Copa Mundial de la FIFA Argentina 1978™

1 junio - 25 junio

Copa Mundial de la FIFA 1978™

Mario Kempes: "El bigote se tuvo que ir"

© Getty Images
  • Kempes recuerda cómo afeitarse el bigote le ayudó a anotar
  • ​Se queja de los trofeos de Daniel Passarella
  • Habla de una réplica de un trofeo de chocolate sólido que le fue regalado

Aunque Mario Kempes haya disputado diez partidos para anotar por primera vez en la Copa Mundial de la FIFA™, cuando marcó su primer gol, lo hizo en dobles (tres, para ser exactos) para llevar a Argentina al éxtasis en su propio país, y a sí mismo al Balón de Oro adidas y a la Bota de Oro adidas.

Conversamos con "El Matador" sobre la camaradería de los jugadores argentinos en 1978, su lento comienzo en el torneo y el hecho de haber sido persuadido de afeitarse el bigote durante la misma, la final contra Países Bajos y Daniel Passarella acaparando el trofeo.

Señor Kempes, ya de niño comenzó a oír hablar de la Copa Mundial de la FIFA. ¿Qué significaba en ese entonces para usted?

Cuando uno está en un club, siempre lo primero que se sueña es con llegar a la selección. Yo me acuerdo que mi primer mundial lo escuché en 1966, que fue en Inglaterra. Estaba con mis padres, construyendo nuestra propia casa y escuchándolo por radio. No había televisión todavía, por lo que escuche por primera vez un mundial relatado por un monstruo de los relatores como José María Muñoz. Ahí se podría decir que empecé a vivir lo que es un Mundial.

¿Y qué es un Mundial?

Un Mundial es todo y lo que todos quieren ganar, aunque somos muy pocos los privilegiados que hemos tenido la suerte de lograrlo. En mi caso fue una alegría doble, porque también me dieron el balón de oro y el botín de oro por haber sido goleador y mejor jugador de ese campeonato. Y un Mundial es, además, una temporada. Son cuatro años de trabajo muy arduo y constante de un entrenador. No es fácil dirigir una selección para llegar a un Mundial. Hay muchos traspiés durante ese proceso y, claro, llegar a la Copa del Mundo es lo más lindo que existe para un jugador de fútbol. Es muy dificil ganarla, desde ya.

Su primera experiencia mundialista se produjo en 1974 en Alemania. ¿Qué recuerda de aquel torneo?

Mi inexperiencia. Recién llegaba de Rosario Central, un equipo de primera división de Argentina. Digamos que era muy novato, muy jovencito, tenia 17 o 18 años. Mi primer impacto fue ver a los jugadores que ya estaban en Europa, a los que ni siquiera conocía. Yo sólo conocía a los que estaban en Argentina, y eso generaba un respeto hacia los demás. Hasta que convivías, claro, ahí ya se iban formando amistades. Eso sí, no dejaba de ser una Copa del Mundo.

Ya no quedaron los mismos en 1978...

No, sólo quedamos (Ubaldo) Fillol, (René) Houseman y yo si no me equivoco. Hubo todo una reestructuración con la llegada de (César) Menotti luego de 1974. La AFA entendió que lo mejor que podía pasar era mantener a un entrenador durante 4 años. Había que dejarlo trabajar, complementar esos 4 años y si después del mundial las cosas iban mal, recién echarlo. Gracias a eso el fútbol argentino fue subiendo. Recuerdo que se creó una selección con futbolistas de Argentina: gente de Córdoba, Rosario, Santa Fe, Buenos Aires... Se conformó una gran selección, allí se comenzó a ganar el torneo.

Usted era uno de los pocos que llegaban desde el extranjero, pero traía consigo dos títulos de pichichi consecutivos...

Sí, en España.

Imaginamos que eso lo llenó de confianza de cara al inicio de la Copa Mundial de ese año...

Todos teníamos confianza porque el grupo estaba muy unido. Yo llegué prácticamente sobre el Mundial: aterricé el 8 de mayo y el 2 de junio tuvimos nuestro primer partido. Mis compañeros, en cambio, estaban concentrados desde febrero. Pero lo bueno de esto es que cuando llegué me recibieron tal y como si hubiese estado con ellos los tres meses anteriores. No había egoismos ni mala cara, o caudillos que gritaran o hablaran con el técnico para transmitirle las palabras al resto. Cualquiera podía hablar con el entrenador o hacer vida normal: quien quería, dormía temprano o miraba la televisión. No había reglas estrictas respecto al comportamiento dentro de la concentración. Para ellos, estar tanto tiempo encerrados fue algo muy fuerte y sacrficado, aunque después tuvo su recompensa.

En su caso personal, la primera ronda no fue tan exitosa. ¿Cómo explicaría eso?

No es que haya conseguido muchos éxitos, pero sí tuve mucha participación en los goles de Argentina. A lo mejor yo tiraba, la pelota pegaba en el palo o en un defensor, pero cuando tomaba los tiros libres había rebotes. El primer gol que hace (Leopoldo) Luque contra Hungría, por ejemplo, llega tras un tiro libre mío. No me sentía molesto ni mucho menos por no hacer goles. Al contrario, íbamos subiendo escalones y ganando partidos. Después, cuando nos tocó perder con Italia y viajar a Rosario, las cosas cambiaron. Son cuestiones del destino: fui al estadio que yo ya conocía tanto, aunque estaba totalmente renovado.

O sea que el partido ante Polonia en la segunda fase significó una liberación personal...

Una liberación, una explosión, porque yo no era de hacer muchos goles de cabeza, y mi primer tanto en un Mundial llegó justamente así. Se lo hice al arquero polaco, (Jan) Tomaszewski. Lo curioso es que lo enfrenté unos años antes en un amistoso que jugamos en Alemania, y había fallado un gol al minuto ingresando completamente solo. Uno nunca sabe cuando va a tener revancha, pero tuve la oportunidad esa vez. Fue mi primer gol en el Mundial, muy lindo.

Menotti contó una historia respecto a usted. Dice que le dijo "Mirá, Mario..."

"¿Hay que afeitar el bigote?" (interrumpe)

Exacto. ¿Cómo fue ese caso?

Estábamos tan concentrados que ni salíamos a la calle, y eso de afeitarse cada dos o tres días me daba mucha fiaca. Llegó un momento en que me fui dejando la barba y el bigote, que después de 20 días tenían un largo importante. El primer partido lo jugué así, el segundo también y para el tercero me afeité sólo la barba. Cuando volvimos a la concentración, sabiendo que teníamos que viajar a Rosario, Menotti me paró y me dijo: "¿Por qué no se afeita el bigote a ver si le cambia la suerte?".

Él había estado conmigo en Valencia antes del Mundial, viendo cómo andaba. Para ese entonces no usaba bigote ni barba, entonces me volvió a decir: "Si en Valencia no jugaba con barba ni bigote, ¿por qué no se afeita de una vez en Rosario y se acuerda de hacer goles?". Por casualidad, o por suerte, empezó otra historia mía. Ya en el primer partido empiezo a hacer goles, por lo que cada vez que me veía me decía "hoy toca, ¿no?". Esa fue la historia del famoso bigote y los goles.

Aquí podemos hacer un salto hacia lo que fue lo más importante: el momento en que ganó la Copa Mundial de la FIFA. ¿Cómo recuerda aquella final ante Holanda?

Con (Daniel) Passarella nos veíamos todos los partidos. El sabía que Van de Kerkhof usaba un bendaje en la muñeca, y cuando fueron a la elección de la moneda para ver quién sacaba, Daniel le dijo al árbitro que el holandés tenía un yeso en la mano. Insistió que podía ser peligroso, porque en un giro podía partirte la cara. Van de Kerkhof decía que no era un yeso, que era una férula, y se pasaron media hora discutiendo hasta que le abrieron y vieron que no tenía nada. Recién ahí lo cerraron de nuevo y se jugó. ¡Se retrasó media hora la final!

Recuerdo el momento de ingresar a la cancha y ver muchos papelitos, como es típico en Argentina, o el momento en que sonaron los himnos nacionales. Luego sí, una vez que empieza el partido te olvidás de todo y tenés que estar concentrado.

Los primeros minutos los pasamos muy mal, porque ya sea (Rob) Rensenbrink, (Jonny) Rep o el que fuese, nos llegaban con mucha facilidad. El Pato Fillol sacó tres o cuatro pelotas que pudieran llegar a ser fácil uno o dos goles. A medida que fueron pasando los minutos, fuimos igualando ese poderío que tenía Holanda y llegamos a marcar el primer gol. A partir de allí no es que jugáramos más tranquilos, pero sabíamos que llevábamos la iniciativa. Luego nos empató (Dick) Nanninga faltando 7 u 8 minutos, y llegó aquel famoso tiro de Rensenbrink en el palo.

Mencionó el primer gol, ¿cómo lo vivió?

Fue un gol para festejar, claro. Se pueden tartar 30 o 40 segundos entre que se festeja, se da la vuelta y se vuelve al campo propio para seguir jugando. Pero en una final, otra vez tienes que estar pendiente del partido porque aún no has ganado, sólo has marcado un gol. Lo mismo pasó con el tiro en el palo de Rensenbrink: la pelota picó, el Pato (Fillol) salió y pegó en el palo. Cuando (Américo) Gallego la reventó, se escuchó una explosión como si hubiéramos marcado.

¿Qué pensó en ese instante?

¡Nada! No dio tiempo de pensar en nada. Después uno piensa que podría haber perdido en esa jugada, pero en esos 5 o 10 segundos no tienes tiempo para pensar. Lo único que te podía dar tiempo en ese momento era respirar y pensar que el susto había pasado.

Pero se pudo sentir en el ambiente que había sido peligroso...

El Monumental se calló totalmente. Fue como si hubiesen tocado una sirena de incendio: todos se quedaron calladitos y quietos. Después, cuando la sacaron, volvió la explosión de alegría. No sé si hubiesa sido justo que perdiéramos el partido, pero para ganar hay que marcar los goles. Para nosotros ese hubiese significado el segundo gol en contra en ocho minutos. Era prácticamente perder la final.

¿Y el segundo gol?

Fue muy parecido. La jugada también se inició por la izquierda nuestra entre (Daniel) Bertoni y Ardiles. Recibió Luque y armaron para el medio. Ese sí fue difícil, porque tuve que gambetear a dos defensores y enfrentar la salida del arquero. Le pegué a la pelota y le dio arriba, en las costillas, por lo que el balón se elevó. Me pasé de largo, tuve que regresar y se venían dos holandeses, por lo que alcancé a tocar el balón con la suela antes de que lleguen y se metió muy despacito. Faltaban quince minutos todavía para terminar el partido y no nos podíamos confiar. No fue el más lindo de los goles que haya marcado, pero sí el más emocionante. Creo que incluso la gente estaba soplando para ver si esa pelota entraba. Tuvo suspenso, pero entró.

Algunos compañeros suyos como Bertoni o (Alberto) Tarantini contaron que Passarella...

¡Agarró la Copa y no la largó! (interrumpe)

¿Fue realmente así?

Fiel a su estilo de jugador, con los codos bien arriba, no dejaba tocar la Copa a nadie (risas). Entre él, (Omar) Larrosa, Bertoni y un par más habían acaparado la Copa. Yo no la toqué en ningún momento, ni cuando la llevamos al hotel, que fuimos a cenar, porque no nos dejaban. No sé si se la guardó alguno o la escondieron, pero no la vi ni la toqué. Pero tampoco me importa: yo sabía que había hecho lo que teníamos que hacer, que era salir campeones. La gente estaba contenta y nosotros satisfechos. Pero no por haber cumplido el deber, sino por haberle dado esa alegría al pueblo y por haber puesto a Argentina donde se merecía estar. Siempre habíamos tenido muy buenas selecciones, pero nunca habíamos sido campeones. Nosotros fuimos los que dimos el primer paso.

¡La voy a tocar ahora! Ahora que han pasado 30 años...

28 años...

¡28 años! Y la toqué por fin, ¡gracias a ustedes la toqué!
Es pesada, preciosa, muy bonita. Me acuerdo también que uno de los tantos regalos que me hicieron, porque a mi casa llegaban regalos de todos lados, era una réplica de ésta en chocolate, pero inmensa. Yo no la podia comer. Era chocolate puro, riquísimo. Una vez la saqué ahí al patio, que estaban todos los chicos. ¡Se la devoraron toda!.

¿Qué opinión te merece desde lo estético?

Es preciosa. Por ejemplo, la de la Liga de Campeones es bonita, pero es una Copa. Esta no es una Copa, es un trofeo. Muchísimos han intentado conseguirlo y no han podido. Algunos sí tuvimos la suerte. Mi caso es un ejemplo: la toco ahora, después de tantos años, pero al menos sé que estuvo en Argentina.

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