Copa Mundial de la FIFA Estados Unidos 1994™

Copa Mundial de la FIFA Estados Unidos 1994™

17 junio - 17 julio

Entrevista

Taffarel: "Estoy orgulloso de ganar el Mundial por Senna"

Taffarel during USA 1994
© Getty Images
  • Taffarel habla de Italia 1990, Estados Unidos 1994 y Francia 1998
  • El arquero recuerda la cena con Ayrton Senna y su deseo de que volviera Romário
  • Se preparó para la Copa Mundial como delantero del equipo de su parroquia

“¿Las tandas de penales son los episodios más tensos que puede vivir un futbolista?”, le preguntó un reportero a Romário.

“Para muchos, puede que sí. Pero cuando tienes a Taffarel en el arco es como ir a jugar una pachanga en la playa”, contestó el delantero con un guiño.

Taffarel atajaba penales con la misma asiduidad con la que algunos jugadores los convertían en sus clubes. Paró tres contra la República Federal de Alemania en las semifinales del Torneo Olímpico de Fútbol Masculino Seúl 1988, y otros dos contra Países Bajos en las semifinales de la Copa Mundial de la FIFA Francia 1998™.

Sin embargo, el lanzamiento desde los once metros por el que más se recuerda a Taffarel, de 54 años, tuvo lugar en el Rose Bowl ante más de 94.000 espectadores. El arquero, de 1,82 metros de estatura —bajito para su demarcación—, se lanzó a su izquierda para detener el disparo de Daniele Massaro, y muchos atribuyen los fallos de Franco Baresi y de Roberto Baggio en aquella misma tanda a su imponente reputación.

En la segunda parte de nuestra entrevista con este gran ídolo brasileño, Taffarel cuenta a FIFA.com cómo fue la conquista de Estados Unidos 1994, nos habla de su deseo de que Carlos Alberto Parreira reculara y volviera a llamar a Romário, de lo que falló en Italia 1990 y en Francia 1998, de cómo era Ronaldo con 17 años y de su especialidad en atajar penales.

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Brasil recibió muchas críticas después de Italia 1990, si bien había ganado sus tres primeros encuentros y dominó contra Argentina en octavos de final. ¿Qué le pareció el papel de la Seleção en aquel torneo?

Todos los jugadores que estuvimos allí lamentamos mucho lo que pasó en el 90. Éramos la mejor selección de aquel Mundial, por plantel y por equipo titular. Teníamos un montón de grandes futbolistas, incluso en el banquillo. Arriba, por ejemplo, jugaban Careca y Muller, pero en la banca estaban Renato Gaúcho, Rómario y Bebeto. ¡Imagínese lo que era tener a tres delanteros de su talla sentados en la banda! Teníamos jugadores destacados en todas las posiciones, pero discutíamos en los entrenamientos y hubo también otros problemas. Desafortunadamente, en lugar de jugar como un equipo, cada futbolista jugaba para sí mismo. Estábamos más preocupados por dar espectáculo que por ganar, y lo pagamos caro. Deberíamos haber ganado aquel Mundial. Jugamos mucho mejor que Argentina, pero perdimos. Ellos tuvieron una ocasión, después de aquella acción de Maradona, y marcaron. Nosotros tuvimos veinte ocasiones y las fallamos todas. El fútbol es así. Pero estoy convencido de que Brasil perdió aquel Mundial por deméritos propios.

Carlos Alberto Parreira apartó a Romário de la selección durante la fase de clasificación para Estados Unidos 1994. Incluso lo había dejado fuera de la convocatoria para el último duelo contra Uruguay, en el que estaban obligados a ganar, pero acabó cediendo y lo llamó debido a una plaga de lesiones. ¿Usted quería que Parreira volviera a contar con él?

¡Yo, todos los demás jugadores y Brasil entero! [ríe] Era evidente que necesitábamos un jugador con esa personalidad, un delantero letal de cara al arco, y un futbolista que asumiera la responsabilidad y diera la talla en los momentos decisivos. Gracias a Dios, Parreira acabó convocándolo a última hora. Romário llegó a la selección con esa confianza y esa alegría que le caracterizan, salió de titular y fue determinante para sellar el billete mundialista. Romário estuvo sensacional, y fue una de las mejores actuaciones de la Seleção en toda mi carrera. Estoy muy orgulloso de haber ganado el Mundial, y doy gracias a Dios de que Parreira volviera a convocar a Romário.

¿Podría contarnos cómo fue la cena de la Seleçãocon Ayrton Senna en París después de jugar un amistoso contra el París Saint-Germain?

Es una experiencia que guardo como oro en paño. Ayrton Senna era un ídolo para todos los brasileños. Era un patriota formidable, un gran deportista y una gran persona. Nosotros estábamos preparándonos para intentar ser campeones del mundo por cuarta vez, y él buscaba también su cuarto título de campeón del mundo de Fórmula Uno. No te sabría decir absolutamente nada del partido contra el París Saint-Germain, ¡lo único que recuerdo es que conocí a Ayrton Senna! Era un tipo genial, inigualable. Muy carismático, pero a la vez muy humilde. Llegó a nuestro hotel —nada de posar como los famosos, no llevaba guardaespaldas y no se formó ningún revuelo— y pasaba por un chico normal y corriente. Lo más gracioso es que Senna estaba convencido de que uno de nosotros, no estaba seguro de si sería él o la selección, iba a proclamarse campeón del mundo por cuarta vez. Nos dedicó unas palabras muy inspiradoras. Creo que el espíritu del 94 lo sacamos de Ayrton. Su accidente causó una gran conmoción en Brasil. Cuando murió, nos conjuramos: ‘Vamos a ganar este Mundial por Ayrton Senna’. Afortunadamente, lo conseguimos, y después de la final le homenajeamos con una pancarta que decía: ‘Senna, aceleramos juntos’. Estoy muy orgulloso de que ganáramos el Mundial por él.

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Usted llegó a la Copa Mundial sin club y después de un tiempo sin haber jugado…

¡Estaba en el paro antes del Mundial y seguí en el paro después del Mundial! Me había ido del Reggiana y llegué al Mundial sin club. Había estado jugando con el equipo de mi parroquia. Hubo un torneo, jugué de delantero, fui el máximo goleador y ganamos el título [ríe]. Y, después del Mundial, aún pasaron seis meses hasta que fiché por el Atlético Mineiro.

A su juicio, ¿quién fue el rival más fuerte de Brasil en Estados Unidos 1994?

No hubo ningún partido fácil. Italia tenía un gran equipo. Estados Unidos nos puso las cosas muy difíciles. Suecia, que históricamente no es una gran selección, estuvo fantástica. Jugamos dos veces contra ellos: empatamos una y ganamos 0-1 la otra. Pero creo que diría Países Bajos, que tenía muchísimo talento. Ganamos 2-3. Fue un partido precioso para el público, pero a nosotros nos costó mucho ganarlo.

¿Podría describirnos el instante en el que Brasil se proclamó campeón del mundo?

Fue un momento muy especial. Y fue raro. Mientras me preparaba para detener el penal de Baggio, tuve el presentimiento de que el Mundial se iba a acabar ahí. Si Baggio hubiera marcado, Bebeto todavía tenía la oportunidad de darnos el triunfo. No sabía si iba a atajarlo o si él iba a fallarlo, pero estaba convencido de que el de Baggio iba a ser el último disparo del Mundial. Fue una sensación increíble. Di gracias a Dios por regalarme un momento así. Hay una foto maravillosa de Baggio cabizbajo, hundido, y a mí se me ve arrodillado y eufórico. En el fútbol siempre pasa lo mismo: la tristeza de unos es la alegría de otros.

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En aquella Copa Mundial, Ronaldo tenía 17 años. ¿Cómo era entonces?

Ronaldo siempre ha sido muy bromista. Era muy, muy joven, pero no era tímido. Siempre estaba haciendo el tonto, andaba feliz. Éramos conscientes de que no podíamos sacar a Ronaldo en un partido importante. No estaba preparado, no era un jugador lo suficientemente maduro. Pero creo que la experiencia de 1994 —formar parte de aquel grupo de futbolistas, ganar el Mundial— le ayudó a convertirse en el magnífico delantero que fue. Yo atribuyo a eso su éxito, y el de Brasil, en los años posteriores. La evolución de Ronaldo después de aquello fue increíble. En 1995 ya era totalmente distinto: más fuerte, mejor preparado, con más confianza y mejor rematador. En cualquier caso, fue genial que la selección contara con él en 1994. Nos dio mucha alegría.

En las semifinales de Francia 1998, el día en el que usted se convirtió en el primer futbolista brasileño en cumplir 100 partidos con su selección, adivinó la dirección de los cuatro penales que lanzó Países Bajos y atajó dos…

Aquella semifinal de 1998 fue fantástica. Ojalá el Mundial hubiera acabado ahí, ¡porque yo habría sido el héroe! [ríe] Volvíamos a vernos las caras con Países Bajos, una selección que siempre merece más de lo que consigue en los Mundiales. Volvía a tener un montón de futbolistas de mucho talento. Fue un choque muy igualado, llegamos a los penales y, por suerte, ganamos. Siempre intento borrar la final de mi memoria, pero aquella semifinal es algo que recuerdo con mucho cariño. Fue un día mágico.

¿Y la final?

Una tragedia. Perder forma parte del fútbol, pero para una selección como la de Brasil, donde el fútbol es algo tan importante en la vida, perder 3-0 contra Francia en la final de un Mundial no está bien. No fue justo para nuestra afición. No nos gusta recurrir a la excusa de lo que le pasó a Ronaldo, pero aquello afectó mucho al equipo. El ánimo, la concentración, la confianza... Fue una pena que ocurriera precisamente aquel día, pero no quiero restarle ningún mérito a Francia. Tenían un gran equipo. No ofrecieron su mejor versión al comienzo del Mundial, pero aunaron esfuerzos y fueron campeones con todo merecimiento.

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