Copa Mundial de la FIFA Brasil 2014™

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12 junio - 13 julio

Copa Mundial de la FIFA 2014™

Chile en Brasil: admiración para superar conflictos

La relación entre Brasil y Chile no puede explicarse en términos de rivalidad futbolística, aunque haya habido situaciones en la historia que justificarían alimentar una en el sentido estricto de la tensión que implica el término en Sudamérica. Desde siempre, brasileños, argentinos y uruguayos son las verdaderas selecciones adversarias. Pero parece haber algo superador en el caso de chilenos y brasileños, entre quienes las situaciones difíciles que se generaron siempre terminaron sin rencores deportivos y con admiración.

No hay ningún ejemplo más claro que este: en la semifinal de la Copa Mundial de la FIFA 1962™, celebrada precisamente en Chile, ante casi 77.000 personas en el Estadio Nacional de Santiago, la Seleção libró una auténtica batalla con el equipo local, y se impuso por 4-2, con dos goles y una actuación magistral de Garrincha. Sin embargo, antes del final del partido, ocurrió lo que Pelé —que presenciaba el duelo desde las gradas, lesionado— describiría así en su autobiografía: “Garrincha se cansó de que lo persiguiesen los chilenos en el campo, respondió y fue expulsado. Se armó una confusión tremenda. Cuando salía de la cancha, alguien le dio un botellazo. Hasta tuvieron que ponerle puntos”.

Parece que hubo tensión. Fijémonos ahora en la revista Estadio, la principal publicación deportiva de Chile, en la edición inmediatamente posterior al fatídico partido que impidió a los anfitriones alcanzar la final. El texto de Jumar, pseudónimo del periodista Julio Martínez, dice así:

“Brasil nos venció una vez más, tronchando de paso una suerte de ilusión nacional, como ocurrió el 45 [en el Campeonato Sudamericano], aquella noche del gol de Heleno, y como sucedió el 52 [en los Juegos Panamericanos], la tarde de los goles de Ademir. Por lo expuesto, podría deducirse que Brasil se ha transformado en una suerte de aguafiestas para el fútbol chileno, ya que por tercera vez obliga a que una multitud guarde sus banderas (...). Sin embargo, bien miradas las cosas, el proceso es fácil de explicar, porque se trata de dos países de ideas y padrones muy similares. (...) Y a estilos y planes iguales, prima entonces la mejor calidad de hombres o la genialidad de algunos valores de excepción”.

Era más que una justificación conformista para aplacar el dolor de la derrota. “Y tanto es así que, en la final, a pesar de todo lo que había pasado en la semifinal, los chilenos nos animaron”, cuenta a FIFA.comel delantero Amarildo, sustituto de Pelé en aquel Mundial, refiriéndose al choque por el título ante Checoslovaquia, cuando Brasil ganó 3-1 y conquistó su segundo título mundialista. “Es porque, en aquel partido, los chilenos sabían que tenían que ser marrulleros y calentar el encuentro para tener oportunidades, porque nuestro equipo era superior. Pero nos adoraban. Durante todo ese periodo de concentración en Viña del Mar, no recibimos más que cariño”.

Figueroa abre las puertasAlgunos años después, esa relación de cariño empezaría a funcionar también en la dirección contraria por primera vez, y le seguirían muchos otros ejemplos. Y además de la primera, también fue la ocasión que más repercusiones tendría. A día de hoy, la presencia de jugadores chilenos que se labran un nombre en el fútbol brasileño es una constante, y en gran medida se debe a lo que hizo Elías Figueroa.

Curiosamente, la historia empezó allí mismo, en el Mundial de 1962: poco antes de debutar, la selección brasileña disputó un partido de entrenamiento ante el equipo juvenil del Santiago Wanderers, y quedó impresionada con un muchacho, entonces centrocampista, de 15 años. Nueve años después, ocupando la posición de central, y exhibiendo una gran categoría, Figueroa tuvo la posibilidad de recalar en el fútbol europeo, pero prefirió dejar el Colo-Colo para fichar por el Internacional de Porto Alegre. Allí, durante seis temporadas, el chileno no solo fue capitán, líder y bicampeón de Brasil en 1975 y 1976, sino que se convirtió en casi una leyenda, una institución. 

Y mucho de eso se debe al que pasaría a la historia como “el gol iluminado”. Era la final del Campeonato Brasileiro de 1975, en el Beira-Rio, e Inter y Cruzeiro estaban empatados a 0-0, bajo un cielo encapotado en la capital de Rio Grande do Sul. A los 11 minutos de la segunda parte, cuando Valdomiro levantó el balón en el área del Cruzeiro, se abrió una ventana en el cielo, y un rayo de sol iluminó perfectamente la zona del área grande donde estaba Figueroa. Entonces marcó el gol que dio al Colorado su primer título nacional. Así de sencillo. A partir de aquel momento, el chileno pasó a formar parte de la mitología del fútbol brasileño, por si su buen fútbol no fuese suficiente. “Figueroa es el mejor jugador de toda la historia de Chile y, probablemente, el mejor defensa central de la historia del fútbol de América”, afirmó una vez nada menos que Pelé. Las puertas estaban abiertas, para siempre.

Hay que perdonarDe la misma forma en que una derrota como la del Mundial de 1962 no bastó para crear entre los chilenos animosidad contra los brasileños, tampoco uno de los escándalos más graves de la historia del fútbol fue capaz de provocarla. Corría el mes de agosto de 1989, se jugaba la competición preliminar de la Copa Mundial de la FIFA del año siguiente y, en el Maracaná, Brasil ganaba 1-0 a Chile, su principal rival por la clasificación. Fue entonces cuando una bengala voló desde las gradas en dirección al campo, y el guardameta Roberto Rojas —que jugaba en el São Paulo FC— cayó al suelo. Con el rostro ensangrentado, fue atendido por los médicos de su equipo, y, en medio de la confusión, los chilenos se negaron a regresar a la cancha, alegando falta de seguridad. 

Poco después, una investigación descubrió que se trataba de una farsa. Rojas llevaba una cuchilla y se cortó a sí mismo para provocar el tumulto y la cancelación del partido. El cohete que cayó cerca de su área fue tan solo una coincidencia que usó a su favor. Cuando todo salió a la luz y el arquero confesó la gran escenificación, la selección chilena perdió los puntos del encuentro y fue suspendida de aquel Mundial y del siguiente, en Estados Unidos. Se prohibió a Rojas jugar al fútbol de forma definitiva. Para muchos, se convirtió en un villano y en una persona non grata. Pero no así en Brasil, curiosamente. Ni mucho menos en São Paulo.

Roberto Rojas, oficialmente, no podía desempeñar ninguna función en el fútbol, pero, invitado por Telê Santana, pasó a ser asesor informal de los porteros del club en 1994. En 2001, a los 44 años, el chileno recibió su perdón y ejerció de preparador de guardametas. En 2003 se convirtió en entrenador y, con él, el club logró la clasificación para la Copa Libertadores por primera vez tras nueve años de ausencia. Uno de los grandes “crímenes” futbolísticos de todos los tiempos recibió, a su vez, uno de los mayores perdones. “El Colo-Colo [su anterior club en Chile] me conoció como jugador e hincha. El São Paulo me conoció como persona, me acogió”, declararía Rojas en una entrevista con el periódico Folha de S. Paulo.

Como en casaEstá claro, pues: la relación futbolística entre Brasil y Chile es a prueba de todo. Aunque no haya muchos ejemplos, casi siempre dejan huella. Ahora mismo, además del central Marcos González —nacido en Río de Janeiro antes de volver a Chile, siendo aún bebé—, que hasta 2013 jugaba en el Flamengo, la lista previa de Jorge Sampaoli para la Copa Mundial de la FIFA 2014 incluye a tres jugadores que compiten en Brasil: el lateral Eugenio Mena, del Santos, y los centrocampistas Jorge Valdivia, uno de los hombres más importantes del Palmeiras en los últimos años, y Charles Aránguiz, que nada más llegar al Inter de Porto Alegre causó sensación entre los admiradores de Figueroa, y fue elegido mejor jugador del Campeonato Gaúcho a principios de 2014. 

“Para mí, todo es más especial aún por el hecho de que el Mundial se celebre en Brasil, donde juego”, ha confesado Valdivia, al hablar de sus expectativas de disputar una segunda cita mundialista consecutiva. Es una proximidad de la cual Aránguiz llega a abusar, con buen humor. “No imaginaba tener una adaptación tan rápida, y estoy contentísimo. Sé que es difícil pedir esto, pero si los hinchas brasileños pudiesen animar a Chile en el Mundial sería fantástico”.

Y siempre que los cruces de los grupos A y B no deparen las mismas eliminatorias que en 1998 y 2010 —las dos últimas participaciones chilenas en Mundiales, que terminaron con sendos choques ante Brasil en octavos de final—, no es muy difícil que así sea. Al fin y al cabo, por mucho que la historia haya intentado provocar lo contrario, no se ha conseguido: no estamos hablando de rivales.

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