su decisión.

España, el trampolín
Herrera sobresalió rápidamente en su nuevo rol, formando parte del cuerpo técnico de la selección francesa entre en 1945 y 1948 al mismo tiempo que dirigía al Stade Français. Luego partió a España para conducir al Real Valladolid, al que mantuvo en Primera apenas ascendido. Este logro le permitó llegar al Atlético Madrid, club que significó su trampolín a la fama no sólo por las Ligas que obtuvo en 1949/50 y 1950/51, sino por sus métodos de trabajo y alto perfil.

Las memorias de tres futbolistas albirrojos de ese plantel lo pintan perfecto. “Fue un monstruo. Nos daba palizas entrenando hasta tres horas diarias, pero el domingo nos comíamos a quien hiciera falta”, dijo el zaguero Alfonso Aparicio. “No era cierto que explotaba al jugador, sólo exigía preparación y llevar una vida adecuada para el deporte”, afirmó el también defensa Ramón Cobo.

“Helenio trajo la pizarra y empezó a valorarse la función del entrenador. También era psicólogo: antes de los partidos afuera saltaba primero al campo para que le chillasen a él, así para cuando entrábamos nosotros el público ya estaba cansado”, rememoró el atacante Adrián Escudero, principal benefactor del extraordinario contraataque del bicampeón.

Sus posteriores ciclos en Málaga, Deportivo La Coruña, Sevilla y el Belenenses de Portugal carecieron de títulos, pero eso no evitó que el FC Barcelona contratara sus servicios en 1958, poniendo a su disposición a estrellas como Ladislao Kubala, Zoltán Czibor, Sándor Kocsis y Luis Suárez.

Herrera les permitió a esas figuras ya consagradas romper la barrera mental que significaba en ese entonces el elegante Real Madrid de Alfredo Di Stéfano. “El fútbol de hoy no es el jugador personal. La consigna de hoy es ganar en equipo”, fue el mensaje que inculcó. Los resultados lo avalaron: en dos años cosechó dos ligas, una Copa de España y una Copa de Feria, el antecedente de la actual Liga Europa.

Su frontalidad, sin embargo, le provocó roces que precipitaron su salida del Barcelona. “Yo no tengo diferencias con ningún jugador, incluido Kubala... Claro, siempre y cuando haga lo que yo digo”, afirmó a comienzos de 1960, justo cuando el Inter de Milán, que lo sufrió en aquella Copa de Feria, tocó a su puerta.

El Inter de Helenio Herrera
El paso de Herrera por la escuadra nerazzurra provocó una revolución. “El 4-2-4, como todos los métodos, si se aplica de modo riguroso es una estupidez. ¿Por qué se quiere a toda costa sistematizar el fútbol? La manera de jugar debe concebirla el técnico considerando la personalidad de sus jugadores”, exclamó en 1962.

Así, se propuso armar a aquel Inter de atrás para adelante, agregando a la zaga a un jugador libre que, por detrás de la línea original de cuatro defensores, pudiera reducir el número de errores, aumentando la probabilidad de mantener su arco en cero. La función del líbero fue uno de los pilares del éxito defensivo de aquel equipo, que además marcaba hombre a hombre, algo impensado para la época.

¿Cómo planteaba su ataque? “Pocos pases a gran velocidad para llegar al arco contrario en el menor tiempo posible. El regate prácticamente entró en desuso. Es un recurso pero no un sistema. La pelota siempre viaja más rápido sin un jugador atrás”, decía. Una de sus armas secretas resultó Giacinto Facchetti, quien por la izquierda fue uno de los primeros laterales en hacer la banda completa. Además, tenía dos mediocampistas verticales como Luis Suárez y Sandro Mazzola y poder de gol con Mario Corso.

El sistema, sin embargo, recibió el nombre de catenaccio, que significa cerrojo en italiano, y debió soportar críticas por su supuesta mezquindad. Esto poco importó a Herrera y a sus jugadores, que entre 1963 y 1966 ganaron tres scudettos, dos Copas de Europa y dos Intercontinentales, venciendo en el camino a rivales como los inolvidables Real Madrid de Di Stéfano y Benfica de Eusebio.

La muerte del catenaccio
Herrera se marchó del Inter en 1968, y nunca en los 13 años de carrera restantes pudo repetir semejantes logros, ni siquiera en sus regresos al Inter o al Barcelona, donde se despidió del banquillo. Si bien dirigió sin éxito a España en la Copa Mundial de la FIFA de 1962, formó parte entre 1966 y 1967 del cuerpo técnico de la selección italiana que tres años más tarde alcanzó la final de México 1970 de la mano de Ferruccio Valcaregg.

Sin embargo, tras el estrepitoso 1-4 ante el Brasil de Pelé, El Mago no dudó en afirmar: “El ‘catenaccio’ no tiene ninguna posibilidad de subsistir. Después de la lección que el fútbol italiano recibió en la final del mundial, tengo el absoluto convencimiento de que los sistemas eminentemente defensivos han concluido su ciclo”.

Algunos de sus conceptos tácticos han perdurado en el tiempo, mientras que otros se han readaptado a las necesidades del fútbol moderno. Algo similar ha pasado con sus metodologías de trabajo, ya que Herrera fue precursor a la hora de realizar concentraciones o de utilizar mensajes motivaciones. De todas formas, hubo quienes lo cuestionaron por su excesiva rigidez y otros que lo calificaron de ser el primer entrenador mediático.

Herrera falleció de un ataque al corazón en Venecia a la edad de 87 años.  Es cierto que, al fin y al cabo, conoció el fracaso, pero su recuerdo y su legado perdurarán para siempre en la historia del deporte más hermoso del mundo.