Copa Mundial de la FIFA Italia 1990™

8 junio - 8 julio

Copa Mundial de la FIFA 1990™

Lothar Matthäus: "Tenía miedo de tirar el trofeo"

© Getty Images
  • Lothar Matthaus llama 'único' a Diego Maradona
  • ​Revela que sintió pena por Chris Waddle y otros oponentes derrotados
  • Habla del uso de botas al azar en la final de Italia 1990

Lothar Matthäus jugó la Copa Mundial de la FIFA como un niño prodigio y también con el récord de hacerlo a los 37 años. En México 1986 encontró la cúspide de su carrera y le fue asignada la misión de cubrir a Diego Maradona. Cuatro años más tarde, se le concedió la licencia para atacar más desde el mediocampo. Finalmente, llevaría a Alemania Occidental a vengarse de Argentina en la final.

En esta entrevista, Matthäus habla con FIFA.com sobre su admiración por Maradona, por no haber lanzado el penal en la final de Italia 1990 y por sus nervios antes de levantar el trofeo.

¿Qué recuerdos tiene de la Copa Mundial de la FIFA?

Para cualquier futbolista, participar en un campeonato mundial es lo máximo. Yo tuve la suerte y la alegría de poder estar en cinco. Cada certamen fue diferente: hubo grandes éxitos, pero también eliminaciones precoces. Cuando eres joven, te contentas sencillamente con estar ahí. Aunque no llegaras a entrar realmente en acción, la experiencia de por sí sería formidable. Luego tienes otras metas. Es una cita con los mejores del mundo. En esos 16 años, yo estuve en cinco campeonatos mundiales, llegué tres veces a la final y dos veces a cuartos de final. En lo que atañe a mi persona, creo que puedo enseñar un currículo muy competitivo.

Aquí en Alemania, no llegar a la final se convierte a menudo en un gran problema. Si no lo consigues, simplemente has fracasado. Pero eso no siempre es así. Porque si te fijas en otras grandes potencias del fútbol, muchas de ellas caen eliminadas en la ronda preliminar. En estos 16 años, los alemanes, de hecho, siempre logramos llegar por lo menos hasta cuartos y alcanzar hasta tres veces la final. Fueron años de éxito que encajan muy bien en una gran carrera futbolística.

¿Cuál fue para usted, dejando de lado por ahora la Copa Mundial de 1990, la mejor experiencia en los campeonatos mundiales?

En 1982, yo era el último escalón del escalafón. A mis 21 años era un jugador muy joven y sólo entré en acción dos veces. No tenía contactos en la selección, que estaba compuesta por una mafia de Colonia, otra mafia de Múnich, y otra mafia de Hamburgo. Yo entonces jugaba en un club pequeño, el Borussia Mönchengladbach. Daba igual lo bueno que fuera mi rendimiento, no tenía nada que hacer. Había que pasar por el aro.

El año 1986 fue el de mi salto definitivo a la selección durante la Copa Mundial de México, en la que fui titular desde el principio, marqué goles importantes y jugué buenos partidos. Llegamos a la final con un equipo relativamente modesto en cuanto a juego. Si no nos hubiéramos derrotado a nosotros mismos tras el empate a 2-2 contra Argentina, probablemente nos habríamos proclamado campeones del mundo. Luego vino la que fue para mí la Copa Mundial más importante, la de 1990 en Italia. De aquello sólo se pueden decir cosas positivas.

En 1994 viajamos a Estados Unidos como grandes favoritos, con un equipo que era idéntico al de 1990, tal vez incluso más fuerte por las incorporaciones de Stefan Effenberg y Matthias Sammer. Con estos dos jugadores, la calidad de la selección aumentó. Sin embargo, el espíritu de equipo no era el mismo, los papeles no estaban tan claros como cuatro años antes. De ahí que, en 1994, nos volviéramos a derrotar a nosotros mismos. No fue sólo que fuimos eliminados por Bulgaria en cuartos de final, porque aquel partido lo teníamos que haber ganado. Lo que de verdad falló fue el espíritu de equipo, y por eso nos despacharon tan pronto de la competición.

Caímos en cuartos de final, igual que en 1998, cuando abordamos como favoritos el partido de cuartos contra Croacia y la derrota nos costó la eliminación. Ya no funcionaba la jerarquía. Ya no había jefes en la manada ni líderes a quienes seguir. Cada cual sólo se ocupaba de defender su posición. De ahí que el espíritu de equipo sufriera, y probablemente eso también influyó en los resultados.

En 1986 usted disputó la final contra Diego Maradona... 

Eso es sólo cierto en parte. He jugado muy a menudo contra Maradona. La Copa Mundial de 1986 no fue sólo el campeonato de Argentina, sino también el mundial de Diego Armando Maradona. Para mí, Maradona fue el mejor futbolista de las dos décadas en las que yo jugué como profesional, no sólo en la selección nacional sino también en su equipo. Naturalmente, Franz Beckenbauer, como entrenador, sentía mucho respeto por él y sabía que yo ya le había hecho algunos buenos marcajes en choques anteriores. Por eso cambió nuestro sistema habitual.

De esa forma, Maradona no entró tanto en acción, pero nuestro juego ofensivo también sufrió un poco. Caímos muy pronto en una desventaja de 0-2 y tuvimos que volver a cambiar el sistema. Los defensas pasaron a jugar por delante de mí, y yo actuaba como centrocampista. Felix Magath llevaba el dorsal número 10 y yo el número 8, y detrás de nosotros estaban Hans-Peter Briegel o Andreas Brehme, que desempeñaba la labor defensiva en el medio campo. Nuestro juego de ataque no había funcionado durante los primeros 60 minutos. Después del 0-2 nos reorganizamos y yo pasé a desempeñar una labor más ofensiva, con el fin de poder generar más presión. En dos jugadas convencionales tuvimos la necesaria pizca de suerte para empatar. En nuestra euforia, quisimos neutralizar un pase en profundidad adelantando la defensa para buscar el fuera de juego, pero uno de los defensas se quedó rezagado... Si hubiéramos llegado a la prórroga, habríamos ganado también ese partido.

Pero pensar en lo que hubiéramos podido hacer no sirve de nada. Creo que Argentina, por las buenas actuaciones que realizó a lo largo de todo el torneo de 1986 con ese fuera de serie que era Diego Armando Maradona, mereció coronarse campeón del mundo. Nosotros también nos quedamos contentos con nuestra segunda plaza. Si antes de empezar la competición nos hubieran dicho que íbamos a llegar tan lejos, no nos lo habríamos creído, porque sabíamos que en realidad no teníamos un gran equipo.

A eso hay que añadir que tuvimos muchos problemas con las lesiones: Karl-Heinz Rummenigge no llegó a recuperarse del todo a lo largo del torneo, y también Rudi Völler y Klaus Allofs estaban tocados: es decir, todo nuestro ataque estaba averiado. Visto por ese lado, podíamos estar muy contentos con la segunda plaza en este primer gran torneo a las órdenes de Franz Beckenbauer como entrenador.

A lo largo de todos esos años, ¿hay algún encuentro de la Copa Mundial que usted destacaría, alguno del que pueda decir: "Ése fue mi mejor partido"?

Jugué algunos buenos partidos, pero creo que el encuentro inaugural de la Copa Mundial 1990 está por encima de todos los demás. En aquel choque contra Yugoslavia pusimos los cimientos de la posterior conquista del título. Ganamos por 4-1 a una selección yugoslava muy potente, que luego sólo caería eliminada en cuartos de final contra Argentina en la tanda de penales. Yo contribuí a ese triunfo con dos goles. Ése fue mi partido internacional número 75, y creo que es el mejor de los 150 que he disputado con Alemania.

¿Qué recuerdos tiene de la final en Roma?

La final también fue como un partido en casa, no sólo porque Rudi Völler y Thomas Hässler jugaban entonces en el Roma, sino más bien porque los italianos se pusieron del lado de los alemanes después de la derrota de Italia contra Argentina en la semifinal. Además, Maradona no era demasiado popular en Roma, porque jugaba en el Nápoles. Si la final hubiera tenido lugar en Nápoles, probablemente la selección argentina se habría sentido más arropada. Pero el encuentro se celebró en Roma, y nosotros naturalmente nos alegramos de no tener que enfrentarnos a los anfitriones. Sabíamos que los argentinos ya no tenían el maravilloso combinado que había triunfado cuatro años antes. Se habían colado en la final después de muchas tandas de penales y malos resultados. Empezaron con mal pie contra Camerún, y el equipo ya no recuperó del todo el equilibrio. En el fútbol, ocurren muchas cosas que luego resultan difíciles de creer al recordarlas: es cierto que fue un penal un tanto dudoso el que nos permitió marcar el gol decisivo. Pero Dios bendito fue justo y dejó ganar al mejor.

¿Por qué no lanzó usted el penal como capitán del equipo?

En la primera mitad había tenido problemas con las botas. La suela se había desprendido, y en la segunda parte me puse otras con las que nunca había jugado. Un modelo completamente nuevo. De hecho, yo siempre solía llevar botas muy usadas, pero por desgracia en aquella ocasión no tenía un segundo par a mano. No se pensaba en esas cosas. Entonces apareció el representante de adidas y me dijo que sólo tenía aquéllas. Tuve que ponérmelas, porque ante todo quería seguir jugando. Me dieron las botas, pero no me sentía seguro con ellas. No hay ninguna regla que diga que sólo un jugador puede tirar las penas máximas, y nosotros contábamos en la selección con magníficos lanzadores de penales, como Littbarski. También él podría haber chutado. Pero mis ojos se posaron en Andi Brehme, con quien había compartido habitación durante el campeonato. Andi y yo habíamos hablado de muchas cosas en privado, y yo sabía que para él lanzar el penal era la cosa más natural del mundo.

A propósito de eso, hay una pequeña anécdota que quiero comentarle. Carlos Bilardo, seleccionador de Argentina ese año, nos ha contado que cuando se proclamó campeón con Argentina en 1986, no llegó a levantar la Copa con las manos. En 1990, después de la final, él quería acercarse a usted y preguntarle si le importaría hacerse una foto con él y con la Copa. Sin embargo, al final no se atrevió porque no quería molestarlo durante su celebración. ¿Qué habría hecho usted si él se lo hubiera pedido?

Enseguida lo habría invitado a nuestra celebración, porque en primer lugar soy respetuoso con todo el mundo, y en segundo lugar se produjo una escena parecida en la semifinal. Nada más ganar contra Inglaterra después de que Waddle disparara por encima del travesaño el penal decisivo, yo no fui a celebrar el triunfo con mis colegas alemanes, sino que me acerque a donde estaba él.

Yo podía comprender muy bien cómo se sentía. Por supuesto, no podía ayudarle, pero lo sentí mucho por él, y si Carlos Bilardo se hubiera acercado a mí, seguro que nos hubiéramos hecho una foto con él, porque de hecho estábamos rebosantes de alegría. En esos momentos, te sientes generoso y estás dispuesto a hacer cualquier cosa por los demás. Fue una pena que no ocurriera así. Tal vez podamos arreglarlo en alguna otra ocasión.

¿Cómo se sintió usted al subir a la tribuna en Roma y al tomar la Copa por primera vez en sus manos?

Yo estaba un tanto absorto, un tanto emocionado, porque no sabía lo que me pasaba. Era una distinción muy especial, no sólo ganar el campeonato mundial con la selección, sino ser el primero en recibir la Copa como capitán. Todo el mundo quiere ganarla. Fue una emoción singular. No quería meter la pata, o que se me cayera la Copa. Te pasan tantos pensamientos por la cabeza... Pero luego, cuando el Presidente te entrega la Copa y tú la levantas en alto, sientes una gran satisfacción. Aquella alegría, los fuegos artificiales y el ambiente fueron fabulosos.

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