Copa Mundial de la FIFA Inglaterra 1966™

11 julio - 30 julio

Copa Mundial de la FIFA 1966™

Simões y el dorsal 13 de Eusébio

© FIFA.com

‘Si eres lo bastante bueno, eres lo bastante mayor para jugar’.

Es un mantra que se repite a menudo en el mundo del fútbol, pero su uso práctico es cada vez menos común en un deporte en el que la línea que separa el éxito del fracaso es muy fina.

Portugal es un país que puede aportar con orgullo ejemplos relevantes de que la edad no es más que una cifra. Cristiano Ronaldo debutó con la selección absoluta a los 18 años, mientras que Renato Sanches es un ejemplo más reciente de jugador joven y con talento. Sin embargo, hay un hombre que precedió a ambos hace varias décadas y cuyo impacto a una edad muy temprana fue extraordinario: António Simões.

El antiguo extremo del Benfica se estrenó con el entramado absoluto luso en un choque contra Brasil, apenas unos meses después de cumplir los 18 y días después de haber ganado la Copa de Europa de 1962 con las Águilas. De hecho, a día de hoy sigue ostentando el título de jugador más joven en ganar la Copa de Europa (o Liga de Campeones de la UEFA). Aquel inicio tan fulgurante de su carrera propició que Simões fuera casi un veterano cuando se celebró la Copa Mundial de la FIFA Inglaterra 1966™. No obstante, a sus 22 años, era el integrante más joven de una selección portuguesa que viajaba por primera vez a la fase final de un Mundial.

“Aquel partido, aquel día y aquel estadio significaron un momento muy especial para todos los jugadores portugueses”, cuenta Simões en su entrevista exclusiva con FIFA.com, recordando el primer partido de Portugal en una Copa Mundial, frente a Hungría en Old Trafford. “Cuando vas a Inglaterra y visitas estadios míticos como Old Trafford, te sientes una persona muy importante”.

Experiencias nuevas

Para entonces, el extremo ya se había acostumbrado a la presión del fútbol de élite, después de disputar otras dos finales de la Copa de Europa tras el triunfo en la edición de 1962. Pero la Copa Mundial era un nivel completamente distinto.

“Representar a tu país es una responsabilidad tremenda”, afirma Simões con una sonrisa. “Se televisaron todos los partidos, lo cual fue una consideración para los futbolistas. Al mismo tiempo, es un privilegio, algo muy especial, representar a millones de personas. ¿A cuánta gente le gustaría hacerlo, pero no ha tenido nunca esa oportunidad?”.

Su triunfo por 3-1 en el estreno contra Hungría, una selección con solera en la historia de los Mundiales, se convirtió en un presagio de lo que acabarían consiguiendo aquellos debutantes. Le siguió una victoria por 3-0 sobre Bulgaria, mientras que el último partido del Grupo 3 los enfrentó a Brasil, campeón de las dos ediciones anteriores.

“En aquella época tenían jugadores increíbles”, destaca Simões sobre sus rivales lusoparlantes. “Fue un día muy especial, pero no sólo porque ganamos. Fue un día, y un momento, en el que las cosas cambiaron un poquito. Si echo la vista atrás, puedo decir sin arrogancia y con convicción que les ganamos muy bien. Aquel día, ganó el mejor equipo”.

Simões marcó en aquel triunfo por 3-1 de Portugal, que echó por tierra las esperanzas de los entonces bicampeones del mundo de conquistar una triple corona que habría sido histórica. Esta victoria los cruzó en cuartos de final con la RDP de Corea, también debutante en una Copa Mundial y que había dejado en la cuneta a una campeona del mundo como Italia en la última jornada de la liguilla.

De manera inverosímil, y contra todo pronóstico, Portugal perdía 0-3 a los 25 minutos de juego de la eliminatoria de cuartos. “Ahora es muy fácil decir: ‘Bueno, nunca me preocupó, sabía que íbamos a ganar’. Pero eso son bobadas”, asegura Simões. “En aquel momento, estábamos muy preocupados. ¿Tres a cero? Era demasiado. Nos sorprendieron con su calidad. No estábamos preparados mentalmente, cometimos ese error”.

“Pero reaccionamos. Estábamos cabreados y frustrados. Tuvimos una charla importante sobre el campo, en el descanso, y [el seleccionador] Otto Gloria nos dijo de todo. Nos llevó al límite, hasta que comprendimos que no podíamos regresar a casa habiendo perdido ese partido”.

Grandísimos recuerdos

Para entonces, Eusébio ya había hecho acto de presencia. El legendario delantero portugués marcó dos goles antes del intermedio, y anotó dos más en la reanudación. Fue una de las actuaciones individuales más memorables en la historia de la Copa Mundial, y permitió a su equipo llegar a las semifinales, donde se enfrentó a Inglaterra.

En aquel choque, Portugal “pagó el precio” por el esfuerzo realizado contra la RDP de Corea, según el propio Simões, y cayó derrotado 2-1. El cuadro luso, eso sí, venció posteriormente a la Unión Soviética y se aupó al tercer escalón, mientras que Eusébio se llevó la Bota de Oro gracias a sus nueve goles en seis encuentros. Y todo gracias a su dorsal número 13, como explica su buen amigo Simões en una curiosa anécdota.

“Antes del torneo sorteamos los dorsales”, cuenta Simões. “Yo siempre había lucido el 11, pero a Eusébio le tocó el 11 y a mí, el 13. Este número, por supuesto, trae muy mal fario, así que le dije a Eusébio: ‘Si juegas con el 13 en el Mundial, serás el máximo goleador y nadie volverá a creer nunca más que da mala suerte. Podrías desmitificar para siempre, y para todo un país, el número 13’”.

Tras el escepticismo inicial, Eusébio aceptó el intercambio, y la promesa en forma de profecía de Simões a la Pantera Negra se hizo realidad. Simões, que también fue un prodigio juvenil, recuerda con mucho cariño al ya fallecido Eusébio.

“Fue uno de los reyes de este deporte”, afirma. “Cuando has visto jugar a Eusébio, sabes que podría haber sido un grande en cualquier época. Su manera de ver el fútbol, el modo en el que lo concebía, su relación con él... Fue siempre genial. Jugamos juntos 14 años, casi 700 partidos”.

Aquel vínculo tan estrecho, fraguado en su etapa en el Benfica, se trasladó a una selección que logró debutar en la fase final de la prueba reina. Con siete jugadores del Benfica y ocho del Sporting CP, su gran rival, Portugal no tenía fisuras en el terreno de juego.

“Nuestras familias trabaron amistad”, recuerda Simões sobre los jugadores del Sporting que había en aquella selección de 1966. “Yo salía por ahí con Eusébio, Hilario y José Carlos, ¡estos dos últimos eran futbolistas del Sporting! Quedábamos con nuestras mujeres y nuestros hijos. Hoy por hoy, creo que esto es casi imposible, porque los aficionados y la gente que dirige los clubes no opinan de la misma manera. Hacen hincapié en que el oponente es el enemigo. Es un problema, yo no estoy de acuerdo. De hecho, aquel ambiente, aquella cultura [en el combinado nacional de 1966] significó al menos el 25 por ciento de nuestro éxito. No se puede ganar si todos no van a una”.

Actualmente, ya pasados los 70, la leyenda del Benfica ha decidido desvincularse definitivamente del fútbol. Aun así, continúa hablando desde su dilatada experiencia, después de haber jugado y entrenado en Estados Unidos, Portugal y, más recientemente, en Irán, selección a la que ayudó a clasificarse para la Copa Mundial de 2014 junto con su compatriota Carlos Queiroz.

“Quiero compartir mi carrera, mi experiencia, mi vida con todo el mundo, pero sobre todo con los jóvenes. Quiero contarles que el fútbol es un deporte precioso, una pasión, independientemente del dinero”, concluye Simões.

En ese caso, atiendan bien. Porque, seguramente, no haya nadie más apropiado para dar consejos a las generaciones venideras que él, António Simões, el prodigio portugués original.

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